GUÍA TURÍSTICA

DE CORME 

Y DE LA GENUÍNA COSTA DE LA MUERTE

Textos de José Ramón Varela Cousillas - Imágenes de Ángel Martínez

PIRATERIA - COSTA GENUINA - ANTECEDENTES - FIESTAS

RUTAS

CORME - LAXE - MALPICA - VILLANO - VIMIANZO - CARBALLO

 

 

PIRATERIA

En el invierno de 1830 el buque “ADELAIDE” zarpó de Bristol rumbo a Las Antillas, trece personas, incluida la mujer y el hijo de su capitán Dovel, conformaban su tripulación, además viajaba con ellos un anónimo pasajero.

En aquellos tiempos la piratería lugareña de Cornualles y Bretaña era el mayor de los temores de la armada inglesa, quizás por ello, parte del flete del barco no fue declarado. Hoy conocemos que portaban armas y a bordo también trasportaban, bajo la atenta custodia del comisionado de la corona británica, que viajaba como pasajero en el buque, un baúl atiborrado de monedas de oro para pagar a las tropas británicas de ultramar.

La noche en que navegaban bordeando la Costa de la Muerte a la altura de la Ría de Corme y Laxe, arreció la tormenta. El capitán divisó a babor una línea de luces en la costa. Aquellas luces no podían ser más que una pequeña aldea marinera resguardado al fondo de alguna ensenada. Varió el rumbo y fue arrimando el barco hacía la bahía para abrigarse del temporal. La nave encalló. Los golpes de mar se encargaron del resto.

Solamente el capitán y el comisionado de la colonia británica alcanzaron a nado la playa y salvaron la vida. Ambos supervivientes se refugiaron en un cobertizo cercano a la playa

La mañana siguiente Laxe despertó con el tañido a muerte de las campanas de su iglesia. Diseminados por la arena aparecieron doce cadáveres y restos de la nave; mudos testigos de la tragedia desatada la noche anterior. Pero aquella noche la muerte también rugió en el cobertizo donde se habían refugiado los dos supervivientes, el funcionario del gobierno británico murió de forma misteriosa. Mr Dovel, el capitán, inhumó en el cementerio civil los restos de su esposa e hijo, que según narran los más ancianos del lugar, aparecieron sobre la playa abrazados. Nunca se supo dónde fue a parar el cofre repleto de monedas de oro.

Hasta aquí, la narración escueta de uno más de los siniestros de buques británicos en la Costa de la Muerte.

Pero este hundimiento dejó flotando algunas dudas en el recuerdo ¿Qué eran aquellas luces que vio el capitán? ¿Cómo murió el funcionario que había logrado salvarse junto al capitán? ¿Dónde fue a parar el cofre cargado de monedas de oro?

Cuarenta años después, un amanecer de invierno, los vecinos de la aldea de Arou despertaron con el hedor de la muerte flotando sobre sus aguas. En los bajos de “O Negro” flotaban los restos de otro buque inglés. Corrieron hacia el Monte Lobeiras para socorrer a los náufragos, en el camino se encontraron, yaciendo entre la maleza, dos tripulantes muertos del “WOLFSTRONG” a los que “alguien” había mutilado sus brazos.

Las amputaciones de los marineros despertaron las sospechas del Almirantazgo británico y envió una delegación a la Costa de la Muerte para investigar las causas del naufragio y quién o quiénes eran los autores de las mutilaciones de sus tripulantes. Nada pudieron aclarar, como nada se aclaró cuarenta años antes en el siniestro del “ADELAIDE”. Hubo posteriormente otros hundimientos que, aparentemente, fueron provocados, de los que tampoco nunca se pudieron aclarar las circunstancias. En el año 1875 en los mismos bajos entre Santa Mariña y Arou, naufragó el buque británico “REVANCHIL” envuelto entre sospechas de que fue provocado su hundimiento. Con el tiempo han sobrevenido otros muchos que han ido nutriendo estos temores: Del “IRIS HULL” se afirma que, en noviembre de 1883 fue hundido por la piratería en la costa de Santa Mariña; También en Malpica, seis años después, apareció el cadáver de una naufraga del “PRIMA” con las orejas y varios dedos amputados, al parecer, para robarle los pendientes y los anillos. Hay quien señala con su dedo acusador a la piratería lugareña del más conocido de los naufragios, el del buque escuela inglés “THE SERPENT” en el que fallecieron casi trescientos hombres y del que, recientemente, se ha descubierto el mascarón de proa escondido en un viejo molino de Santa Mariña, y yendo aún más lejos, las sospechas alcanzan al “CITY OF AGRA”, que, curiosamente, por el comportamiento heroico de los marineros de Camelle en el salvamento de sus náufragos, la Armada Británica reconoció a este pueblo con una condecoración.

Son estos hechos aislados, pero insistentemente reiterados, el germen de esa leyenda que desde los puertos ingleses y de taberna en taberna, fue extendiéndose entre los marineros de todo el norte de Europa, en la que se narra que en esta Costa de la Muerte , grupos de vecinos agazapados en la oscuridad tenebrosa de la noche y con la complicidad del aislamiento en el que siempre han vivido estas aldeas, se dedicaron a la piratería y sus delitos siempre quedaron impunes.

De ser esta la razón del tétrico nombre de esta costa, habría que reducirla a un espacio más concreto, a aquel donde sucedieron todos estos hundimientos sospechosos de ser provocados por los paisanos y que comprende desde las Islas Sisargas al Cabo Villano. Ciertamente este trozo, el más septentrional de la Costa de la Muerte es, aún hoy, el más genuino, el que mejor conserva sin adulteraciones sus costumbres, el menos conocido y, obviamente, el más aislado y, desgraciadamente, el que atesora mayor número de naufragios.

 

LA GENUINA COSTA DE LA MUERTE

Pocos lugares habrá en el mundo que tengan un nombre tan trágico y a la vez tan revelador de la cotidiana realidad de sus gentes, como la Costa de la Muerte.

Ignoro quién tuvo el acierto de bautizarla con tal tenebrosa denominación ni cuándo lo hizo. Razones no le faltaron.

Ya hemos explicado una de las posibilidades en la que se basa este tétrico nombre. Hay otras.

Pero primero ubiquémosla en el mapa, sus límites pueden variar según que fuentes tomemos como referencia. La más centrada y, a mi juicio, mejor ubicada, es la que delimita por el sur en el Cabo de Finisterre (Fisterra) y por el norte en las Islas Sisargas (Malpica), no obstante algunos la ensanchan desde el norte de la Ría de Muros hasta Caión. Es la costa más occidental de Europa y toda ella está dentro de la provincia de Coruña, enclaustrada entre la Rías Bajas y las Rías Altas. Pero ya que en este trabajo queremos centrarnos en la zona que aún hoy, en los albores del siglo XXI, mejor conserva esa idiosincrasia tan peculiar, ese apareamiento con la muerte sin las adulteraciones producidas por los medios de comunicación y el turismo, que vive, casi exclusivamente, amamantándose de esa mar traicionera, por tanto, insistimos, vamos a ceñir nuestra presentación a lo que consideramos lo más genuino de la Costa de la Muerte , la zona comprendida entre Islas Sisargas por el norte y Cabo Villano por el sur, dejando de lado las tres localidades meridionales (Fisterra, Muxia, Camariñas) mucho más conocidas y mediatizadas.

 

ANTECEDENTES

Tan tenebroso nombre para un lugar tan enigmático, es obvio que no nació de la inspiración poética de ningún iluminado, su origen se pierde en el silencio de la noche de los tiempos.

En la mitología irlandesa donde narra que la creación de Irlanda, leemos que las primeras personas en llegar a la isla fueron Partholan y la Reina Dalny acompañados un recudido grupo de guerreros. Llegaron, tras una larga singladura, desde la Tierra de los Muertos. ¿Sería, quizás, esta costa occidental de los muertos, el Finisterre gallego?

En la mitología que gestó la cultura occidental, allá en la sabia y antigua Grecia, ya denominaban a esta costa como la Tierra de los Muertos. El Finisterre de los antiguos griegos, comprendía la parte de Galicia que aparece con el nombre de Dutika Mere, que significa región de la muerte. No debemos olvidar que para los hombres de entonces, la tierra era plana. Esta franja de tierra era el fin del mundo, donde el Sol (Helios) era engullido cada día por el océano. Cada atardecer se hundía en Hades, que el Sol atraviesa por senderos misteriosos para renacer de nuevo en el oriente, emergiendo cada mañana con un renovado esplendor.

¿Qué mejor “Costa de la Muerte ” que aquella en la que la tierra termina, y el océano se desploma en el abismo, en el reino de Hades? Su simbología es muy poderosa. Además, esta idea está reforzada por el trazado de la Vía Láctea , que viene a morir en ese mismo punto del continente. Una relación lógica con la idea de una tierra plana, que termina en los extremos.

Siglos después, cuando las invictas legiones de la Roma Imperial , mandadas por Decimus Junnius Brutus alias Callaicus (El Gallego), alcanzaron el límite fronterizo entre la tierra firme y el océano inmenso, el “non plus ultra”, sus valerosos soldados se aterrorizaron al comprobar que el sol era engullido cada atardecer por el Mar de la Tinieblas y bautizaron el lugar con un nuevo nombre, llamándose desde entonces Fin de la Tierra.

Así que, probablemente, desde los albores de la historia este lugar ha sido relacionado con la muerte, pero hay más razones, muchas más, para escarbar en busca de esa denominación tan acomodada a su realidad.

Como hemos visto hay quien defiende que el nombre de esta costa le viene de los hundimientos, supuestamente provocados de naves que surcaban nuestra costa, pero hay otras gentes que no dan crédito a estos actos de piratería , los rechazan por aldeanos y fantasiosos, calificándolos de leyendas inventadas por sus antepasados, que se trasmitieron de padres a hijos; estos otros, otorgan a nuestra mar traicionera la verdadera razón de su nombre, a esa mar que se estrella rabiosa contra el litoral, engullendo sin piedad en su fondo, en demasiadas ocasiones, a barcos y hombres. Sirva como paradigma que en el pequeño pueblo de Corme han fallecido ahogados en la última mitad del siglo XX más de cien marineros y mariscadores, hombre y mujeres nacidos en ese pueblo que sucumbieron ante los embates del mar. Cien muertos en una población que sobrepasa tímidamente los mil habitantes son muchos, demasiados muertos.

Existen también interpretaciones más esotéricas, defensoras de la existencia de una legendaria e iniciativa tradición de caminantes, predecesores de los actuales peregrinos que acuden a Compostela, viajeros que procedentes del norte de Europa, de las tierras húmedas de los druidas, llegaban tras largas jornadas de camino hasta nuestras costas, punto final de una travesía hacia la muerte alegórica, al lugar donde cada día muere el sol para renacer a otra nueva vida de luz. Eran, según relatan algunos ancianos, aprendices de druidas y eran celtas como nosotros, que hablaban nuestra antigua lengua, aquella que perdimos cuando los romanos colonizaron nuestras tierras.

Otras más apegadas a la tradicional cultura de la muerte, tan arraigada en nuestras aldeas, fundamentan sus creencias en la presencia casi obsesiva de la muerte en nuestras vidas cotidianas, resaltan la importancia y veneración que en esta tierra siempre se le da a esa muerte que impregna todo cuanto hacemos, a esa mezcla de temor y seducción con la que convivimos en complicidad y absoluta familiaridad.

La muerte está presente en nuestras vidas desde el mismo momento de nacer, en la intimidad de la familia, en nuestras impenetrables creencias paganas, y en las abundantes leyendas que han esculpido desde antiguo nuestra cultura.

Los pueblos primitivos que habitaron esa costa no conocían la escritura y lo poco que sabemos de su historia es a través de los historiadores griegos y latinos.

La población aborigen protocéltica conocida como Oestrimnios, dio paso a la cultura atlántica, o si lo prefieren, a los celtas de cultura castreña, conocidos como los Sefes o Serpes que quiere decir Serpientes; nos dejaron esculpido en la piedra sus creencias paganas y su sabiduría tribal. Abunda en la zona, como en casi toda Galicia una cultura enraizada en la piedra, castros donde habitaron y se defendieron de los temidos invasores, dólmenes donde enterraron a sus muertos, menhires en los que adoraron a sus dioses, cromlechs, petroglifos, cruceiros y hórreos que nos ayudan a intuir tímidamente algo más su pasado.

En la zona norte de esa costa, en la aldea de Gondomil (Corme) se encuentra lo que algunos historiadores denominan el más antiguo monumento pétreo de Galicia, hoy puesta en duda su antigüedad, es una serpiente alada labrada en relieve en una roca y que se supone era un altar de las tribus vecinas, los llamados Serpes (serpientes) y que ha llevado a los historiadores a apuntar la posibilidad de que estas gentes adoraran a los ofidios. Hay más piedras labradas con ofidios por la zona, pero esta, que hace muy pocos años, antes de que nuestros gobernantes permitieran que se estropeara, con sus tres metros de altura, era uno de los monumentos pétreos más emblemáticos de Galicia.

Curiosamente existen varias leyendas sobre esta Piedra de la Serpiente , que vienen de antiguo y que enlaza con aquella posible piratería del siglo XIX y con esa nueva de presente siglo, a la que llamamos narcotráfico. Una de estas leyendas me la relató mi padre siendo yo un niño, habla de un pueblo que trasmutó sus modos de pacíficos de vida, abandonó su trabajo honesto para convertirse en guerrero y pirata y su Dios lo castigó con un diluvio de arena, enterrando la aldea bajo una montaña. Pero mejor se la cuento:

En la parte alta de la playa, resguardado de los crudos vendavales, hace miles de años, se encontraba ubicado un noble pueblo, el pueblo de nuestros antepasados, llamado de los Serpes. Sus gentes eran pacíficas y disfrutaban de una gran cultura enraizada en la armonía de la naturaleza, conocían la experiencia iniciática de la piedra en la que tallaban y esculpían petroglifos, adoraban al dios de sus antecesores y respetaban la sabiduría de sus mayores. Vivían modestamente de su mar, de la pesca y del marisqueo, utilizando las algas que la marea varaba en los arenales para abonar las escasas y pobres tierras que labraban.

Su dichosa y apacible vida fue sacudida violentamente por la ambición de los más jóvenes e intrépidos de la aldea. Desoyeron los consejos de los ancianos trocaron su serena existencia de pescadores por el agitado oficio de guerreros y piratas, su arrojo y valentía les reportó en muy poco tiempo grandes riquezas y cantidad de esclavos.

La solidaridad y el respeto a las decisiones de los ancianos de la tribu, que habían sido el más grande vínculo de unión entre los habitantes de la aldea, desaparecieron, y su lugar fue ocupado por el dictado de los más fuertes y pendencieros, por la codicia y el individualismo; así el trabajo, perdida su virtud, dejó de interesar a los aldeanos y pasó a ser la infame labor de los innumerables esclavos que apresaban en sus correrías por tierras y mares extraños. Cegados por la riqueza y la abundancia, se entregaron a la ociosidad y el vicio. Cuando no guerreaban se entregaban a la placidez de la pereza, al disfrute de la gula y la lujuria, sus festines nocturnos en la playa las noches de luna llena en torno a las queimadas de aguardiente de tojo, duraban hasta el alba. En el transcurso de estas orgías, amenizados con la música uniforme y repetitiva que componían golpeando unos rústicos atabales y resoplando caracolas marinas, se intercambiaban para fornicar a sus esclavas más jóvenes y bellas. Los más depravados y crueles sodomizaban a las criaturas adolescentes más hermosas, llegando incluso, con ocasión de los solsticios de verano e invierno, a cruentos sacrificios humanos en agradecimiento a los nuevos dioses paganos importados de tierras extrañas.

Ante tanta barbarie, su dios primitivo, aquel del que hoy en la aldea ya nadie recuerda su nombre, enojado por su abjuración y cansado por la obstinación de tal primario y brutal proceder, los amenazó, conminándoles a poner fin de inmediato a tanto atropello, guerras, saqueos y muertes, dictándoles que volvieran a vivir como antaño de su trabajo, obedeciendo las leyes de la sabia naturaleza, en comunión armónica con la tierra que les vio nacer y los alimentó, respetando a los pueblos vecinos, educando a sus vástagos en el trabajo y en la solidaridad, sin excesos embrutecedores o de lo contrario, caso de hacer oídos sordos a su recomendaciones, descargaría su ira contra ellos y los haría desaparecer para siempre, arrasando la aldea, las embarcaciones, el ganado y las personas.

La gran mayoría del pueblo no tomó en consideración las palabras conminatorias de un dios que había sido ya abandonado por ellos. Pensaron que las amenazas carecían de valor, que eran producto del enojo de quien se siente repudiado, afirmando no tener necesidad de un dios que siempre les había mantenido en la pobreza, un Dios que les prohibía gozar de sus festines nocturnos y les amenazaba con castigos eternos.

Sólo unos pocos, los más temerosos de su dios, acompañados de la mayoría de los ancianos, se arrepintieron públicamente, enmendaron su vida y rectificaron su salvaje proceder. Inútilmente trataron de convencer a sus vecinos para que los imitasen y les siguieran; sólo lograron ser el blanco de sus algazaras. Antes de que les llegara la condena a sus convecinos, optaron con escasa esperanza y como última disyuntiva, por interceder nuevamente ante el dios antiguo, le pidieron que perdonase a sus hermanos pecadores e hicieron ofrendas y sacrificios.

Solicitaron en vano compasión y clemencia tratando de evitarles el castigo divino. Todo fue inútil. El dios implacable ordenó a los arrepentidos que recogieran sus pertenencias y aperos y abandonasen la aldea de inmediato, asentándose en lo alto de la loma que bordea la playa, en el lugar llamado de Gondomil y desde allí, encumbrados en lo más alto de la atalaya, pudieran observar el castigo que iban a sufrir sus hermanos pecadores.

Fue una noche cálida, una noche de verano en la que la luna llena iluminaba débilmente el valle donde se asentaba la aldea de los entonces conocidos como la gran tribu de los Sierpes. De repente, el claro atardecer se trasmutó en noche negra, estalló una gran tormenta, decenas de rayos cayeron sobre el poblado y un gran diluvio de fina arena blanca enterró para siempre a hombres, ganado y hogares. Aquella noche la alegre fiesta se convirtió en triste enterramiento; los animales alocados corrían de un lugar a otro ladraban y mugían ensordecedoramente. Las gentes aturdidas clamaban piedad e inútilmente trataban de huir. A cada paso, a cada intento de escapar del castigo, nuevas arenas caídas del cielo los volvían a enterrar. Los fuegos de los hogares se fueron apagando, las fuentes se secaron y se acallaron gritos y gemidos, un silencio sepulcral invadió la noche estival. Pasada la tormenta, volvió a alumbrar la luna llena y la negra noche se tornó en noche estrellada. Al alba, una gran montaña de arena blanca ocupaba el lugar donde la víspera se encontraba la aldea. No hubo niño, ni mujer, ni anciano o joven que pudiera salvar la vida.

Sus hermanos, aquellos que obedecieron los dictados de su dios, fueron testigos de lo ocurrido, se afincaron en el vecino altozano de Gondomil y construyeron como testimonio funerario que recordase por los siglos a aquel olvidado pueblo al que nunca dominó hombre alguno y que fue irremediablemente derrotado por la riqueza, la ociosidad y el vicio, un altar en la roca más céntrica del lugar. La gran piedra situada junto a la encrucijada, esculpiendo en ella esta serpiente alada”

Esta leyenda de héroes y villanos quedó grabada en mi mente, como había quedado en la mente de mi padre desde que se lo narró su abuela y que con sabiduría aldeana, nos enseña que una vida de trabajo honesto, aunque pobre, es más digna que el enriquecimiento codicioso. Y mucho me temo, que siempre en esa costa han vivido en esta dialéctica. Aún hoy en día, hay quien se enriquece traficando por mar sin escrúpulos, pero la inmensa mayoría de sus gentes, han optado por vivir del trabajo, condenándose, antes de ganarse la vida con el narcotráfico o el furtivismo, a emigrar, desgarrando su cuerpo del alma de su tierra.

Y si esta piedra ya nos muestra indicios a través de su leyenda, como vivieron y como viven aún hoy sus habitantes, oscilando entre el trabajo honrado y el tráfico criminal, hay otras piedras que pueden ofrecernos indicios que nos ayuden a comprender el sentir profundo de sus gentes y mostrarnos esa simbiosis entre piedra y hombre a lo largo del trozo de la Costa de la Muerte que vamos a mostrarles.

Esta simbiosis entre piedra y hombre viene desde antes de inventarse la propia Historia. Son esos testigos graníticos con los que construyeron hace unos 5.000 años los dólmenes que abundan por la zona, los castros, los cromlechs; los petroglifos que siembran toda la geografía de la costa; piedras con las que se construyen desde no se sabe cuando los hórreos y los cruceiros a la vez humildes y majestuosos, la pías funerarias, las iglesias y los cabazos. Y por qué no, la infinidad de piedras con nombre propio, esculpidas a través de millones de años por el viento y el agua y que tantas leyendas encierran. Piedras que fueron testigos silenciosos de decenas de hundimientos o, como la “Pedra Do Roncudo” hundida a media milla de la costa, donde se mariscan los que tienen fama de ser, los mejores percebes del mundo.

 

 

Todas estas piedras que nos vuelven a poner en contacto con ese origen incierto de la Tierra de los Muertos, donde según la mitología griega, Hermes trasladaba a los infiernos las almas de los muertos ayudado por Caronte que conducía su barca de piedra hasta Hades, nuestra Costa de la Muerte.

Para el viajero que en su búsqueda de lo genuino, huye de la masificación del turismo enlatado, si desea conocer en profundidad esta tierra y a estas gentes, le proponemos que se ubique en Corme, pequeña aldea que alterna la pesca y la agricultura, que observe esa armónico apareamiento entre el mar y la tierra, que ha forjado su personalidad y su paisaje a través de milenios y que, aún hoy, atesora casi incólume su rica cultura ancestral y partiendo desde allí efectué alguno de los recorridos que le proponemos:

 

CORME:

Es difícil para un oriundo de Corme que nació a más de ochocientos kilómetros de distancia, empujado por el exilio económico de sus padres, no dejarse hechizar por la emoción cuando trata de relatar los atractivos naturales e históricos de esa aldea lejana que porta siempre prendida en sus pupilas.

En las múltiples ocasiones en que he tenido que constreñir con una sola frase la definición de este perdido pueblo, no he atinado a detallarlo en una y siempre titubeo, dudo si denominarlo como “La cenicienta de la Costa de la Muerte ”, o “El paraíso olvidado”.

De camino hacia ninguna parte Corme es el destino idóneo para aquellos viajeros que deseen huir de la masificación y mecerse al ritmo de las cadencias de la naturaleza.

En Corme el tiempo se detiene. Los días se niegan a morir, mientras en el resto de Europa ya ha oscurecido, aquí el día alarga su agonía hasta que le sol, en ocasos indescriptibles, es engullido por el mar.

Si viaja a Corme no traigan reloj, los graznidos de los cuervos y las gaviotas les despertarán, anunciándole que ha llegado la hora de gozar a la luz del día de las frías aguas de sus playas desiertas, de sus calas salvajes o de los largos paseos por senderos solitarios junto al mar o por sus abruptos montes.

Corme es un pueblecito que alterna con armonía las labores del campo con las que se desarrollan en torno al mar. Si se deja perder en sus estrechas callejuelas, que ascienden por las laderas de las colinas que rodean el pueblo, descubrirá rincones embriagadores de claro sabor marinero, sus vetustas casitas, cabalgando unas a lomos de las otras, les mostraran las carencias historias en las que han vivido estas gentes

Más de 5.000 años de historia conviven silenciosos en los alrededores de este pueblo secular, ubicado en la región con mayor concentración de yacimientos megalíticos de Europa: Dólmenes, petroglifos, poblados celtas y castros. La piedra hecha poesía en arcaicos cruceiros y hórreos esculpidos durante siglos por la pertinaz lluvia y las constantes brisas que arriban del mar.

Permítanme que les acompañe en un paseo para mostrarles su geografía. En el corazón del muelle, junto a la lonja, nace una pequeña carretera que transcurre durante tres kilómetros bordeando la abrupta costa donde se cosechan los mejores percebes del mundo; escondidos entre la maleza podrá descubrir pequeñas senderos que le conducirán a solitarias calas salvajes resguardadas de los vientos, donde podrá disfrutar del baño en sus frías aguas o mecerse al ritmo de las cadencias de las olas en la ansiada tranquilidad que nos hurtan en la vida cotidiana de la ciudad.

 

En lo alto del monte, en torno a la aldea de Roncudo, un laberinto de senderos por lo que se puede caminar o circular en automóvil, invitan a recorrerlos bajo el rugido quedo de los molinos eólicos, alternando los pequeños bosquecillos, con las rocas desnudas donde un incipiente grupo de jóvenes practica la escalada en un rocódromo natural o puede, si lo desea, embarcarse en la búsqueda de los petroglifos que, esculpidos hace milenios, permanecen silentes, como mudas manifestaciones de las creencias de nuestros primitivos ancestros. Y no dejen de visitar la antigua y fantasmal aldea de Candelago, hoy deshabitada, donde lloran lágrimas pétreas las ruinas de sus casas.

En la época estival podrá disfrutar de sus cuatro playas con ambientes diferenciados: la urbana Arnela que se extiende como la prolongación de un jardín natural al pie de las casas; las hogareñas Osmo y Furna, concurridas y familiares; o la más cosmopolita de la Ermida de aguas seguras, visitada por gentes foráneas y lugar de peregrinación los fines de semana, desde esta playa en la bajamar se puede ascender a la Isla de la Estrella donde antaño vivieron nuestros antepasados en un castro hoy enterrado y donde hasta hace unas decenas de años se ubicaba una ermita a la que se peregrinaba los lunes de pascua, actualmente la imagen de la Virgen se venera en la parroquia de San Adrian. Hubo según recuerdan los más ancianos un cromlech que fue desmontado por un lugareño para aprovechar sus pilares para la construcción de su casa. En todas estas playas podrá disfrutar del baño en sus frías y ricas aguas, que ya han comenzado sus baños a usarse como terapia para combatir las enfermedades de la piel por la abundancia de “vesículas”, algas recomendadas por los dermatólogos.

 

Un paseo recomendado para los largos atardeceres del verano es el que nos conduce hasta la Pedra da Serpe en Gondomil de antigüedad incierta y protagonista de múltiples leyendas, desde allí dirigirnos hasta la Iglesia de San Adrián, recorrer las callejuelas de la aldea que la rodean con los ojos bien abiertos para disfrutar de la arquitectura de sus cabazos (hórreos) de singular estilo local y alcanzar en lo alto, la recién rehabilitada Capilla de San José.

 

 

De mañana temprano, antes de que el sol nos ahogue con sus calores, podemos encaminarnos hacia la ensenada de la playa de la Barda , en Guxín y desde allí ascender por la calzada medieval, construida sobre la más antigua romana “promontorium sequens” y que, quizás, tenga en honor de ser el único tramo del antiguo camino de Santiago que permanece aún, tal y como era en el Medioevo.

 

Otro cita ineludible es visitar la pequeña aldea de Forxan y desde allí, ascender a pie hasta San Adrián Vello, donde se intuye entre los bosques de pinos y robles las ruinas de la prehistórica muralla de una fortificación castreña.

Pero no todo es pasado en Corme, si lo que busca es disfrutar del deporte, su ría le ofrece espacios para disfrutar de la navegación a vela, el windsurf o el buceo y desde la costa podrá pescar o admirar el arrojo de sus gentes cuando apañan sus afamados percebes.

Me cuesta finalizar este escueto recorrido, poner el punto final a esta enumeración de los rincones donde viví feliz aquellos lejanos veranos de mi juventud, aquel lugar con el que sueño desde la distancia, intentado llenar ese vacío vital que produce las ausencias. Quizás sea exagerado el reflejo que de este mágico lugar llevo prendido en mi memoria; vengan, descúbranlo y juzguen.

 

RECORRIDOS DESDE CORME A OTROS RINCONES CERCANOS DE LA COSTA DE LA MUERTE Y DE LAS TIERRAS INTERIORES:

 

Si Corme ya ofrece suficientes recorridos para caminar y descubrir un universo olvidado en el tiempo, también nos ofrece la posibilidad de, utilizando un vehículo, descubrir una diversidad de lugares prácticamente desconocidos que nos ofrecerán un mayor conocimiento de lo que es y ha sido desde la noche de los tiempos la cultura y la vida de estas gentes.

Les proponemos algunos que discurren por la parte más septentrional del litoral y otros de las tierras vecinas, tierras de labriegos ajenas a la Costa de la Muerte , pero que atesoran gran una gran riqueza histórica y social digna de descubrir.

 

DESDE CORME A MALPICA

 

Partiendo desde Corme, a unos cuatro kilómetros hallaremos el desvió que conduce a la aldea de Brantuas, en el límite de ambas poblaciones, se encuentra el Santuario de Nosa Señora do Faro. Lugar de romería de los lugareños de ambas poblaciones, está edificado en lo alto de una montaña, desde allí se nos ofrece una panorámica de la Ría de Corme y Laxe, que muda al compás de los caprichos de la naturaleza

Descendiendo del santuario nos encontraremos la aldea y la playa de Niñons; playa solitaria que, según se rumorea, fue antaño y, quizás, aún lo siga siendo, un paraíso para los contrabandistas. En el adro de su iglesia se encuentra abandonados un sarcófago de la época sueva y una pila bautismal de piedra de antigüedad desconocida. Un paisano nos narró que en el cementerio vecino, el nicho de un apicultor fue invadido, al poco de ser enterrado, por sus añoradas abejas.

Desde allí siguiendo por la carretera que conduce hasta Malpica nos toparemos con la aldea de Cores, su iglesia ubicada la pie de la calzada, atesora vestigios prerrománicos; incrustado en el muro trasero hallaremos esculpida una efigie pagana precristiana de una diosa de la fertilidad, así como dos pías funerarias suevas.

En la aldea de Mens, merece la pena pararse un buen rato, recorrer a pie sus carreixos y admirar su iglesia románica, una de sus puertas laterales está decorada con el típico ajedrezado o damero jaqués, signo imborrable de su pertenencia al Camino de Santiago. Mens también atesora una fortaleza medieval, una de la pocas de Galicia que mantiene torreones, ya que estos fueron prohibidos tras el levantamiento irmadiño. Cerca encontraremos un oratorio al aire libre, esculpido en piedra y de antigüedad incierta.

   
   

 

 

Unos kilómetros más adelante, en la aldea de Barizo, conviene, tras visitar su ensenada, puerto natural en el que arribaban en la Edad Media naves con peregrinos, ascender hacia el espectacular y más moderno faro de la Costa de la Muerte , Punta Nariga.

Poco antes de alcanzar nuestro destino, conviene internarse por la carretera que conduce hacia el Monte de Santo Hadrián, lugar de peregrinación que se remonta a la prehistoria, hoy cristianizado con una ermita. Dicen que la fuente que allí mana es milagreira y las aguas que de ella manan sanan las enfermedades cutáneas. Entre las rocas de la costa, en la bajamar, puede admirarse otra Pedra da Serpe, esculpida, muy probablemente, por la misma tribu de serpes que esculpieron la de Corme y que se cree, adoraban a los ofidios. Frente a la costa, desafiando a los temporales, se ubican las Islas Sisargas, lugar de anidamiento de un amplio abanico de aves marinas.

Llegados a Malpica podremos admirar un típico pueblo marinero, sus casas, asomadas al mar, se abigarran en las laderas de la montaña formando un enjambre humano.

De vuelta hacia Corme, nos desviaremos unos kilómetros en dirección a Caballo para admirar la “Pedra da Arca”, un dolmen que fue parcialmente destruido por la incultura, testigo silente del abandono al que han sido sometidas estas tierras por sus gobernantes.

Retornaremos de nuevo en busca del camino de regreso hacia Corme, pero dirigiéndonos hacia Ponteceso, capital del concello y que, en opinión de Eduardo Pondal, emana su nombre del puente construido por los romanos Ponte Caesaris y del que ya solo queda vestigios. Coviene detenerse en A Graña, donde hubo un antiguo Monasterio. A la salida de Ponteceso, en el desvío hacia Corme se encuentra la casa natal del bardo Pondal, poeta que cantó las melancolías de esta tierra olvidada y del que los gallegos emigrados en Cuba, eligieron uno de sus poemas para convertirlo en la letra del himno gallego.

Ya de camino a Corme, en la parroquia de O Couto, podemos adentrarnos por los arenales del Anllons hasta alcanzar las dunas de la Barra , espacio natural protegido que además de gran belleza, atesora una rica fauna de aves migratorias. Conviene asimismo ascender hasta el “Monte Branco” desde donde se divisa una panorámica del río Anllons apareándose en su estuario con el Océano Atlántico sobre el lecho de la Ría.

 

 

DESDE CORME A LAXE

 

Nuestra segunda propuesta es recorrer la Ría por su ribera sur, el espejo donde se refleja Corme cuando se asoma a su ribera. Partiremos desde Corme hacia Laxe. Tomaremos la carretera hacia Ponteceso y una vez allí, cruzaremos sobre el antiguo puente romano para adentrarnos en el municipio de Cabana. Desde esta zona, bajando por alguno de los numerosos caminos que conducen a la costa, nos acercaremos a sus arenales espacio natural protegido donde disfrutaremos de bellos paisajes y si lo visitamos armados de unos prismáticos, podemos gozar de la visión de una rica y variada colonia de aves.

Laxe, la población más turística de esta zona, cuenta con un enorme playa de fina arena blanca, resguardada del vendaval, nombre que aquí se da a los vientos del sudoeste, muy concurrida por veraneantes.

Adentrándose por la carretera que discurre por la parte trasera de su iglesia gótica, podremos alcanzar la Playa de los cristales, ejemplo vivo de la capacidad de la naturaleza para paliar los desmanes de la estupidez humana. Esta pequeña cala fue antaño un vertedero de basura, la mar con su tenacidad ha ido puliendo los vidrios que allí se arrojaron y hoy nos muestra de una cala de multicolor de guijarros, formados por los restos de botellas, loza y baldosas rotas, pulidas por el paciente trabajo de las olas.

Muy cerca de allí, hallaremos la Furna dos Namorados, lugar discreto, que antaño fue nido de amorosos encuentros y grabadas en las piedras podremos leer testimonios de esos amores fechados desde el siglo XIX

Saldremos de Laxe por la carretera que conduce hacia Camariñas, a unos pocos kilómetros nos encontraremos el Pazo y la playa de Soesto, donde en ocasiones se celebran competiciones de surf. Proseguiremos por la misma carretera hasta alcanzar el desvío a Traba para descender hasta el amplio valle donde se asientan desparramadas media docena de pequeñas aldeas.

Conviene visitar su eclética iglesia, construcción que mezcla diversos estilos que van desde el románico del siglo IX hasta el siglo barroco del XIX.

Allí en mitad del amplio valle, acérquense a la laguna, un coro de miles de ranas les darán la bienvenida con su monótono croar, este espacio protegido cuenta con una amplia gama de fauna y flora, es uno de los pocos lugares donde aún se encuentran las camariñas o caramiñas, especie de arbusto endémico de esta costa, en grave peligro de extinción. De esta laguna han nacido algunas leyendas en las que se afirma que bajo sus aguas está enterrada la antigua ciudad de Valverde

Desde la costa ascenderemos hasta los Penedos, cumbre rocosa donde abundan piedras sagradas para los antiguos habitantes del lugar, de entre todas ellas destaca la majestuosa Torre da Moa, lugar de culto pagano y de la que algunos afirman que, quizás sea el mítico “Ara Solis”.

Entre las numerosas paradas, los descensos hasta la costa y los ascensos a lo alto de las rocas, habremos consumido la jornada y volveremos a nuestro refugio de paz en Corme, para preparar nuestro próximo recorrido.

 

 

DESDE CORME A VILLANO

 

Este último recorrido por la costa nos conducirá a las mismas entrañas de la Costa de la Muerte , visitaremos los lugares más apartados y los más genuinos, algunos lugares que hasta hace sólo unos cuantos años, eran prácticamente inaccesibles, ya que no existían carreteras asfaltadas y sólo se podía llegar a través de angostos caminos.

Partiremos de Corme por el mismo camino de la víspera, Laxe, Traba y desde allí continuaremos hasta la localidad de Camelle, extremo sur de la Ría de Corme y Laxe.

Camelle es una pequeña aldea marinera donde hasta el desastre del Prestige, vivió un anacoreta al que han calificado de soñador, loco o simplemente hombre singular, que casi desnudo, tapando sus vergüenzas con un taparrabos vivió durante más de treinta años en las rocas, tras el dique de abrigo. En ese tiempo fue construyendo con las piedras moldeadas por las olas y con otros objetos que la mar escupía, las figuras escultóricas que hoy conforman el museo natural de Man.

Proseguiremos nuestro trayecto hacia la aldea de Arou y desde allí por un camino recientemente asfaltado, acercarse por la costa hasta la altura de las Islas Baleas, lugar de varios naufragios. Proseguiremos hasta Santa Mariña, aldea peculiar edificada en lo alto de un estrecho valle que desemboca en el mar abierto. La leyenda cuenta que era en estas latitudes donde los piratas lugareños ejercieron con mayor éxito sus macabros hundimientos provocados. No teman bajar por la empinada cuesta hasta el pequeño muelle, de singular factura es una visita obligada.

Desde Santa Mariña proseguiremos rumbo a hacia el Cabo Villano por una camino sin asfaltar, pero que puede ser recorrido en coche. Visitaremos la playa de Trece, otro de los espacios naturales protegidos de nuestra costa, rico, como los otros, en aves marinas y en flora costera con endemismos en peligro de extinción.

Poco más adelante nos encontraremos el llamado Cementerio de los Ingleses, donde descansan los cuerpos de cerca de trescientos cadetes de la Marina Británica , ahogados en el naufragio de buque escuela Serpent, aún hoy, dos siglos después del hundimiento, cuando un buque de la armada británica surca esta agua, testimonia su dolor con el disparo de salvas en recuerdo de aquellos náufragos que, algunos, califican como el mayor desastre, en tiempos de paz, de la Marina Inglesa.

Desde allá ya divisaremos altivo sobre el punto más alto de la costa, el Cabo Villano, cuyo nombre ya nos da una pista de lo peligroso de la navegación por estas latitudes, desde su terraza se divisa toda la Costa de la Muerte.

De vuelta a Corme, podremos optar por desandar lo andado o acercarnos a la localidad de Camariñas, famosa por sus encajes, y desde allí tomar la carretera hasta Ponte do Porto donde nos desviaremos hacia Laxe y Corme.

 

RECORRIDOS POR LAS TIERRAS LABRIEGAS VECINAS:

 

DESDE CORME A VIMIANZO

En este cuarto recorrido abandonaremos la Costa de la Muerte para visitar las vecinas poblaciones del interior, tierras de labranza ajenas a la convulsa vida del mar.

Nuestro primer destino será Vimianzo. Los primeros kilómetros recorremos el mismo trayecto efectuado en los días anteriores hasta la localidad de Cabana, allí a la altura de la Telleira , cogeremos el desvió hacia Baio para dirigirnos a la aldea de Borneiro. En esta localidad encontraremos uno de los pocos castros excavados y estudiados a fondo por los arqueólogos, A Cidá, donde podremos recorrer a pie un poblado celta y admirar cómo y dónde vivían nuestros antepasados.

Muy cerca de este poblado se encuentra el dolmen de Dombate, uno de los más emblemáticos monumentos pétreos de Galicia, con una antigüedad de 5.000 años, erguido y majestuoso se nos muestra este mausoleo prehistórico, lugar de enterramientos que atesora diversas pinturas rupestres en su interior.

Desde allí, dirección a Baio aconsejamos desviarse por una pista a la derecha y visitar la capilla del Carmen de Briño. Al llegar a Baio, tomaremos la carretera que conduce hacia Carballo, muy cerca se hallan las Torres do Allo, construcción típica de Pazo gallego, hoy convertido en Museo.

Desandaremos lo andado y volviendo hasta la carretera que conduce a Fisterra, tras cruzar la localidad nos desviaremos a la derecha para visitar Os Batáns do Mosquetín, antigua industria restaurada, donde nos muestran como se trabajaba en la antigüedad en los batanes para el tratamiento del lino.

 

De vuelta a la carretera nos dirigiremos hacia Vimianzo, población histórica que cuenta con un castillo medieval hoy recuperado y donde en los meses de verano, así como en Semana Santa, se ofrece una interesante muestra y feria de artesanía popular de la comarca.

Para la ruta de vuelta se nos ofrecen dos opciones, por Baio o por Laxe.

 

 

DESDE CORME A CARBALLO

 

En nuestro último recorrido nos dirigiremos a la capital de la comarca de Bergantiños, la localidad de Carballo, muestra representativa de la anarquía urbanística que domina todas las localidades del contorno.

Partiremos desde Corme y desde el centro de Ponteceso nos desviaremos a la derecha para disfrutar de los paisajes que nos ofrece la cuenca del Anllons, recomendamos visitar la Iglesia de San Félix y el molino de Sainmia.

De vuelta a Ponteceso nos encaminaremos por la carretera que nos conduce hasta Buño, localidad de tradición alfarera, artesanía cuya antigüedad se pierde en la nebulosa de la historia y que algunos historiadores sitúan el comienzo de esta tradición en los albores de la historia. No es difícil encontrarnos en algunos de sus numerosos comercios algún alfarero en plena tarea, que gustoso nos mostrara como se desarrolla su trabajo Si la visita coincide en las fechas que se celebra la Feria de Alfarería conviene visitar O Forno da Forte, horno comunal en el que antiguamente cocían sus barros todos los alfareros del pueblo.

En Buño existe, hoy cristianizado, un árbol, O Carballo de San Estevo, de culto pagano, que nos recuerda como antaño, en estas tierras se idolatraba a árboles, piedras y fuentes. De este árbol se narran diferentes leyendas, una de ellas, claramente cristiana, cuenta que en este lugar murió San Estevo y que aún hoy, si se perfora la corteza del árbol, mana de su herida sangre. Muy cerca del lugar podemos descubrir una “abellariza” (conjunto de colmenas) y un molino, ambos restaurados, que nos muestran cómo era el trabajo de los antiguos apicultores y molineros.

Muy cerca de la localidad, en el monte sagrado de Neme, la leyenda relata como en la zona donde se encontraba un cromlech, conocida como a Eira das Meigas se reunían en los solsticios, las brujas de la comarca para celebrar sus aquelarres.

Desde Buño tomaremos la carretera hacia Agualada, nos desviaremos hacia la aldea de Verdes y desde allí descender por una carretera angosta hasta un parque natural de obligada visita, armoniosamente urbanizado por el concello de Coristanco, atesora una gran belleza donde disfrutar de la pesca fluvial en un entorno que conjuga el robledal y las edificaciones típicas del agro gallego.

Proseguiremos hacia Cances y desde allí a Carballo, donde vitaremos a Ponte Lubians, un puente romano que cruza el río Anllons y que se conserva en buen estado. Como tantos otros monumentos de la zona, por la desidia oficial, está sin señalizar y su localización es francamente complicada, le sugerimos que pregunte a algún paisano.

De vuelta al paraíso olvidado de Corme, ponemos punto y final a un recorrido por la parte septentrional de la Costa de la Muerte y sus alrededores, un viaje por el desconocido entorno de una de las zonas más enxebres y vírgenes de Galicia. Una comarca por la que el tiempo se lentificó, sometido por su pertinaz aislamiento, que aún conserva en esta época de la globalización de los albores del silgo XXI y que, a pesar de la desidia de quienes deben velar por salvaguardar sus tesoros históricos, han sabido, por esa sabiduría innata que poseen los pueblos que no olvidan su pasado, conservar para el deleite de las personas sensibles que vengan a visitarnos, unos tesoros que ya han desaparecido en la mayor parte de la geografía universal.

 

 

FIESTAS DE INTERÉS EN CORME:

Aldea – Romería de la Virgen de la Estrella : Lunes de pascua

Puerto – Fiesta de la Virgen de los Remedios: 24 de septiembre

Puerto – Festa do percebe: Primera marea de julio

Puerto – Fiesta de la Furna : Viernes anterior a la fiesta del percebe

Puerto – Fiesta del Carmen: 16 de julio

Aldea – Fiesta del Carmen: Domingo anterior al 16 de julio

Puerto – Fiesta de San Roque: Último domingo de agosto

Aldea – Festa da sardiña: Un sábado de julio.

Aldea – San Adrián: 16 de junio

Romería da Nosa Señora do faro: 8 de septiembre

 

Texto: José Ramón Varela Cousillas  Fotografías: Ángel Martínez

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Actualizada el día 04.05.05