MI MAR 

 

El hombre tiene miles de planes para sí mismo, el azar tiene un solo plan para cada hombre

(DESCONOCIDO)

 


Ha pasado ya tanto tiempo desde aquel día en que abandoné la aldea, que casi ya ni la recuerdo. Aquella mi pequeña aldea asomada a la desdichada Costa de la Muerte, aquel lugar donde me crié.

 Ahora vivo confortablemente en una tierra de adopción, una tierra próspera donde hace tiempo varé mi nave, fondeando mis ilusiones en la mar calma del matrimonio acomodado, los hijos y una posición económica y social desahogada.   

En este atardecer primaveral que paseo meditabundo por esta amplia  avenida que bordea la playa, bajo las sombras alargadas de los tamarindos, me percato de su ausencia, rememoro con nostalgia mi aldea, aquellas viejas ruas pavimentadas con toscas piedras de granito, su pequeño muelle, las chalanas arribando con la pesca del día. Evoco sus playas desiertas, las olas rompiendo con bravura, el canto estridente de las gaviotas, sus corredoiras y cruceiros. Pero sobre todo recuerdo de aquella pequeña aldea, la veneración, el respeto que hacia la muerte tenían todos sus paisanos.

Tanto tiempo en esta tierra extraña me ha hecho olvidar aquellas sencillas enseñanzas de mi infancia. Hoy mejor que nunca recuerdo a mi abuela, aquella sabia viejecita que me enseñó a vivir y me enseñó también, cómo bien morir.

Hoy por primera vez en mi vida debo enfrentarme a lo irreversible, al destino sin futuro, a la finitud. Esta tarde, con la frialdad con que se expresa la ciencia, apoyando su mano sobre mi hombro, un amigo, amparado en su bata blanca, me ha comunicado la fecha de mi muerte. Mi enfermedad, ese cáncer que me corroe las entrañas, me conduce hacia un destino inevitable.

Viviré, si a eso se le pudiera llamar vivir, entre dos o tres meses más. No sufriré mucho físicamente, me ha dicho, confundiendo torpemente el dolor con el sufrimiento. Me aconseja no angustiarme, mantener firme la voluntad hasta que llegue el fatal desenlace.

El amigo médico, transmutado en solamente amigo, ignorando mi agnosticismo pagano, me aconseja la oración como terapia de preparación para la hora final, el dialogo resignado con Dios a través de mi esposa e hijos. Arreglar, lo que él, fríamente, llama los papeles y aceptar pasivamente los designios del destino.

Qué sabrá él cómo tengo que preparar yo mi muerte. Si él supiera que para la gente de mi aldea la muerte física sólo significa una etapa, un paso que hay que dar con armonía y aceptación para no quedar atrapado en el mundo de las almas errantes. La muerte física es un eslabón más de la larga cadena que conduce desde el mundo de los vivos al lejano y misterioso mundo de los muertos.

Mientras paseo acompañado únicamente de mi propia soledad, caminando entre un tumulto de gentes ajenas a mi desdicha, soy consciente por primera vez en la vida de mi propia finitud. Hago un esfuerzo por encontrarme cara a cara conmigo mismo, desnudo y sin mentiras y lo único que siento es la rabia que emana de mi propia impotencia, el íntimo deseo de rebelarme contra la incapacidad del hombre para vencer a la muerte no deseada.

Sin abrigar ninguna esperanza observo como se me agota la vida, de que modo tan sencillo se acaba todo, y recuerdo aquellas sabias palabras de mi abuela Mama Sofía cuando con la sencillez que le caracterizaba me explicaba que, es conveniente saber que vivir, es ya morirse poco a poco.

Con lo sencillo que es vivir y sin embargo, que difícil nos resulta.

Llegan a mi mente recuerdos de otras muertes de seres que fueron queridos. Hombres y mujeres casi olvidados.

Desde el mismo día que nací  he vivido en compañía de la muerte. Siempre he sido consciente de los límites de la vida. Pero ahora que me llega a mí el turno de partir, me rebelo. ¡No quiero morir! Quiero seguir viviendo, gozando de la compañía de mis seres queridos.

Después de años de trabajo he acumulado dinero, propiedades y objetos inútiles, que ahora de nada me sirven. ¡Arreglar los papeles!  De que sirve trasmitir los bienes a mis seres queridos, si les privo del bien más preciado, mi propia presencia.

Espero que no tarden en olvidarme, que pronto sea solamente un nostálgico recuerdo. No deseo que por mí sufran. Y en el tiempo que me resta, no quisiera intuir lágrimas contenidas ni silencios cómplices. Al llegar mi hora espero estar preparado, y luego me bastaría una modesta ceremonia, unos pocos crisantemos, una lápida sin epitafio y la aceptación íntima del fin.

Pienso en mi mujer. Mi compañera fiel de dichas y desgracias. Conociéndola como la conozco, supongo que se refugiará en la oración y quedará sumida en una eterna mudez. Espero que sepa soportar con fortaleza la desnudez del hogar, la ingrata presencia de mi ausencia.

Revivirá en su memoria las horas amargas de anteriores partidas, las soledades de mis largas singladuras, pero ahora ya no esperará el día dichoso del arribo. En esta singladura la aguja de la bitácora no marcará el norte, los vientos no impulsaran las velas de mi nave. No existen cartas náuticas ni sextantes donde estudiar el rumbo para este viaje.

Una fuerza interior me empuja despiadadamente hacia la playa. Era la playa el lugar que más me atraía en mi adolescencia allá en la aldea.

Recuerdo cómo armado de una simple cuchara mariscaba berberechos en la bajamar, cómo en las arenas blancas de la Hermida, junto el resto de los niños de aldea jugábamos, mientras aprendíamos con ingenuidad el oficio de marineros, enfrentándonos con las chalanas a los golpes de mar, rememoro las queimadas bajo la luz de luna en los arenales las noches de verano, la playa era en mi juventud mi segundo hogar.

Camino descalzo y con los pantalones ligeramente remangados por la orilla de esta mar tan querida y tengo que hacer verdaderos esfuerzos para reprimir el deseo vehemente de introducirme mar adentro en busca de un fondo sereno donde dar descanso a mi inerte cuerpo.

Quisiera encontrar en el embate de las olas, la justa y digna muerte para un desertor de la mar, para el hijo y nieto de hombres curtidos en las cubiertas de los barcos por el salitre del océano, para un hombre que mamó desde niño en las ubres de la mar. Soy un apóstata que renunció a la tradición familiar y a su profesión de marino por el falso espejismo de una vida cómoda en tierra. Ahora que llega mi hora, me siento como un desertor, que ha traicionado a todo cuanto le enseñaron.

Estas bravas aguas me sugieren muchos recuerdos de mi infancia, de las serenas y solitarias dunas de las playas de la aldea, de sus abruptos y feroces acantilados, de aquellos eternos días de invierno sentados en torno al hogar mientras el cielo lloraba de tristeza, de las largas tertulias en familia donde me iniciaron en mi paganismo agnóstico, aquellas charlas donde los viejos nos trasmitían sus conocimientos, sus creencias fantásticas que tanto me marcaron de joven y los recuerdos y respetos hacia los muertos, hacia aquellos que zarparon antes que nosotros.

Recuerdo ahora a mi olvidado padre. A aquel humilde padre que un desgraciado día, siendo yo todavía un niño, con su vieja y acartonada maleta amarrada con una cuerda, abandonó la aldea en busca de un trabajo que dignificase su existencia. Aún siento su abrazo tembloroso, veo sus ojos hinchados conteniéndose las lágrimas, todavía resuenan en mi oído sus palabras prometiéndome volver a buscarnos. Pero sobre todo recuerdo el telegrama, aquél maldecido telegrama donde se nos comunicaba que ya nunca podría retornar en nuestra búsqueda, aquella escueta misiva donde con la frialdad del lenguaje telegráfico se nos notificaba su naufragio, su desaparición, su muerte.

Yo que entonces todavía era un niño. Un niño que no podía entender cómo un hombre era castigado por el destino a abandonar a su familia, su pueblo y su historia por un mísero trabajo, cómo coño iba a comprender la injusticia de su muerte.

No concebía que un hombre bueno fuera castigado tan brutalmente por la vida. Había luchado y perdido una guerra, había sufrido la cárcel, habían amordazado su lengua libertaria, negado el trabajo y todo ello, por algo tan simple como pensar, creer en la utopía de la fraternidad entre los hombres, en su igualdad y en su derecho a vivir en libertad. Creyó en una sociedad justa dónde pudieran vivir en armonía sus ciudadanos, tal y cómo vivieron sus ancestros, los sierpes. Tenía ideas propias y se las quisieron arrancar, robándole la dignidad.

Recuerdo cómo en la primera de sus cartas nos narraba con  nostalgia y sobriedad el nuevo pueblo donde residía, nos manifestaba que había embarcado rumbo al Mar del Gran Sol. Un amigo de la guerra lo había hospedado en su casa. Nos animaba  y nos comentaba que en una próxima marea intentaría encontrar una casa donde poder vivir nuevamente todos juntos.

Mi padre, acostumbrado a la soledad de la mar era un hombre de muy pocas palabras, pero supo trasmitirnos en aquella carta su optimismo, sus grandes ilusiones. Hablaba de comprar muebles y de enviarnos dinero para el viaje.

Nunca llegó el día la partida, él se embarcó, sin saberlo, en una singladura hacia el valle eterno, una singladura de la que ya nunca más volvió.          

Y luego, cómo yo he podido olvidarlo todo. Ni tan siquiera he trasmitido a mis hijos nuestras más ancestrales creencias. Si muero, en mi casa quién derramara la sal en torno a mi cadáver, quién sellará los orificios de mis narices y orejas. Ni mi mujer ni mis hijos comprenden el significado que la muerte física tiene para mí. No sabrán como amortajarme, ni me velarán en la noche cómo es debido, no cegarán mis ojos ni se preocuparán de que mi cadáver salga de nuestra casa con las piernas por delante.

            Lo más probable es que contraten por unas cuantas pesetas los cómodos servicios de alguna funeraria para que efectúe toda la ingrata labor de los preparativos de mi entierro, que hablen con algún sacerdote para que me oficie un funeral digno y publicarán una esquela en la prensa para comunicarlo a los conocidos y amigos.

            Yo no quiero ese final, pero reconozco que lo merezco.

Miro al mar y me siento irremisiblemente atraído hacia él. Si tuviera el valor suficiente, sería todo tan sencillo, caminar recto en dirección al horizonte hasta que el cuerpo se rinda, dejar como único testigo unas mudas pisadas en la arena. Unas pisadas que la mar con sus caprichosos juegos de flujos y reflujos pronto borraría.

Está el sol llegando a su ocaso, pronto se esconderá como cada día tras los confines del occidente y volverá mañana nuevamente a renacer por el oriente. ¿Y nosotros, los humanos, renaceremos algún día?

Repaso mi vida y evoco aquel largo viaje de peregrino siguiendo la ruta del Camino, de ese camino mal llamado de Santiago por unos y de Prisciliano por otros, ese camino secular de la Europa nómada y peregrina, el partero de esta Europa sin fronteras en la que ahora vivimos. Entonces lo viví también como otra muerte, una muerte alegórica e iniciática. Partí desde la frontera francesa, desde el oriente, el lugar desde donde parte la luz y caminé jornada tras jornada hasta alcanzar el finisterre, el fin del mundo.

Fue un peregrinar hacia la muerte para iniciarme y renacer a una nueva vida de luz, como un modesto aprendiz de cantero fui esculpiendo paso a paso mi templo interior, viví en aquellos caminos únicos, la experiencia del sufrimiento, lo revivo como si me estuviera ocurriendo ahora mismo, recuerdo el dolor de mis pies ulcerados por tantas jornadas recorriendo andando el camino, las punzadas en los talones y mi espalda a punto de quebrarse. Desentierro los sueños angustiosos de aquellas noches, esos sueños guardados durante años en el desván de la memoria, el perpetuo sendero marcado con incontables flechas amarillas, mis pícaros compañeros de albergue, el borrachín disfrazado de peregrino, el peso insoportable de la mochila, las madrugadas y el calor, aquel asfixiante calor que tantas veces estuvo a punto de rendirme.

Tanto sufrimiento tuvo sus compensaciones, aquel mes otoñal logre evadirme del mundo cotidiano, abandonar el reloj y vivir gratas sensaciones compartiendo comida y efectos personales con otros peregrinos, ser consciente de que lo poco es más que suficiente, percatarse de la experiencia iniciática que se esconde en la piedra, intuyendo que el hombre es mucho más sabio cuanto más vinculado está con su tierra simbólica, con esa mi tierra de encrucijadas y brumas, de cruceiros, de corredoiras  y hórreos, de viejas mujeres vestidas de negro y de bueyes cansinos que arrastra los carros de ruedas chirriantes, caminando hacia ninguna parte.

Es el camino la madre engendradora de la herejía, de la sabiduría de los humildes, de los misterios y la magia. Es este camino legado por olvidados anónimos peregrinos, algo místico y silencioso, que por su naturaleza telúrica es inefable e incomunicable y ahora, que la cercanía de mi muerte no es alegórica sino real, comienzo a comprenderlo en toda su magnitud, vislumbro la armonía de la sinfonía del soplido del viento, las cadencias del rumor del arroyo y la belleza de la poesía de su paisaje.

Vivo, ahora que muero, la intensidad de aquella bella experiencia peregrina. Y me pregunto por qué troqué mi vida austera de peregrino por la comodidad de la vida del romero, en qué encrucijada se cruzaron nuestros caminos.

Comprendo en este momento la importancia que mis paisanos gallegos dan a la piedra. No solo a la piedra hecha arte a través de los hórreos o de los cruceiros, sino a la piedra humilde, ese guijarro que depositamos como testigo al llegar a la Ermita de San Andrés de Teixido, esa piedra que el día del último juicio, cuando hasta las piedras hablarán, será la que atestigüe que yo estuve el Teixido, aquel lugar dónde tendrá que ir de muerto todo gallego que no fue de vivo.

Debo tener valor y avanzar hasta alcanzar la mar, mi Finisterre particular, pagar el tributo a ésta, mi otra madre, mi mar, y marchar en silencio por este ancho sendero hasta el agua profunda, hasta encontrar un lugar tranquilo y sumergido donde dar reposo eterno a esta vida plena de ausencias.

Sí, la mar es mi única patria, una patria sin himnos ni banderas, sin ejércitos ni gobiernos, una lugar inmenso que nos acoge a todos, la mar es el vientre donde germina la vida, es el punto de partida y la meta final del camino. 

Miro a mi alrededor y sólo veo gentes anónimas a las que nada les importo, estoy solo, con la única compañía de mi hada, de este ser síquico que desde niño me acompaña.

Mi hada es mi golem, mi propia conciencia y hoy me anima a recorrer mi última etapa, ese último camino del peregrino que nacido en la mar debe ir a morir a la misma mar que lo amamantó y le dio la vida y mi hada se ofrece a acompañarme, aun sabiendo que ella también morirá conmigo.

            Siento la llamada de otras almas a las que yo ayude a cruzar la frontera que separa este mundo de los vivos del mundo de los muertos, veo a lo lejos en la otra punta de la playa a un perro blanco de ojos tristes que me mira con pena, y pienso si será mi urco.

Tengo que tener el valor suficiente para decidirme a dar mi último paso.

Camino entre las aguas y percibo la sensación fría del mar subir por mi cintura, distingo su sabor salado en mi boca, siento el escozor en los ojos y oigo ya lejano el murmullo de los paseantes mientras voy transitando libremente hacia la muerte.

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