HISTORIAS  VIRTUALES

 

En esta sección presentaremos una serie de historias reales contadas por algunos de sus protagonistas sobre los amores y desamores que se dan en ese mundo virtual de los chats.

Quizás convenga recordar aquí, aunque duela a muchos leerlo, cuál es la personalidad de las personas adictas a internet y muy especialmente a los chats, ello nos ayudará a una mejor comprensión de los dramas que aquí se relatan.

La dependencia de internet puede ser reflejo de unas carencias psicológicas primarias como soledad, déficit de comunicación, trastornos mentales y problemas de pareja o carencia de esta.

En general son personas de clase madia con un buen nivel cultural. Su sintomatología se plasma en una comprobación reiterada del correo electrónico y la necesidad apremiante de estar conectado en todo momento, descuidando sus obligaciones. Entre los síntomas más comunes están la perdida de control, ansiedad, insomnio, irritabilidad, dificultades de comunicación, inestabilidad emocional y una búsqueda obsesiva de personas con las que sentirse identificados o que perciban que las escuchan y atienden.

Los factores de riesgo son el aburrimiento por falta de ocupaciones de ocio, la carencia de relaciones reales y de objetivos; la timidez y la ausencia de una autoestima adecuada. 

La red les permite satisfacer tres tipos de necesidades, la emocional por carencia de afectos, la estimulación solitaria (información, imágenes, sonidos, juegos) y la búsqueda de interacción social (chats, juegos, foros y sexo virtual)

 

LAS HISTORIAS

AMOR HOMO

AMIGOS ETERNOS 

VIAJE HACIA LA NADA

AMOR A PRIMERA VISTA 

LA MENTIRA

 ESCRÍBEME

 

Actualizado octubre 2010

 

 

VIAJE HACIA LA NADA  

Se despertaba Madrid entre bostezos; el gélido soplo del aire que ascendía de la Sierra me invitó a observarla por última vez antes de mi partida; a mi regreso, supuse, habrá perdido su blanca capa de nieve. 
Partía en un frío día de invierno hacia un país tropical, las abrigadas vestimentas que me cubrían en este día, allí me resultarían inútiles. Pensé en la importancia que el clima marca en el quehacer diario de las personas, incluso, en sus costumbres y mentalidades. Este pensamiento me llevó a meditar sobre las muchas diferencias que me separan de la mujer que voy a conocer. 
El alejamiento de nuestros dos países, quizás no sea la mayor de las distancias que padecemos. Hoy con los modernos y rápidos medios de comunicación ningún país queda lo suficientemente lejos, en unas horas, quizás en uno o a lo máximo dos días se puede llegar al lugar más recóndito del mundo. Son otras las distancias insalvables, los lenguajes, las costumbres, los valores morales, el dinero, ese vivir día a día que nos marca de un modo indeleble. 
Mi marcado carácter escéptico me produce un cierto pesimismo en los fines de este viaje. Mis motivaciones son una mezcla de amor y curiosidad; una necesidad de desvelar el enigma que encierran las relaciones en chat. Descubrir si los sentimientos de afecto, cariño, amistad o amor que nacen en el mundo virtual tienen un desarrollo armónico en el mundo real. 
 Como todos los días, en esas horas tempranas de la mañana, el denso tráfico de la autopista me contagiaba de ansiedades ajenas. Racionalmente era consciente de que iba con tiempo suficiente para no llegar tarde al despegue del vuelo que me conduciría al Caribe, sin embargo, era consciente que conducía mi coche nervioso, compitiendo con el resto de la manada de automovilistas; todos teníamos prisa por llegar los primeros a nuestros respectivos destinos, sin valorar que lo que importa realmente es llegar. Pensé que si nos viera un ser extraterrestre como corremos atropelladamente cada mañana, supondría que vamos en pos de algún tesoro, de alguna bella dama o un gran premio para el primero que llegue e imagino su cara de estupefacción cuando se enterara que corremos alocadamente para ir a la rutina diaria del trabajo. 
En nuestra cultura católica, al contrario que los calvinistas que lo ven como una virtud, nosotros vivimos el trabajo como una maldición bíblica y al ver como corremos cada mañana para ir a él, parecería que vamos tras el encuentro con el paraíso. Y en esta alocada carrera matutina, desgraciadamente, muchas personas mueren cada año en los accidentes sufridos camino de su empresa, logrando alcanzar el infierno en lugar del ansiado Edén. Nunca he encontrado una explicación satisfactoria para esta contradicción. 
 Con una hora de retraso una voz metálica anunciaba por los altavoces del aeropuerto la orden de embarque. La huelga de celo de los controladores aéreos, impedía el normal desarrollo de las maniobras de aterrizaje y despegue. Tuvimos que esperar la llegada de otros vuelos procedentes de Italia y Alemania para que transbordasen los viajeros con destino a América Central y el Caribe. Pensé que toda mis prisas en la autopista habían sido solamente para estar sentado en una butaca de la sala de espera del aeropuerto consumiéndome de aburrimiento. 
Mientras esperaba medité en mi locura, me había lanzado a la aventura de ir a conocer a una mujer en el otro extremo del mundo arrastrado por mis sinceros sentimientos, sin valorar mi pánico a volar, ahora el irónico destino parecía reírse de mí, me mantenía a las puertas del avión en una larga agónica espera para que mi mente se mortificara entre pensamientos cargados de malos augurios. Trataba de calmarme racionalizando esas manidas frases que utilizan las compañías aéreas para darnos seguridad, al decirnos que se corren más riesgos en el trayecto de nuestra vivienda al aeropuerto que en un vuelo transoceánico. 
  Durante nueve largas horas más de cuatrocientos viajeros sufriríamos enclaustrados, sin fumar, el aburrido viaje rumbo a Miami. 
Una vez allí, persistieron castigándonos. Los modernos inquisidores, amparándose en su falsa caridad para con los nuevos herejes, los fumadores, decidían salvaguardar nuestra salud sin darnos el derecho a suicidarnos del modo que más nos place. Al desembarcar en Miami, lo primero que escuchamos a través de los altavoces del aeropuerto, no fue ningún saludo de bienvenida, sino una delicada voz femenina con acento cubano que nos informaba que las leyes de La Florida prohíben, por nuestro bien, fumar en la sala de tránsitos. Cada pocos minutos la aburrida y pertinaz voz nos repetía una y otra vez su consigna. Creerían que estábamos sordos o sospecharían que nuestro síndrome de abstinencia nos obligaría a transgredir la ley. Quizás fue esa machacona voz censora lo que provocó que muchos de nosotros, siguiendo una consigna no pronunciada, nos refugiáramos en el anonimato de los servicios públicos, transmutando inodoros y retretes en un enorme fumadero donde dábamos rienda suelta al goce que nos producía nuestra pequeña dosis del ansiado tabaco. 
Ignorantes de nuestro desafío a las fascistas leyes de La Florida, las autoridades aeroportuarias seguían enfrascadas en sus labores burocráticas y mientras una y otra vez, cada pocos minutos la voz femenina de acento cubana repetía su aburrida consigna, nos dividieron a los cansados viajeros que acabábamos de arribar a Miami en tres grandes grupos según nuestros respectivos destinos.  
El generoso azar quiso que los viajeros que teníamos destino a Puerto Rico embarcáramos en primer lugar. Durante todo el tiempo que duró el trayecto hasta Miami traté de alejar de mi cabeza todo pensamiento que hiciera referencia al motivo de mi viaje. Concluida la primera etapa, me enfrentaba ya al último salto, en dos horas aterrizaría en San Juan y tendría que enfrentarme a mi temida cita. 
A mi lado se sentó un joven compañero de viaje, surgiendo con él mi primer contacto con un boricua. Mi vecino de asiento, un vital joven extrovertido, comenzó a interrogarme con curiosidad sobre los motivos de mi viaje, a la vez que él me iba desvelando retazos de su agitada existencia. Era músico y vivía desde hacia seis años en Alemania, casado con una germana se había convertido en aquella fría tierra extraña al Islam y se esforzaba en transmitirme las grandes virtudes de su recién descubierta religión, hasta que le espeté claramente mi madurada opción de agnóstico. 
Su cara se transmutó al comprobar que su descubrimiento de la nueva verdad no tenía ningún interés para mí. Contrariamente a lo que yo esperaba, el joven no enmudeció, sólo cambió de tema y se dedicó a darme consejos de cómo debería desenvolverme en su país; su primer consejo me embargo de angustia, me recomendó que no paseará por las calles de San Juan con el reloj de pulsera a la vista de los viandantes o me arriesgaría a ser robado por algún desalmado nica. Si ya tradicionalmente padezco bastante miedo a la delincuencia cuando estoy fuera de mi ciudad, aquellos consejos me alarmaron. 
Nuevamente pensé en los riesgos de mi loca aventura. Ir a un país lejano a conocer a una mujer, implicaba muchos más riesgos de lo que yo había calculado. 
Ante tan alarmistas consejos desconecté mi atención y comencé a centrarme en como sería mi encuentro con la desconocida dama que me esperaba en Puerto Rico, aquella mujer que había provocado esta locura que me empujaba a cruzar el océano sólo para verme reflejado en sus ojos. 
Dos largos años de encuentros virtuales a través de la denostada red de Internet nos había despertado extraños sentimientos de amor, teñidos demasiadas veces de celos, posesiones, desconfianzas y silencios calculados. 
Llegaba la hora de enfrentarnos a la fase física, a los gestos y miradas, a las palabras pronunciadas, cargadas de enfatizaciones y matices, llegaba el momento de enterrar el lenguaje escrito abriendo de par en par los cinco sentidos para poder percibirnos al desnudo. Ahora podríamos embriagarnos de nuestros aromas personales, saborear la sapidez de nuestras pieles, palpar la textura de nuestras caricias, escuchar los susurros de las palabras cariñosas u observar con mirada perdida las expresiones de nuestros rostros al encontrarnos frente a frente por primera vez. 
Evocaba nuestros primeros encuentros virtuales, como paulatinamente fuimos conociéndonos, las narraciones de sus múltiples conquistas, sus romances virtuales y reales, sus enamoramientos y huidas, sus conversaciones cargadas de silencios, sus negaciones. 
Mientras las turbinas del avión me ensordecían evoqué aquel primer día en que en el chat yo charlaba con una amiga. Aquella amiga me confió que chateaba desde su trabajo y yo, inocente, me escandalicé; en mi estupefacción le interrogué qué le ocurriría si su jefe la descubriera; ella entre carcajadas me esperó: mi jefe está aquí también chateando, es el que utiliza el apodo de Dodi. Lo confundí por su apelativo con un hombre y ella me aclaró que se trataba de una mujer. 
Desde aquel día observaba con curiosidad a aquella señora que, siendo la responsable del trabajo de decenas de personas, consentía que algunas chateasen y lo que era aun más escandaloso, que ella también chateara en horas de trabajo. 
No recuerdo cuantos días transcurrieron entre aquel descubrimiento y mi primer dialogo con ella. Vagamente recuerdo que nos intercambiábamos saludos y alguna pequeña frase, pero poco a poco iba creciendo mi interés por aquella enigmática mujer que teniendo un puesto de responsabilidad, cometiera la frivolidad de conectarse a Internet para chatear. 
En aquel tiempo yo repartía mis conversaciones en el chat con dos damas, una joven peruana que me manifestaba un inmaduro amor por mí y una muy buena amiga residente en Miami que me confiaba sus problemas, sus amores y vivencias e hizo de mí su mejor amigo y más leal confidente. Una anochecer invité a Dodi a que dialogáramos relajadamente la tarde de un domingo, ella aceptó y nos citamos. 
Fue aquella tarde dominical el descubrimiento de un ser delicado, frágil y a mis ojos, muy sensible, muy diferente al ser que había prejuzgado por su irresponsabilidad laboral al conectarse desde el trabajo al chat, teniendo un cargo importante es su empresa. 
Poco me duró aquella imagen. Ella se encargó de destruirla en un escrito frío, donde sin sentimiento alguno me comentó con excesiva indiferencia su promiscua vida sexual y sus múltiples amoríos virtuales. 
Tardé meses en asimilar la nueva imagen de mujer fría y calculadora que me mostró. Su imagen era contradictoria, unas veces se mostraba enternecedora y otras gélida como el hielo. 
Allí, en aquel escrito sembró de dudas nuestra relación, dudas que fueron germinando a lo largo de estos dos años y que aún hoy que vuelo hacia ella, siguen siendo los grandes escollos para poder alcanzar una buena y sincera relación. 
Durante dos años nos seguimos viendo casi a diario, desbrozando retazos de nuestro sentir, de nuestro vivir, de esperanzas y proyectos, salpicados de agitados desencuentros, discusiones, enfados y silencios calculados. Idas y venidas que ambos utilizamos para herirnos gratuitamente y cavar un profundo abismo entre nosotros. En el camino ambos perdimos a otros amigos, nos buscábamos para aislarnos del mundo cuando nos encontrábamos unidos, a la vez que cuando nos enojábamos utilizábamos a esos mismos amigos para celarnos y mortificarnos. 
Fue un romance de ida y vuelta, de amor loco y locos enfados. Hubo momentos en que todo el edificio construido se derrumbaba en una tormenta de reproches y momentos en que alzábamos hasta los mismos limites del firmamento los sentimientos de amor que nos manifestábamos. Fue nuestra relación un flujo de mareas que bajaban y subían al compás de nuestros personales e inmaduros caprichos. 
 En un canto a la confianza nos ofrecimos compartir los más íntimos secretos virtuales, intercambiándonos las claves de nuestros buzones electrónicos y aceptando que el uno pudiera leer los escritos del otro sin censura alguna. Craso error el que cometimos, no era confianza lo que nos ofrecíamos, sino lo contrario, una más de nuestras manifestaciones de desconfianza. Nuestras dudas aumentaron a la par que íbamos leyendo las intimidades del otro, alimentadas una y otra vez por las manifestaciones que otras personas que conscientes de nuestra relación, trataban de abrirnos los ojos de las relaciones que ambos manteníamos con otras personas, pero pese al caos producido por la lucha que se desataba entre el sentimiento y la razón, siempre volvíamos a encontrarnos, a seguir soñando. 
Navegando en un océano de dudas nos perdíamos caminando entre los senderos de un laberinto sin salida, inconscientemente buscamos razones para poner fin a tanta locura sin lograrlo jamás; inventamos personajes virtuales que disimuladamente llegaran a poner a prueba al otro y compitieran con nosotros mismos. En medio de esta sorda lucha, un desgraciado día logré infiltrarme violentando la intimidad del buzón electrónico de un señor que, antes que yo, había mantenido relaciones virtuales con ella. Lo que descubrí fue mucho más que unas simples relaciones virtuales, descubrí relaciones reales ocultas bajo una capa de un largo silencio de dos años, un hecho oculto no confiado, una mentira y, como el sepulturero que cava la tumba para inhumar el cadáver de nuestro amor, ella cuando le pregunte por esos encuentros, me respondió con otra mentira y una justificación en la que comparaba la confianza lograda con él y la desconfianza que mantenía conmigo, este hecho nunca superado, intuyo que será la causa del final de nuestra relación e inconscientemente, el motivo que me empuja a encontrarme con ella, la necesidad de saber el porqué de su engaño. 
 Ya se ven a lo lejos las luces de San Juan en la negra noche, desde la cabina de abordo nos ordenan colocarnos los cinturones de seguridad, en unos minutos el avión tomará tierra. Por primera vez nuestras miradas se reflejaran en nuestros ojos, pudiendo, quizás, descubrir las razones del engaño. 
Los nervios por el miedo que me mortifica al volar, me distraen de mis pensamientos y a pesar de mi agnosticismo, debido a mis reminiscencias católicas me santiguo antes de tomar tierra, alzando mis preces al Sumo Hacedor, rogándole que arribe sano a mi destino. 


En medio de mi borrachera de amor no soy consciente de mi locura, estoy atravesando medio mundo en busca de respuestas, necesito ver su mirada para descubrir en ella el porqué de su mentira, escuchar sus palabras de viva voz para arañar en sus entrañas y descubrir que oculta en su interior, abrir de par en par las puertas del desván de sus recuerdos e intentar compartirlos, destapar el cofre de sus silencios y que la voz sincera me inunde de sus razones para poder juzgar, necesito ante todo saber si me ama como confiesa y si yo la amo a ella como creo que lo hago. 
Antes de nuestro encuentro sufro los estúpidos trámites aduaneros que nacen de la idiotez humana, de ese necio sentimiento de sentirnos diferentes, de pertenencias a rebaños distintos que niegan nuestra realidad de personas iguales y libres para decidir donde queremos viajar o vivir, al margen de nuestro accidental nacimiento en un lugar determinado. 
¿Cómo será ella? ¿Nos reconoceremos al vernos o nos estaremos buscando con la mirada sin encontrarnos? Un universo de vacilaciones me asaltan en estos últimos segundos previos a nuestro encuentro. Tanto como creemos conocernos, tanto como creernos amarnos y un simple detalle físico puede conducirnos al desastre. Mi rostro dibuja una disimulada sonrisa mientras pienso lo irónico que resultaría que al vernos no nos reconociéramos o lo que resultaría aún más frustrante, que un simple atasco de tráfico o la debilidad de una duda en un momento pasajero, que tras dos años esperando a este momento, se frustrara por un simple retraso o un pequeño detalle que hayamos omitido. 
  Arrastrando mi maleta me encamino hacia la salida del aeropuerto, mi mirada escruta entre la muchedumbre que presiento tras los cristales de la puerta, el vocerío de taxistas y oferentes de hospedaje me impide oír con nitidez palabra alguna. Se abren las puertas automáticamente y armado de un valor que nunca he poseído me lanzo como un kamikace al un mundo ajeno y extraño. 
Mi mirada queda petrificada en el rostro de una mujer alta, de cabello corto rubio que sobresale entre el gentío, la mirada que emana de sus ojos claros me mira con dulzura a la vez que sus manos se agitan alegres saludándome e indicándome que me dirija a su encuentro. Me abraza. Yo me siento confuso, en medio de la vorágine que se desarrolla alrededor no acierto a soltar mi maleta, ella mientras me abraza con más fuerza se sonríe al ver mi actitud indecisa, me ruega que suelte la maleta y sólo en ese momento soy consciente de que estoy con ella, que son sus brazos los que me aprisionan, que son las yemas de sus dedos las que resbalan por mi espalda y que es su sonrisa la que yo buscaba. 
  Por un instante se diluye el temor que presentía, siento su abrazo como un saludo sincero de bienvenida, percibo francos sus gestos, cariñosos sus besos, apasionados sus apretones de manos. Nos fundimos en un largo abrazo mientras el taxi nos conduce hacia el hotel donde viviremos nuestra luna de miel. 
Mi cuerpo agotado tras catorce horas de viaje, reclama una ducha de agua tibia. Ella me acompaña al baño y me ayuda entre besos y caricias a desnudarme, siento sus dedos acariciar mi pecho mientras desabotona mi camisa, la piel se me eriza al contacto de sus manos. Suelta el cinto que sujeta mi pantalón y me ayuda a desprenderme de él, introduce su mano entre mi slip y mi piel, el roce me produce una gran excitación y por toda respuesta, me regala una sonrisa. Con un gesto leve de su cabeza me indica que me introduzca en la ducha, ella enjabona mi cuerpo acariciándolo con ternura con una esponja; mientras me mantengo con los ojos velados disfrutando al sentir el agua refrescar mi piel, ella se desnuda y entra en la bañera, apoya sus senos contra mi espalda y siento como sus manos acarician mi cuerpo, sueño despierto, embriagado de dicha, mi cuerpo tiembla y de mis entrañas surgen las humedades del placer. Nos fundimos en un largo abrazo donde acunamos rítmicamente nuestra pasión alcanzando al unísono el éxtasis que nos inunda de júbilo. 
Durante dos días con sus respectivas noches, gozamos de nuestra estrecha compañía, paseos por el campo con nuestras manos aferradas, noches de alargados y profundos abrazos, comidas en silencio comunicándonos entre miradas y susurros. Dos días sin casi palabras y, sin embargo, muy expresivos. Me cuesta estos dos días para lograr ponerle su verdadero rostro a la mujer de la que estoy enamorado, pues a pesar de las fotos que nos hemos intercambiado, no termino de recomponer como un todo, rostro y palabras escritas, aunque sí el sentimiento es el mismo. 
Cuando comento con ella esta situación, ambos nos sonreímos pensando en lo curioso del medio virtual, cómo dos personas pueden enamorarse sin ni tan siquiera conocer en verdadero rostro de la persona amada. 
Dos días después decidimos trasladarnos a su casa, desea presentarme a su familia. Nuestra intención es que yo me aloje allí mientras dure mi estancia en Puerto Rico y pueda conocerla en su verdadero ambiente cotidiano. Pienso que es una experiencia interesante el poder convivir de un modo tan real y natural, en la segunda fase de nuestro romance. 
Qué diferentes son las situaciones cuando uno se las imagina a través de palabras escritas en una pantalla a cuando las vive en la realidad. 
De repente aterrizo en el seno de una familia extraña y me siento un extraño. Al rato de estar en su casa recuerdo una de nuestras primeras conversaciones en el chat. Fue un día cualquiera y surgió de un modo que ya no recuerdo. Ella me dijo que existía una gran pega para llevar a buen término nuestra relación. Yo por mi carácter impulsivo no le permití terminar la frase y le respondí que efectivamente el hecho de tener varios hijos sería una enorme pega. Ella, algo enfurecida, me contesto que, qué tenían que ver sus hijos en nuestra relación. Intuí que ella valoraba de un modo diferente al mío la finalidad de la relación que en aquellos momentos comenzábamos a construir. 
Ahora que yo me encuentro instalado provisionalmente en su domicilio, compruebo con tristeza que mi percepción de aquel día no era errada, lo percibo desde el mismo momento que estoy en su casa. El hecho de tener una familia es un gran obstáculo para llevar a buen puerto nuestra relación. Ella, además de que tiene una familia, tiene una realidad y un concepto familiar muy distante del mío. Y una nueva muralla se levanta entre nosotros. Un castillo fortificado con un foso cavado con una dolorosa mentira y una muralla construida durante años con grandes sillares de tres hijos y de una abuela que impiden que logre alcanzar sus almenas y conquistar el ansiado castillo de mis sueños. 
Me siento extraño en un país extraño, en una casa extraña, en el seno de una familia extraña, con un amor que ha nacido en un medio extraño, que se ha desarrollado de un modo extraño. Percibo que mi cuerpo se quiebra, una parte de él me atrapa a ella y otra parte me incita a huir lejos. 
Voy a convivir durante un mes en el seno de una familia desvertebrada, compuesta por una abuela casi anciana, que pasa las horas muertas sin hacer trabajo alguno, tendida en la cama viendo la televisión sin interesarse en absoluto del mundo que circula en torno a ella, Una hija joven que vive a al ritmo de la televisión y los amigos, dos hijos adolescentes que necesitan todo el amor de su madre y por último, mi ser amado, una mujer que sufre en silencio la responsabilidad de sacar adelante una familia, madrugando para preparar a sus hijos antes de partir hacia la escuela, trabajando fuera de casa y retornando al finalizar su horario para proseguir con la atención de la familia. 
Una mujer buena que vive atrapada en un mundo fruto de los errores de su pasado. Tres hijos nacidos de varias relaciones afectivas que, si bien la primera, funcionó en un primer momento, se fue deteriorando paulatinamente y en lugar de poner fin a esas relaciones efímeras cuando sólo tenía un hijo, vivió el espejismo de creer que nuevos hijos podrían salvarla, sin darse cuenta que cada nuevo hijo era una nueva rémora en su vida. 
Me escandaliza verla llegar a casa después de su dura jornada laboral, agachar la cabeza en silencio con expresión de impotencia, aceptando sufridamente una situación que realmente es inaguantable. 
Pienso cómo podría yo encajar en el seno de esa familia y en el mismo instante en que comienzo a meditarlo, llegó a la conclusión de que sería imposible mi convivencia en esa situación. Opto por callar mis observaciones, por ayudar en la media que pueda mientras dure mi estancia en este lugar, paliando en lo posible la desatención de los niños, llevándoles por las tardes de paseo para alejarlos, en lo posible, de la puta televisión que marca el ritmo de la vida en este hogar. Me dedico cada día a hacer la compra y cocinar la cena tratando de que al menos la madre y los dos hijos menores, cenen en torno a una mesa para que puedan conversar durante los minutos que compartimos el alimento, evitando que se mal alimenten de comida preparada o golosinas y las consuma sobre la cama embruteciéndose frente al televisor. 
Desconozco si esta situación es producto de una cultura diferente, una constante en las familias portorriqueñas o es sólo una nefasta costumbre adquirida en el seno de esta particular familia. 
Tres dormitorios, tres televisores. Ni tan siquiera el acto pasivo de ver la televisión lo hacen en convivencia, teniendo una excusa para dialogar, compartiendo algunos comentarios; cada cual se aísla en su dormitorio y mata su tiempo y sus ilusiones, viendo un programa diferente al resto de la familia. 
Me maldigo, me siento culpable en parte de esta triste realidad, me mortifica pensar que yo durante años he robado a estos niños a su madre, teniéndola atrapada frente a la pantalla de la computadora, dialogando durante horas y distrayéndola de sus responsabilidades. Quizás no sea yo el culpable y sea solamente su excusa para huir de su triste realidad, quizá sea yo un ser que la ha alimentado de esperanzas utópicas o sea yo su última coartada para tener una razón para seguir luchando por un mañana mejor. 
Me pregunto quién o qué soy yo para ella, qué es lo que significo en su vida. Quisiera poder significar algo más que una esperanza, pero la obstinada realidad, esa realidad suya que me desorienta, me desanima y me hunde, me demuestra que quizás no sea más que lo que fueron los que a mí me precedieron en la vida real y virtual, una huida más hacia ninguna parte, un ser más en una larga e interminable lista de nombres o apodos masculinos. 
Durante estos dos años de encuentros y desencuentros la he criticado duramente por algunas de sus actitudes frívolas, de sus huidas e irresponsabilidades. Actos que nunca comprendí y que hoy, aunque sigo sin aprobarlos, creo comprenderlos. Y me pregunto, si ahora que los comprendo, llegaré algún día a aceptarlos, si llegará ella con el tiempo a ser como yo la intuyo o seguirá siendo como la he llegado a ver en demasiadas ocasiones, un ser que se deja arrastrar por esta inhumana realidad, denigrándose por un pedazo de afecto, por una dosis de comprensión o unos minutos de sexo. 
Ella entró en Internet y se prendó obsesivamente de ese mundo engañoso y despiadado; conoció a un hombre que entre mentiras le hizo creer que la amaba, bastaron dos meses de falsas conversaciones para que ella, en una alocada carrera por ganar el tiempo perdido, volara esperanzada hacia él, encontrándose con un engaño que podría haber intuido mucho antes de partir, y aún así, tras descubrir palpablemente la falsedad, prefirió entregarse a él denigrándose, a enfrentarse a la cruda verdad. Y ahora llego yo, tras dos años de relación plagada de dudas, de silencios y ocultaciones, con la intención de brindarle algo más que palabras enternecedoras y me acobardo. Yo que he tratado de ser sincero no he sabido ganarme su confianza y otros, que falsamente, le han dicho que la comprendían, que siguieron el juego de aparentar que la escuchaban fueron los que cosecharon la gratitud de su intimidad y de su apertura sincera. 
Me paralizo al ver de cerca toda la verdad con su crudeza y su obstinación. Retumban en mi cabeza sus ocultaciones, sus mentiras, sus comparaciones y deseo huir. Huir sin mirar atrás, internarme en el mar océano y fondear en algún lugar sereno todos los sentimientos francos que por ella siento, dejando que se ahoguen, acunándose entre algas y corales al ritmo de las mareas y que allí duerman hasta la eternidad, pero otra fuerza tira de mí aferrándome a ella, son los gritos mudos que emanan de su melancólica mirada, son los susurros que nacen en su tímida voz, las argollas que me atrapan en sus sinceras caricias. Estoy en una encrucijada, en un sendero que se bifurca en una doble dirección y me siento incapaz de tomar la decisión de por cuál de los dos caminos debo encaminarme para seguir el rumbo de mi vida, mi propia y personal historia. 
Estoy con ella, acariciándola, besándola, amándola, viendo mi mirada reflejada en sus ojos y de repente mi mente se escapa rebelde a revivir situaciones que hemos sufrido juntos y mis entrañas se retuercen de dolor, se me quiebran los sueños y se diluyen las esperanzas. Me juzgo con severidad, me interrogo, me torturo buscando respuestas que nazcan desnudas desde lo más profundo de mi ser y solo oigo el eco de los reproches, la pesadez de mis angustias, mi dolor. 
Cuando me aíslo con ella me siento en la puerta de los cielos, pero esos ratos efímeros se tiñen de tristeza al tenerla que compartir con su familia o con las evocaciones de vivencias pasadas juntos en el mundo virtual; esos momentos en que afloraba a la superficie el rosario de contradicciones en que nos hemos desarrollado, exabruptos manifestados con rabia e impotencia, que han ido minando la confianza, la admiración y la comprensión. Evoco narraciones de retazos de su vida, expresados con crudeza, exentos de sentimiento y de la más mínima dignidad. Entonces me siento morir. 
Quiero gritar, blasfemar, llorar. Necesito razones que no encuentro para poder armonizar mi lógica con mi sentimiento. Hoy que retornamos de pasar dos días dichosos, aislados, amándonos cada segundo de convivencia, percibo como me derrumbo al traspasar el umbral de su casa, al darme de bruces con la terca realidad y tengo tentaciones de poner punto final a esta aventura para la que no encuentro un final feliz. 
Me siento un ser inmaduro, un soñador que se ha dejado conducir por su locura, esa locura que nace del amor ciego hacia un ser que casi no se conoce y que tan bien se percibe. 
Yo la amo y tengo la absoluta seguridad que ella también me ama a mí, pero igual que ocurrió entre los Capuleto y los Montesco, temo que sólo la muerte nos permitirá unirnos, solo el sacrificio total de nuestro amor puede darle sentido a una pasión que ha germinado en el vacío que da la distancia, fertilizado con silencios calculados, traiciones y engaños, ahora que deseamos recoger los frutos, sólo encontramos oquedades no colmadas con la necesaria sinceridad y se pudren antes de madurar en el árbol de la desesperanza.  
Quizás esa sea la única salida, suicidar el amor, matarlo, negárnoslo con valentía para que ambos en nuestra soledad lo sigamos viviendo eternamente, evocando lo bello e idílico que tuvo, los momentos de absoluta identificación, de amor total y sincero, soñando con lo que pudo ser y no fue, olvidando para siempre todo lo que frustro, los errores mutuos e individuales, el pasado. 
Lloro en mi intimidad, evitando que mis lágrimas empañen estos momentos de convivencia, lloro en silencio encarcelándome en la soledad absoluta que me brindan las noches de insomnio, maldigo mis errores y trato de perdonar los suyos. Quiero que cuando zarpe rumbo a mi incierto futuro lo haga en paz conmigo mismo y con ella, que la serenidad que fluye de la aceptación de la certidumbre, nos del valor suficiente para atesorar en la hornacina de los recuerdos, todo lo bello e ilusionante que hemos compartido y que no dejemos que se apague el cirio donde llamea tímido nuestro amor. 
Sí, tengo la certeza que ambos nos amamos, la certeza de que jamás nos olvidaremos el uno del otro, la certeza de que seguiremos llorando ambos al evocarnos, abominando los innumerables errores que ambos cometimos en el pasado, errores que hoy nos impiden caminar asidos de la mano al mismo ritmo, desafiando al mundo, apoyándonos sin desfallecer. 
No encuentro palabras para continuar mi confesión, sigo vagando errante en un mundo de dudas, sigo perdido en el laberinto de mis vivencias, enfrascado en la lucha homicida entre el corazón y la cabeza. Ella me reprocha que yo vine a Puerto Rica con la intención de abrirnos y darnos a conocer tal como somos en la vida real y sin embargo, percibe que yo me estoy encerrando en un mutismo sepulcral. Me manifiesta que ella no puede juzgarme, saber si soy como me mostraba en el chat, porque yo, con mi mutismo, no le muestro mi yo más íntimo... y tiene razón, yo me estoy hundiendo en mis meditaciones, enmudeciendo, tratando de ocultar el desafío que presiento. Temo que todo ha acabado, que nuestra actitud actual de atrincherarnos en el silencio y no dialogar sobre aquellos puntos que nos han herido, es una premonición de que ambos estamos dando por terminado el sueño de nuestra vida, somos conscientes de que los impedimentos han aumentado al vivir nuestras realidades con autenticidad no virtual, ambos intuimos que ya nada es posible pero nos resistimos a aceptarlo, carecemos del valor suficiente para hablar claramente por temor a volver a hacernos daño y yo temo por ella, si ahora dejamos morir nuestra relación, este será un nuevo fracaso para ella y descenderá un peldaño más en su desdichada existencia, temo por sus consecuencias, que nuestro desengaño la empuje hacia el abismo, quiero seguir ofreciéndole mi mano para que se pueda asir a ella y logre vencer el hastío que la esclaviza. 
Desearía hacerle comprender sin reproches, con toda mi ternura, que nunca debió mentirme, que nunca debió compararme, que la amo, que juntos podríamos haber construido un mañana feliz, que pude haber sido un buen padre para sus hijos, pero que todo se ha frustrado porque nos faltó la imprescindible confianza y la necesaria comprensión, que no falló ella, sino que fallamos los dos. 
Ayer hablamos y fue peor. Tratamos de llegar a algo claro y fue imposible, hablamos de la confianza o mejor dicho de la falta de confianza, que según su opinión yo no he sabido ganármela por ser volátil y por juzgar, está visto que cada cual tenemos una interpretación de nuestra relación que es la opuesta del otro. Al final una frase lapidaría puso fin a todo intento de llegar a algo claro. 
Hoy parto de nuevo hacia España, dejando atrás un sueño, un espejismo y el mayor error de vida. 

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AMOR A PRIMERA VISTA

 

Jamás me han interesado en mundo virtual y mucho menos los chats, el refugio donde escondo mis soledades siempre ha sido la penumbra de una habitación en armonioso silencio sepulcral, roto únicamente por la música de Wagner.  Desde que tengo recuerdos siempre he estado embriagado por ese universo dramático de este compositor y de su ambicioso propósito de crear la "obra de arte total", los personajes mitológicos y de ficción que utilizó tienen entre ellos una interrelación que nos lleva a un elevado cosmos en el que el hombre mortal queda relegado a una especie de existencia pasiva, desconocedor de estos entes superiores cuyas vidas sufren unas pasiones  marcadamente humanas. No soy su único admirador, el filósofo Nietzsche admiró profundamente a Wagner y su concepción de este cosmos mitológico,

quizá por ello el primer día que entre por curiosidad a un chat use el sobrenombre de Parsifal, nombre deuno de sus personajes, un apodo que me encaja bastante bien por mi constante búsqueda en la vida, búsqueda que perseguiré hasta alcanzar ese tesoro que en algún lugar debe existir, en compañía del cual uno pueda sentirse al fin en paz, equilibrado, sin ansiedad, llámese una mujer, el conocimiento, un estado de conciencia, llámese "el Santo Grial", cuya búsqueda y custodia ocupaba al caballero Parsifal.

Cada mes nos reunimos dos tardes un grupo de amigos de aficiones herméticas para conocernos y estudiar juntos como avanzar en este laberinto de dudas que es la existencia humana, tras la reunión cenamos en torno a una mesa redonda donde charlamos relajados entre bromas y conversaciones serias. En este grupo hay un compañero que frecuenta los chats desde hace años, Juan normalmente no hablaba de ello, aunque todos sabemos que a través de esas relaciones ha viajado a muchos lugares de España y Latinoamérica para encontrarse con sus amistades, femeninas por supuesto y sospechábamos que ha disfrutado con ello. En el pequeño grupo hay otro compañero, Cesar que es exageradamente tímido con las mujeres, un hombre cuarentón que jamás había tenido una novia ni sexo con ninguna mujer si no es pagando. Durante varios años en todas las cenas Juan aconsejaba a cesar que se conectara a la internet y entrara a los chats, allí – le repetía una y otra vez- encontraras mujeres con las que hablar, sembrando buenas amistades que algún día puedan florecer en una relación real. Cesar aparentemente se negaba a escucharlo y  digo aparentemente porque un noche en plena cena rompió con su acostumbrado silencio para narrarnos de un modo casi infantil que una joven madrileña se había enamorado de él en el chat y que vendría a San Sebastián a conocerlo.

Todos nos quedamos petrificados, nuestro amigo Cesar por primera vez en sus largos cuarenta años había coqueteado con una mujer y la estaba seduciendo.

A esa cena siguieron otras y muchas más y en cada cena Cesar se explayaba con todo lujo de detalles narrándonos sus conquistas, su constancia en el monotema del chat nos hartaba a todos y teníamos que cortarle sus interminables narraciones con todo tipo de bromas.

Quiso el destino que una tarde me quedara solo en el despacho, tenía programada una visita de un cliente francés, se retraso por el mal tiempo y me telefoneo disculpándose y rogándome que lo esperara aunque llegaría tarde a la cita. Yo estaba aburrido y decidí conectar mi computadora, pensé que mi amigo Cesar estaría a esas horas en el chat y decidí ir a husmear, ver con mis propios ojos como se desenvolvía en sus conversaciones con las mujeres para luego tomarle el pelo y reírnos un poco todos con él.

Cuando quise entrar al chat me pidieron un sobrenombre, me puse Parsifal y entré decidido a buscar a mi amigo Cesar. Justo conectarme salude a los presentes y una dama me envió un mensaje privado, comencé a hablar con ella, me explico como hacerlo sin que los demás miembros del chat pudieran leer lo que yo escribía. Cuando llegó mi cliente yo ya tenía el número de teléfono de la dama y una cita para el día siguiente en el mismo chat.

En aquella época mi relación de pareja sucumbía dando tumbos entre el hastío y la monotonía, yo ya había pedido a mi compañera que se buscara otro lugar para vivir, ya habíamos puesto fecha de caducidad a nuestra relación, aquel encuentro aceleró nuestra ruptura, dos semanas después me cite con la dama del chat, concretamos nuestro encuentro en una ciudad a medio camino, entre su ciudad y la mía.

Aquel sábado en que viaje a conocerla lo mantuve en el más estricto silencio ni a mis amigos les confié mi locura, porque sinceramente pensaba que yo no estaba cuerdo, iba a encontrarme con una mujer con la que habia conocido en un chat y por teléfono habíamos tenido algunas pocas conversaciones. Sin embargo algo me empujaba a buscarla, el nivel de confianza que nos habías otorgado el uno al otro en tan poco tiempo, nunca lo había tenido con nadie, ni incluso, con ninguna de mis parejas.

Mientras conducía mi coche hacia nuestro encuentro estuve tentado de girar y volverme a casa, pero proseguí el viaje, el enigma, la curiosidad eran más fuertes que mi sentido del ridículo. Al llegar ala ciudad convenida aparqué mi coche discretamente a un prudente distancia del lugar de encuentro, pensé que si la veía de lejos y no me gustaba, podría desandar lo andado y llamarla por teléfono poniéndole cualquier excusa.

Me acerque sigiloso hacia la plazuela donde nos habíamos citado, yo observaba a todas las mujeres que pasaban por el lugar, ella parecía no estar allí, de nuevo mi mente comenzó a bombardearme con argumentos racionales, no le encontraba sentido a esa cita a ciegas, de pronto todos mis pensamientos se esfumaron, un joven, gorda, fea y mal vestida apareció en escena, llevaba un traje rojo, tal y como habíamos convenido, mi decisión ya estaba tomada, me iba sin saludarla cuando sonó el teléfono, era su voz reclamándome donde me encontraba, giré la cabeza y vi que la dama que había sospechado que pudiera ser ella, no estaba hablando por teléfono, no podía ser ella, volví a escudriñar toda la plaza y al fondo una también con traje rojo hablaba por teléfono, a través del teléfono nos fuimos dirigiendo hasta darnos de bruces el uno contra el otro.

No se cuantos segundos pasamos mirándonos en silencio, sólo recuerdo mis ojos petrificados en su mirada, el abrazo y el larguísimo beso con que rompimos el muro de nuestro pudor. Pasamos todo el fin de semana juntos visitando la ciudad, el lunes a mi vuelta al trabajo decidí llamarla y desde aquel día nos llamaos a diario, nos encontramos los fines de semana, viajamos juntos y estamos haciendo planes para casarnos.

No volví al chat, yo no lo necesito porque el refugio donde escondo mis soledades siempre ha sido y sigue siendo la penumbra de una habitación en armonioso silencio sepulcral, roto únicamente por la música de Wagner

 

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AMIGOS ETERNOS


Creo que fue un tarde de invierno, uno de esos días tristes de cielo plomizo que me encerré en lo más profundo de mis soledades a hacer limpieza general. Desempolvando recuerdos y vivencias me di cuenta que mi autoestima se había extraviado por algún rincón de mi existencia y no lograba recuperarla.
Más de veinte años de matrimonio, tres hijos que adoro, pero que ya no me necesitan, un marido obsesionado en su trabajo, en la perfección de todo cuanto hacía y yo perdida vagando entre el hastío y la monotonía. Esa era la imagen que se reflejaba cuando me miraba en los espejos del desván donde atesoro mi paupérrima historia. Mi trabajo era la única evasión a tanto aburrimiento.
Mi hijo mayor se empeñó en enseñarme a navegar por internet para que matara mis horas muertas. Y comencé a matarlas entre bostezos y desalientos. Qué podría darme a mí una pantalla llena de información que no necesitaba, además ya tenía en mi despacho de la oficina conexión a internet y nunca la utilizaba. Una noche que tras discutir con mi marido me encontraba desvelada prendí esta milagrera máquina y me decidí a entrar a un chat. Un chileno me dio conversación, le seguí la corriente y platicamos, cuando me di cuenta, llevaba varias horas de amena charla con aquel tipo educado y seductor. Me despedí. En aquel momento no albergaba intención alguna de volver a verlo ni tan siquiera de volver a conectarme de nuevo a ningún chat. 
Me acosté pensando en la charla que había mantenido, realmente había ocupado varias horas entretenida y sin darme cuenta me vi cada noche entrando al chat en busca de mi chilenito. Tardé varios días en volver a verlo, mientras fui conociendo a otros personajes que, obviamente, también eran seductores empedernidos como son casi todos los que se conectan a los chats pero sin comparación con él 
Fuimos edificando entre ambos un sueño bonito, me telefoneaba, me dedicaba elogios y carantoñas que yo ya había olvidado, comencé a ir reconstruyendo esa estima que estaba hecha añicos. Soñamos con vernos, pero la distancia que separa España de Chile es mucha distancia y más para una mujer casada. El sueño iba tomando forma y me encantaba soñar cada día con ese encuentro. 
Un noche mientras esperaba en silencio, un tipo raro, español como yo, me abordó con una extraña historia, según él me buscaba desde hacía años, no a mí personalmente, sino al personaje que representaba mi apodo en el chat, me decía cosas tan extrañas que supuse que me estaba tomando el pelo, que era un sarcástico burlón, pero, sin embargo, parecía que él hablaba en serio y eso despertó mi la curiosidad, le di mi dirección electrónica y él me brindo la suya, me invitó a visitar su pagina web y pude comprobar que esa búsqueda alocada de la que él me hablaba era cierta, en su página dedicaba toda una narración a un personaje femenino que usaba el mismo nombre que yo utilizaba como apodo en el chat. 
Congeniamos, poco a poco fuimos desnudando nuestras almas y solidificando una buena amistad, amistad que en ocasiones se disfrazaba de encanto y atracción. El deseo de conocernos se hizo cada día más necesario, el vivía a cinco horas de Barcelona y el encuentro no era una utopía. 
Poco a poco, casi sin darme cuenta, me fui distanciando del chileno y buscando a mi nuevo amigo . Antes de aceptar la inapelable intuición de mi corazón, quise que mi cabeza juzgara cual de los dos se mostraba sincero, los puse a ambos a prueba, me disfrace en el chat con otros apodos e intenté seducirlos sin que supieran que era yo. El chileno cayó en mi trampa y se descubrió, me mostró sin el saberlo su verdadero rostro, yo nada le importaba, él sólo buscaba entretenimiento y cualquier mujer era el objeto de sus elogios. Cuando cayó en mi juego, citándome en un bar de Santiago para un encuentro amoroso, le desvelé mi verdadera identidad y lo mandé fuera de mi vida. 
Opté por verme sólo con mi amigo español, por nuestras conversaciones fueron desfilando mis hastíos, mi subestima y mi cansancio y él paciente me iba inyectando cada día un poco de su pócima de optimismo, al cabo de unos meses decidimos conocernos. 
Los días anteriores a nuestro encuentro afloraron mis contradicciones, me daba vergüenza y miedo conocerlo, sin embargo lo deseaba con todo mi alma. Y llegó el día del encuentro, mi marido pasaba por una fechas de mucho trabajo y podría dedicarle a mi amigo casi los dos días completos de su estancia en mi ciudad, pero sin sus noches, mis obligaciones de esposa y madre me lo impedían. El reservó un hotel cercano a la estación, acordamos que yo iría a esperarlo. 
Cuando los altavoces informaron de la llegada de su autobús me escondí parapetándome tras una columna, no quería que me viera desde lejos, prefería un encuentro frente a frente, el descendió del autobús y su mirada recorrió el andén buscándome, fue entonces cuando salí de mi trinchera a su encuentro, nos miramos y en ambos floreció una sincera sonrisa, nos abrazamos y... fuera del guión, nos besamos. 
Lo acompañé al hotel y ya no salimos hasta que las sombras de la noche inundaban la ciudad. Nos amamos. Por primera y única vez en mi vida, fui infiel a mi esposo y... no me sentí culpable. Mi amigo me amó con plena sinceridad, sin importarle la miserias físicas de un cuerpo cuarentón. Lo que más me cautivó, fue su ternura, sus caricias y el que después de años de sentirme una autista, otro ser humano se interesaba por mí y me escuchaba. 
Aquellas largas horas me ayudaron a reencontrarme conmigo misma, cuando me despedí de él para ir a mi casa, mientras conducía mi automóvil por la calles sonreía, había recobrado milagrosamente la sonrisa perdida en algún rincón de mi vida. No dormí aquella noche, las horas pasaron reviviendo cada instante de nuestro encuentro, haciendo planes para el día siguiente y dejando volar mi imaginación hacia el reino de las utopías. 
Al día siguiente me levante muy temprano, compré unos bollos y me encaminé a despertarlo para desayunar juntos, ese segundo día es mi recuerdo más bello de los últimos años, lo pasamos paseando y charlando, comimos juntos y por la tarde estuvimos en un jardín hasta que anocheció. No recuerdo haber estado tan viva en mi vida. En aquellas horas paseando y charlando relajados árboles ornamentales y matorrales floridos volví a renacer, a sentirme mujer, hasta estuve con deseos de amarlo allí, en cualquier rincón, tras los helechos arbóreos o bajo la sombra de un cedro, fue una tarde de hechizo y un nuevo despertar a la vida. 
Cuando nos despedimos en la estación le di un beso, me di la vuelta y partí corriendo, no quise mirar hacia atrás, no quise guardar en mi memoria aquel momento de la despedida ni que él me viera llorar. 
A partir de aquel momento comencé a enfrentarme a mi propia existencia, a mi cruel realidad, comencé a decir no, cuando debía decir no y a exigir respeto por mi persona, a observar a mi familia y darme cuenta donde había naufragado mi autoestima. Comencé a pensar en la separación, lo comenté con mi amigo, él me hizo prometer que no tomaría una decisión impulsivamente, que me diera un año de plazo antes de tomar esa fatal decisión y que mientras, luchara para intentar recomponer mi matrimonio, le hice caso y en esas sigo. 
Durante estos largos meses nuestra amistad se ha ido consolidando día a día, mi amigo siempre está cuando lo necesito y yo siempre le brindo mi compañía, recientemente él ha atravesado una situación delicada en su matrimonio y he sido yo quien le ha aconsejado lo mismo que el me aconsejó a mí, ahora pasamos horas conversando, ambos sabemos que nos queremos, somos buenos amigos y nos podemos ayudar aun en la distancia, no hay charlas eróticas entre nosotros, vivimos nuestra realidad cotidiana y cuando la mareas del hastío nos ahogan, juntos vamos a refugiarnos en un rinconcito de internet para animarnos, a veces aún soñamos que algún día quizás podamos envejecer juntos, mirando el mar, pero mientras tanto, seguimos siendo los mejores amigos, amigos del alma, amigos eternos.

 

 

AMOR HOMO

Quién iba a decirme que aquellas tímidas primeras incursiones en internet despertaran mi yo oculto. Mi hija Amalia reivindicaba una y otra vez que deseaba que en casa tuviéramos conexión a la red. Antes de acceder a su capricho quise conocer como funcionaba ese mundo desconocido, me inscribí en un cursillo para aprender a navegar por la red. 
Pronto reconocí que a mi hija no el faltaba razón para reivindicar la conexión, la oferta de internet era mucho más amplia de lo que yo había imaginado, la información disponible era total, tanto en temas que ofrecía como en las diferentes visiones de cada tema en concreto. Íbamos en las clases avanzando en nuestro peregrinaje por la red, ya dominábamos todos los alumnos el uso de los correos electrónicos, la navegación por la páginas web, la participación en foros y un día nos gratifico la profesora con una especie de juego lúdico, invitándonos a entrar en un chat, entre bromas fuimos recorriendo las diferentes salas que ofrecía y sin darme cuenta, entre los juegos de mis compañeros y mi reprimida curiosidad entramos en una sala de homosexuales. No pasó nada de importancia, sólo una risas morbosas y un juego cruel.
Pero en mi interior si ocurrió algo inesperado, aquel juego me recordó un sueño repetitivo que siempre me había negado. Un sueño que comenzó en mi pubertad y que nunca he asumido. Mi primer sueño húmedo no fue con una mujer, sino con un hombre igual que yo.
Nunca he podido admitir mi condición de homosexual, me casé porque así se requería en mi familia, por no disgustar a mi madre. Tuve una hija y jamás tuve ningún encuentro con hombre alguno. He vivido castrado emocionalmente, fingiendo ser un hombre feliz y llevando enterrado en lo más profundo de mis entrañas mis verdaderos sentimientos. Es más he sido de viva voz desconsiderado y cínico con los homosexuales, trataba de destacar mi rechazo a la homosexualidad para esconder mi verdadero deseo, jamás he admitido ante nadie que me encandilan los hombres.
Antes de terminar el curso de introducción a internet ay teníamos la conexión en nuestra casa, pero no era la niña quien más la utilizaba, sino que yo al caer la noche, tras la cena, cuando mi familia se congregaba frente al televisor no me escapaba furtivo a la computadora para navegar por la red. Mi destino se fue concretando en un chat, entraba cada día a charlar con un amigo barcelonés del que poco a poco me fui enamorando, él vivía feliz admitiendo sin falsas hipocresías sus tendencias sexuales, el fue mi confidente, mi amigo y, debo reconocerlo, el amor de mi vida.
A pesar de su tolerancia con mi situación, siempre me instigaba tratando de animarme a dar el paso y salir del armario, me propuso en decenas de ocasiones que nos conociéramos personalmente, estaba dispuesto a venir a Madrid para vernos cara a cara y que le repitiera ante su mirada que me negaba a dar el salto. No tuve valor, su interés chocaba con mi cobardía y al final el se rindió abandonándome definitivamente.
Han pasado ya dos años desde aquel romance, dos años en los que no he podido olvidarlo, dos años de total frustración y desasosiego, dos años que me indican lo cobarde que soy. Aún entro al chat alguna vez, charlo con algún hombre desconocido sobre temas eróticos que me conquistan, me masturbo trasformándome por unos minutos en mi yo verdadero, luego apago la computadora y vuelvo a ser el mismo falso pelele que dice vivir feliz con su esposa y su hija.
A veces siento la necesidad de romper con todo, de armarme de valor y confesar al mundo mi condición, pero miro a los ojos a mi hija Amalia y me pregunto si tengo derecho a destrozarla.
Vivo en esa eterna contradicción y me estoy volviendo loco, nunca he sido yo y mi cobardía me ha condenado a vivir en una cárcel de la que no puedo huir.

 

LA MENTIRA

Todo comenzó desde el Cha. Ella buscaba una nueva alternativa para salir de la soledad que la atormentaba. En ese momento, en uno de esos sitios de Almas solitarias, vio su foto y se quedó cautivada. Bastó un correo para contactarse y desde ese momento comenzó a anidar en su lama una gran ilusión
Todos los días a determinadas horas chateaban y eran charlas profundas. Con buenos augurios, con buenos deseos. Daba la sensación que era algo sincero desde ambas partes.
Cada uno comenzó a contar sus cosas, ella con mayor profundidad. Ella se sentía tan segura con él, ya sea por llevarle muchos más años o, tal vez, por la madurez de las palabras con las que él se manifestaba y sobre todo por su historia. Una historia pocas veces escuchada, pero a la que nunca le dio más importancia de la que él le daba. Ella también tenía su historia y ambos pactaron no hacerlas tan extremistas.
Las conversaciones sucedían día tras día, y ella se enamoraba sin tan siquiera haberlo conocido en persona. Él confesaba lo mismo y ella le devolvía el mismo sentimiento.
Él comenzó con problemas familiares, económicos y ella tan comprometida con las personas que quería se preocupaba hasta tal punto que le envió una pequeña suma de dinero para poder ayudarlo y tratar de salvar momentáneamente ciertas circunstancias.
Mientras todo eso ocurría ambos proyectaban formar una familia, cada uno con sus aportes. Ambos o al menos ella, creía que había conseguido al hombre que siempre había buscado sin encontrarlo.
Hubieron situaciones en donde ella se desilusionaba creyendo que él ya no deseaba estar más en contacto, pero él siempre buscaba la manera de darle tranquilidad y con decir “te amo” ella lo creía y esperaba lo que tenía que esperar, por que realmente amaba a aquel desconocido hombre .
Llegó el momento de conocerse y cuando ella lo vio se desvelaron todas las dudas. Fue un beso que selló su amor. Y desde que estuvo a su lado ella se sentía cuidada, protegida, amada, deseada…
Fueron tres días perfectos el los que ella no quiso preguntar en profundidad quién era ese hombre que estaba en su casa. Junto a sus hijas- ¿Por qué no se cuestionó nada? La respuesta era que; antes en una charla por Chat, ambos se habían jurado aceptarse como eran y eso ella lo estaba cumpliendo. Porque ella amaba a ese hombre que compartía ahora su casa, su lecho.
Fueron tres días de proyectos de él con ella. Ella se sentía apabullada, pensando si todo eso era verdad, porque era maravilloso y lo quería cuidar.
Llegó el día de la partida y ella sintió que él se llevaba su alma, y que pronto, en diez días él la traería de vuelta para estar todos juntos en familia
Fue feliz y temerosa. Feliz porque él le decía que ya no estaba sola. Pero en el fondo temía que nunca más volviera.
Y lamentablemente fue lo último. Nunca más volvió y nunca más se contacto. La primera señal fue cortar contacto telefónico. Alegó que su celular se había roto. Ahí comenzaron una infinidad de preguntas, ya que si uno desea comunicarse lo hace por teléfono fijo, por locutorios, cambia su chip a otro teléfono, siempre hay alguna alternativa.
Luego se distanciaron los Chat y los correos pero nunca fueron desalentadores. Pero se alejaron con el tiempo. Y mientras estas comunicaciones se dilataban ella sentía que volvía a morir.
Nada encajaba. Había cientos de preguntas sin respuestas. Luego comenzó la danza de la confusión: una tercera persona usando su dirección de Messenger trasmitiendo situaciones de su vida. Ella nunca más pudo hablar en forma directa con él, siempre estaba esa tercera persona ejerciendo de intermediario. Y por ser tan confuso, ella decidió cortar con el Chat.
Ha pasado ya un tiempo prudencial y miles de preguntas flotan por su cabeza. ¿Que sentido tuvo todo esto. Con qué fin él `pudo hacer tal cosa? Lo único que ella sabe es que se enamoró de ese hombre, sabiendo que detrás de él, puede haber cosas que NO eran ciertas. Lo que él nunca sabrá es que ella lo aceptaría tal como era, bastaba sólo con que él fuese un hombre “laburador”. Con eso hubiera abastado.
Todavía no hay respuestas a tantas preguntas. Lo único que sabe es que ella se volvió a enamorar y volvió a amar y ese amor no fue correspondido.

Textos de: José Ramón Varela   Jrvarela@corme.net

 

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