CAMINO DE SANTIAGO

Extracto del libro "Una vida Imaginaria"

J. R. VARELA

Está el sol llegando a su ocaso, pronto se esconderá como cada día tras los confines del occidente y volverá mañana nuevamente a renacer por el oriente. ¿Y nosotros, los humanos, renaceremos algún día?
Repaso mi vida y evoco aquel largo viaje de peregrino siguiendo la ruta del Camino, de ese camino mal llamado de Santiago por unos y de Prisciliano por otros, ese camino secular de la Europa nómada y peregrina, el partero de esta Europa sin fronteras por la que ahora suspiramos. Entonces lo viví también como otra muerte, una muerte alegórica e iniciática. Partí desde la frontera francesa, desde el oriente, el lugar desde donde parte la luz y caminé jornada tras jornada hasta alcanzar el Finisterre, el fin del mundo.

Fue un peregrinar hacia la muerte para iniciarme y renacer a una nueva vida de luz, como un modesto aprendiz de cantero fui esculpiendo paso a paso mi templo interior, viví en aquellos caminos únicos, la experiencia del sufrimiento, lo revivo como si me estuviera ocurriendo ahora mismo, recuerdo el dolor de mis pies ulcerados por tantas jornadas recorriendo andando el camino, las punzadas en los talones y mi espalda a punto de quebrarse. Desentierro los sueños angustiosos de aquellas noches, esos sueños guardados durante años en el desván de la memoria, el perpetuo sendero marcado con incontables flechas amarillas, mis pícaros compañeros de albergue, el borrachín disfrazado de peregrino, el peso insoportable de la mochila, las madrugadas y el calor, aquel asfixiante calor que tantas veces estuvo a punto de rendirme.

Tanto sufrimiento tuvo sus compensaciones, aquel mes otoñal logre evadirme del mundo cotidiano, abandonar el reloj y vivir gratas sensaciones compartiendo comida y efectos personales con otros peregrinos, ser consciente de que lo poco es más que suficiente, percatarse de la experiencia iniciática que se esconde en la piedra, intuyendo que el hombre es mucho más sabio cuanto más vinculado está con su tierra simbólica, con esa mi tierra de encrucijadas y brumas, de cruceiros, de corredoiras y hórreos, de viejas mujeres vestidas de negro y de bueyes cansinos que arrastra los carros de ruedas chirriantes, caminando hacia ninguna parte.
Es el camino la madre engendradora de la herejía, de la sabiduría de los humildes, de los misterios y la magia. Es este camino legado por olvidados anónimos peregrinos, algo místico y silencioso, que por su naturaleza telúrica es inefable e incomunicable y ahora, que la cercanía de mi muerte no es alegórica sino real, comienzo a comprenderlo en toda su magnitud, vislumbro la armonía de la sinfonía del soplido del viento, las cadencias del rumor del arroyo y la belleza de la poesía de su paisaje.

Vivo, ahora que muero, la intensidad de aquella bella experiencia peregrina. Y me pregunto por qué troqué mi vida austera de peregrino por la comodidad de la vida del romero, en qué encrucijada se cruzaron nuestros caminos.
Comprendo en este momento la importancia que mis paisanos gallegos dan a la piedra. No solo a la piedra hecha arte a través de los hórreos o de los cruceiros, sino a la piedra humilde, ese guijarro que depositamos como testigo al llegar a la Ermita de San Andrés de Teixido, esa piedra que el día del último juicio, cuando hasta las piedras hablarán, será la que atestigüe que yo estuve el Teixido, aquel lugar dónde tendrá que ir de muerto todo gallego que no fue de vivo.

Debo tener valor y avanzar hasta alcanzar la mar, mi Finisterre particular, pagar el tributo a ésta, mi otra madre, mi mar, y marchar en silencio por este ancho sendero hasta el agua profunda, hasta encontrar un lugar tranquilo y sumergido donde dar reposo eterno a esta vida plena de ausencias.
Sí, la mar es mi única patria, una patria sin himnos ni banderas, sin ejércitos ni gobiernos, una lugar inmenso que nos acoge a todos, la mar es el vientre donde germina la vida, es el punto de partida y la meta final del camino. 

 

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