LA LEYENDA DE LA PIEDRA DE LA SERPIENTE

 

 

A PEDRA DA SERPE

3º Premio Bolboreta de la Xunta de Galicia.


La historia cuenta lo que sucedió 
la poesía lo que debió suceder. 
ARISTÓTELES 


De los escasos recuerdos que aún conservo de aquel pequeño pueblo donde pasé mi infancia, de aquella mi querida aldea perdida entre las abruptas riberas de la trágica Costa de la Muerte, hay uno especialmente nostálgico que jamás podré olvidar. 
Sucedió en un caluroso atardecer de verano, era el crepúsculo de un día plomizo, uno de esos días en los que la alianza del calor con la humedad derrite hasta el alma. Aquella tarde, en la bajamar, había estado mariscando percebes. De regreso hacia la aldea, volvía caminando por la playa. Estaba fatigado y mis píes se hundían en la arena húmeda de la orilla, haciendo más agotador mi caminar; portaba además, un pesado balde repleto de percebes y las herramientas con las que me ayudaba para mariscar. 
Mientras caminaba solitario sobre las blancas arenas de la Playa de la Hermida, el fuerte olor de las algas secas varadas en la playa, la escolta de algunas gaviotas que revoloteaban en torno a mí y el monótono sonido del romper de las olas en la orilla, eran mi única compañía, a los lejos, de vez en cuando, el graznido de algún cuervo hambriento quebraba la armonía de la tarde crepuscular. 
Al tiempo que caminaba, el cielo se teñía de un color grisáceo, casi negro, las nubes empujadas por el viento del sudoeste invadían el firmamento costero. A lo lejos, hacia el oeste, sobre el horizonte marino, el resplandor de los relámpagos anunciaba la esperada galerna veraniega. 
Las gaviotas abandonaron prematuramente la playa y en grandes bandadas dirigieron su vuelo hacia los acantilados donde construyen sus nidos, lugar donde siempre se recogen antes de oscurecer al abrigo de las sombras. Las gaviotas barruntan la llegada de la noche, no necesitan reloj como las personas ni oír el tañido triste de las campanas de la iglesia para enterarse que ya se acerca la hora del crepúsculo.
Aceleré el paso cuando comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia. En un santiamén la tempestad comenzó a descargar su ira de un modo violento. Agua, viento, rayos y truenos invadieron el lugar, corrí a cobijarme bajo una oquedad en la pared rocosa del extremo norte de la playa. Con el cielo totalmente encapotado, el día repentinamente se hizo noche y las tinieblas fueron paulatinamente adueñándose de las proximidades de la aldea. 
Los rayos que caían por los alrededores iluminaban brevemente la zona con una claridad intensa. Por un momento, a lo lejos, bajo el ramaje de un castaño creí ver el espectro de una vieja, fijé mi vista en aquel árbol y con el nuevo rayo vi claramente la figura de la anciana; corrí azorado hacia ella, quería prevenirla del peligro de electrocutarse bajo el arbolado. 
Cuando llegué jadeante a su lado, la viejecilla me dedicó una frágil sonrisa, fijó su pétrea mirada en mí y no me dijo nada. Una sensación extraña me conquistó, era una mezcla de curiosidad y sosiego. 
Para tranquilizarme asió con ternura mis manos entre las suyas y siguió mirándome fijamente en silencio. Sus manos temblorosas y arrugadas eran cálidas y trasmitían templanza. Era una vieja entrañable iba vestida toda de color negro, recogía su canoso cabello con una pequeña trenza que asomaba por detrás de la pañoleta que cubría su cabeza, destacaban en su rostro rugoso sus grandes ojos de un color azul intenso. 
Me preguntó, además de mi nombre, si vivía en aquella aldea. Le contesté afirmativamente a ambas preguntas, aun cuando tuve la extraña sensación de que ella, ya conocía las respuestas. 
Mientras yo le contestaba asintió con un gesto lleno de dulzura. Me confió que se llamaba Oceánea, que quiere decir, según me reveló, tormenta impetuosa originaria del mar océano. También me manifestó que venía desde muy lejos. Luego se interesó por aquella cercana roca artísticamente esculpida en relieve con un ofidio alado y que los lugareños, conocíamos con el nombre de Pedra da Serpe. 
Me consultó si los jóvenes de mi edad conocíamos su leyenda, el significado simbólico de la alada serpiente, el porqué de su ubicación en aquel lugar y quiénes fueron las personas que la esculpieron. 
Ante mi total desconocimiento, ella se ofreció, aprovechando que tendríamos que estar juntos un buen rato, en tanto no terminaba de pasar el nublado y amainaba la tormenta, a narrarme el significado de todo ello. 
El interés que despertó en mí aquella mujer, hizo que olvidara el peligro que corríamos al guarecernos bajo la copa de aquel enorme castaño. En cualquier momento un rayo podría caer sobre nosotros y electrocutarnos. 
En esta zona - comenzó a narrarme la anciana - en la parte alta de la playa, resguardado de los crudos vientos del norte, hace miles de años, se encontraba ubicado un noble pueblo, el pueblo de tus antepasados, llamado de los Sierpes. Sus gentes eran pacíficas y disfrutaban de una gran cultura enraizada en la armonía de la naturaleza, conocían la experiencia iniciática de la piedra en la que tallaban y esculpían bellos petroglifos, adoraban al dios de sus antecesores y respetaban la sabiduría de sus mayores. 


Vivían modestamente de su mar, de la pesca y del marisqueo, utilizando las algas que la marea varaba para abonar las escasas y pobres tierras que labraban. 
Su dichosa y apacible vida fue sacudida violentamente por la ambición de los más jóvenes e intrépidos de la aldea. Desoyeron los sabios consejos de los ancianos trocaron su serena existencia de pescadores por el agitado oficio de guerreros y piratas, su arrojo y valentía les reportó en muy poco tiempo grandes riquezas y cantidad de esclavos. 
La solidaridad y el respeto a las decisiones de los ancianos de la tribu, que habían sido el más grande vínculo de unión entre los habitantes de la aldea, desaparecieron, y su lugar fue ocupado por el dictado de los más fuertes y pendencieros, por la codicia y el individualismo; así el trabajo, perdida su virtud, dejó de interesar a los aldeanos y pasó a ser la infame labor de los innumerables esclavos que apresaban en sus correrías por tierras y mares extraños. 
Cegados por la riqueza y la abundancia, se entregaron a la ociosidad y a los más indecentes vicios. - según me iba narrando, la vieja utilizaba sus esqueléticas manos para con suaves gestos enfatizar más sus explicaciones. Cuando no guerreaban se entregaban a la placidez de la pereza y al disfrute de la gula y la lujuria, sus festines nocturnos en la playa las noches de luna llena en torno a las queimadas de aguardiente de tojo, duraban hasta el alba. 
En el transcurso de estas orgías, amenizados con la música uniforme y repetitiva que componían golpeando unos rústicos atabales y resoplando caracolas marinas, se intercambiaban para fornicar a sus esclavas más jóvenes y bellas. Los más depravados y crueles sodomizaban a las criaturas adolescentes más hermosas, llegando incluso, con ocasión de los solsticios de verano e invierno, a luctuosos y cruentos sacrificios humanos en agradecimiento a los nuevos dioses paganos importados de tierras extrañas. 
Ante tanta barbarie, su dios primitivo, aquel del que hoy en la aldea ya nadie recordáis su nombre, enojado por su abjuración y cansado por la obstinación de tal primario y brutal proceder, los amenazó, conminándoles a poner fin de inmediato a tanto atropello, guerras, saqueos y muertes, aconsejándoles que volvieran a vivir como antaño, de su trabajo, obedeciendo las leyes de la sabia naturaleza, en comunión armónica con la tierra que les vio nacer y los alimentó, respetando a los pueblos vecinos, educando a sus vástagos en el trabajo y en la solidaridad, sin excesos embrutecedores o de lo contrario, caso de hacer oídos sordos a su recomendaciones, descargaría su ira contra ellos y los haría desaparecer para siempre, arrasando la aldea, las embarcaciones, el ganado y las personas. 
La gran mayoría del pueblo no tomó en consideración las palabras conminatorias de un dios que había sido ya abandonado por ellos. Pensaron que las amenazas carecían de valor, que eran producto del enojo de quien se siente repudiado, afirmando no tener necesidad de un dios que siempre les había mantenido en la pobreza, un Dios que les prohibía gozar de sus festines nocturnos y les amenazaba con castigos eternos. 
Sin embargo, - seguía contándome la vieja, cada vez con mayor entusiasmo - unos pocos, los más virtuosos y temerosos de su dios, acompañados de la mayoría de los ancianos, se arrepintieron públicamente, enmendaron su vida y rectificaron su salvaje proceder. 
Inútilmente trataron de convencer a sus vecinos para que los imitasen y les siguieran; sólo lograron ser el blanco de sus algazaras y algún que otro disgusto. Antes de que les llegara la condena a sus convecinos, optaron con escasa esperanza y como última disyuntiva, por interceder nuevamente ante el dios antiguo, le pidieron que perdonase a sus hermanos pecadores e hicieron ofrendas y sacrificios. 
Solicitaron en vano compasión y clemencia tratando de evitarles el castigo divino. Todo fue inútil. El dios implacable ordenó a los arrepentidos que recogieran sus pertenencias y aperos y abandonasen la aldea de inmediato, asentándose en lo alto de la loma que bordea la playa, en el lugar llamado de Gondomil y desde allí, encumbrados en lo más alto de la atalaya, pudieran observar el castigo que iban a sufrir sus hermanos pecadores. 
Fue una noche cálida, una noche de verano como esta, una noche en la que la luna llena iluminaba débilmente el valle donde se asentaba la aldea de los entonces conocidos como la gran tribu de los Sierpes. 
De repente, el claro atardecer se trasmutó en noche negra, estalló una gran tormenta, decenas de rayos cayeron sobre el poblado y un gran diluvio de fina arena blanca enterró para siempre a hombres, ganado y hogares. 
Mientras iba narrando la historia, me señalaba con su encorvado y tembloroso dedo índice los rayos, la tormenta y el negro cielo, dándome a entender que este atardecer veraniego que compartíamos, era muy similar a la noche del relato. Enfatizaba sus palabras con un tono de voz grave que me aterrorizaba, luego me volvía a sonreír y volvía a asir mis manos con dulzura para calmar mis temores. 
Aquella noche - prosiguió la anciana - la alegre fiesta se convirtió en triste enterramiento; los animales alocados corrían de un lugar a otro ladraban y mugían ensordecedoramente. Las gentes aturdidas clamaban piedad e inútilmente trataban de huir. A cada paso, a cada intento de escapar del castigo, nuevas arenas caídas del cielo los volvían a enterrar.
Los fuegos de los hogares se fueron apagando, las fuentes se secaron y se acallaron gritos y gemidos, un silencio sepulcral invadió la noche estival. 
Pasada la tormenta, volvió a alumbrar la luna llena y la negra noche se tornó en noche estrellada, mientras, los justos desde lo alto alzaban sus preces al dios justiciero dándole gracias por su misericordia. 
Al alba, una gran montaña de arena blanca ocupaba el lugar donde la víspera se encontraba la aldea. No hubo niño, ni mujer, ni anciano o joven que pudiese haber salvado la vida. Solamente, como vestigio de la vida que allí hubo, quedaron en su ladera sur algunas embarcaciones varadas en la arena de la playa. 
La nueva gran montaña es esta que tienes aquí delante. Cubierta de pinos y tojos es hoy un gran campo santo que guarda en sus entrañas los hogares, los tesoros y los cuerpos de la aguerrida tribu de los serpientes, aquel olvidado pueblo al que nunca dominó hombre alguno y que fue irremediablemente derrotado por la riqueza, la ociosidad y el vicio. 
Sus hermanos, aquellos que se salvaron y fueron testigos de lo ocurrido, se afincaron en el vecino altozano de Gondomil, y como muestra de agradecimiento a su dios por su misericordia y por la oportunidad dada para su salvación, prometieron solemnemente no olvidar jamás el castigo sufrido, juraron trasmitir lo sucedido a sus descendientes y construyeron como testimonio funerario que recordase por los siglos a sus hermanos pecadores, un altar en la roca más céntrica del lugar. La gran piedra situada junto a la encrucijada. 
Esculpieron en ella una serpiente alada, símbolo del linaje de la tribu, y plantaron a su alrededor tres árboles, una acacia, un castaño y un carballo, tres árboles que simbolizaban la sabiduría, la belleza y la fuerza. La sabiduría del pueblo que escucha a sus ancianos, la belleza de la armonía entre el pueblo y su terruño y la fuerza de la tradición fundada en la fraternidad, la igualdad y la libertad de todos los miembros de la aldea. 
Ahora la vieja le daba un tono más majestuoso a su discurso. Trasmitía en su mensaje una fuerza dramática que me impresionaba. Sus largos silencios para coger aire me conmovían, por momentos el miedo me invadía, la mirada fija de sus grandes ojos de reptil no presagiaba nada bueno. 
Durante miles de años, - prosiguió la vieja - como testigo mudo de la evolución solidaria de un pueblo de gentes humildes y trabajadoras, en lo alto de la loma, venerada y cuidada por los descendientes de aquellos serpientes que se salvaron, se ha mantenido la llamada Piedra de la Serpiente. 


Ahora nuevamente los lugareños estáis abandonado la serena existencia de pescadores, para dedicaros al agitado oficio de estraperlistas y narcotraficantes; otra vez la ceguera por la riqueza y la abundancia os está alejando de la virtud basada en la solidaridad y el respeto. De nuevo ignoráis y desasistís a los ancianos. Otra vez habéis abandonado las creencias en el dios arcaico de los sierpes y habéis profanado su templo con la herejía de las nuevas religiones invasoras. Habéis osado colocar en la cima de la piedra de la serpiente una cruz de granito, símbolo de los dominadores herejes cristianos. 
Venerada durante siglos por vuestros progenitores, la piedra sagrada de la serpiente es hoy una piedra ultrajada, abandonada y rota. Habéis, asimismo, talado los árboles que simbolizaban la sabiduría, la belleza y la fuerza de vuestra estirpe y en su lugar habéis plantado pinos y eucaliptos que asolan y arruinan la tierra; esta tierra a la que estáis obligados a cuidar porque algún día trasmitiréis a vuestros hijos. 
Con vuestra dejadez habéis sentenciado a muerte a vuestro más antiguo monumento, al símbolo de vuestra cultura y vuestra historia. Ese símbolo no es un patrimonio del que hayáis de disfrutar por consideración hacia vuestros antecesores, sino que se os ha confiado en préstamo para que lo traspaséis a vuestra progenie. 
Ahora sí me daba miedo la vieja, ya no acariciaba mis manos, su hablar frío, casi metálico, me cortaba el aliento y su mirada penetrante, parecida a la de un ofidio, escudriñaba insistentemente mis ojos. 
En ese momento, la anciana se me antojaba una aparición, un negro espectro venido de otros mundos. quería comunicarme algo y deseaba que no lo olvidara fácilmente. Y, francamente, lo estaba consiguiendo. 
Ve junto a tus vecinos - me ordenó - cuéntales la historia que yo te he contado, informales que el dios primitivo está enojado nuevamente por el proceder de los habitantes de la aldea, que os exige poner fin a tanto atropello y sinrazón y os ordena que volváis como antaño a vivir de un trabajo honesto. De lo contrario, si hicieran oídos sordos y persistieran en su ciega locura, se verá obligado nuevamente a descargar su ira sobre los que cegados con las nuevas forma de vida han olvidado la tradición ancestral de los sierpes y están dejando que se malogre la piedra de la serpiente, ese tesoro que, tal vez, sea ya irrecuperable. 
Ve a la aldea y haz cuanto te digo - era tajante en sus órdenes - y si alguno de tus vecinos después de contarle cuanto te he dicho, prevaleciera en su vida perversa, ignorarlo y olvidaros de él; ser sensatos y rectificar vuestra forma de vida, respetar los mandamientos del dios antiguo y evitaréis tener que volver a coger, como hicieron hace siglos vuestros antepasados, las pertenencias y los aperos para abandonar el pueblo y llorar la muerte de vuestros convecinos. 
En silencio, aturdido, hice un gesto afirmativo con mi cabeza, me encontraba en aquellos momentos en un estado de extraña excitación, no entendía nada de lo que allí estaba pasando, no sabía quién era aquella vieja, de dónde había surgido ni porqué me hablaba a mí de ese modo. 

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Actualizada el 20.10.04