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COSTA DE LA MUERTE

La sabiduría humana, a través del desarrollo de todas sus capacidades, está consiguiendo cambiar irreversiblemente el sentido natural de la evolución de nuestra propia especie, los seres humanos. Desde el comienzo de los tiempos y hasta donde alcanza nuestro conocimiento, el Universo se ha ido desarrollando a través de una interminable división de sí mismo. Todos los seres vivos, ya sean vegetales o animales, en su desarrollo evolutivo han tenido que ir mutándose, dividiéndose o evolucionando hacia nuevas especies o razas, sino querían condenarse a desaparecer.
La Humanidad siguiendo esta ley natural, se ha desparramado a lo largo y ancho del mundo en una gran variedad de razas y culturas. Sin embargo, parece llegado el momento de invertir este proceso. La ciencia y la tecnología han propiciado que el hombre gobierne su propio destino y a pesar de las múltiples e inútiles resistencias que innumerables grupos de fundamentalistas, anclados en valores nostálgicos de supuesta supremacía cultural, religiosa, racial o nacional, la realidad que se vislumbra para un futuro próximo, es de mundialización o, más concretamente, de mestizaje, probablemente en una primera fase cultural y más adelante lo será también étnica o racial. 
Negar esta realidad sería una necedad, solamente es necesario darse un paseo por las calles de las grandes metrópolis de todos los continentes, abrir bien los ojos y observar las personas que nos rodean, ver la cantidad de parejas formadas por individuos de diferentes procedencias, razas y culturas, fijarse en las carteleras cinematográficas, los escaparates de las librerías para darse cuenta de que, afortunadamente, estamos asistiendo al comienzo de un imparable mestizaje cultural. 
Hoy, felizmente, las distancias no son un obstáculo insalvable como lo han sido a través de siglos de historia, hoy podemos trasladarnos de un lugar a otro cualquiera, por muy alejado que éste esté, un unas pocas horas. Los idiomas, antaño barreras insuperables, tampoco dificultan ya la comunicación, hoy casi todos los jóvenes de los países desarrollados aprenden y comprenden más de una lengua. Las telecomunicaciones han logrado acercarnos lo lejano, aunque en ocasiones nos hayan distanciado de lo cercano y a la vez que hemos perdido parte de la relación con nuestros vecinos más próximos, lo foráneo nos es ahora algo mucho más conocido y familiar. La radio, la televisión y últimamente, de un modo mucho más acentuado Internet, han propiciado una corriente inmensa de información para la que no existe frontera alguna o el que millones de personas distantes entre sí, mantengan relaciones afectivas sin haberse visto nunca los rostros. Las religiones, antaño vector de división humana, gracias a Dios hoy también han perdido influencia en los modos de vida cotidiana, ya no tienen el poder de aislar y dividir el mundo en buenos y malos, los ciudadanos que viven en democracia han interiorizado sin conflicto el divorcio existente entre su vida social laica y sus creencias transcendentales, aunque justo es reconocer que algunas religiones han reaccionado ante esta perdida de influencia con un fundamentalismo asesino, privando a sus fieles de la más mínima expresión crítica y convirtiendo a los más ortodoxos en ciegos delincuentes sin escrúpulos. 
para muchos, esta desconcertante situación que comienza a emerger les parece, en lugar de una maravillosa suma de valores culturales que pueden enriquecernos a todos por igual, todo lo contrario, una uniformización empobrecedora, una amenaza explícita contra su propia cultura tradicional, contra sus valores ancestrales e incluso contra su íntima identidad como seres individuales. Y ciertamente, debemos reconocer que existe ese riesgo de uniformidad despersonalizadora si no acertáramos a dirigir estos cambios con sentido común, ejemplos de cual es el camino equivocado nos sobran, todos conocemos a los muchos pedantes que aceptan sin criterio alguno todos los modismos e idiotismos que nos llegan desde la capital del imperio. Ciertamente esta globalización de la que tanto se habla y se escribe últimamente, nos puede conducir hacia un sendero que en algún punto se bifurque en una doble dirección, una enriquecedora que suma y multiplica u otra empobrecedora que resta y divide: la cara y la cruz, la universalización o la uniformidad. Somos nosotros, los ciudadanos libres de prejuicios, los que debemos elegir redimidos de cordones umbilicales que nos aten al pasado, el camino a seguir y no será fácil, hay mucho necio que confunde el estúpido mimetismo despersonalizador con el enriquecimiento cultural.

Al escribir este libro, basado fundamentalmente en las creencias y valores humanos de una pequeña comunidad que ha estado condenada históricamente a vivir aislada de otras culturas durante siglos, he intentado destacar y rescatar las similitudes existentes entre esa identidad y su sabiduría aldeana, con otra identidad y sabiduría ilustrada de una institución mundana y abierta que ha defendido históricamente la universalización y el cosmopolitismo, basado en la libertad, la igualdad y la solidaridad de todos los seres humanos. Dicho claramente y sin ambages de ningún tipo, he pretendido aparear el conocimiento acumulado durante siglos en una aldea gallega de la Costa de la Muerte con ese otro conocimiento que, también durante siglos, ha atesorado la Francmasonería.
Ambos conocimientos se basan en el simbolismo de las leyendas, ambos han sido históricamente de transmisión oral, ambos tratan de buscarle un sentido a la muerte, se han desarrollado casi en silencio, con discreción y en muchos ocasiones en absoluto secreto en el seno de la familia biológica o la gran familia simbólica que es la fraternidad masónica y en ambas la pobreza real o simbólica ha sido el medio donde se ha desarrollado. A este respecto no hay que olvidar como los masones inician a sus miembros despojados de todos sus metales, con atuendo similar al de un indigente. 
Quizá sin quererlo o quizá muy conscientemente, haya hecho trampas al transcribir estos relatos, quizá me haya dejado llevar por mis propias vivencias, las que a golpe de cincel y mallete han ido esculpiendo mi propia identidad de masón, que, aun nacido en la emigración, se amamantó durante su infancia de la cultura y la tradición ancestral de mi añorada Costa de la Muerte sin que esta mezcolanza de culturas de procedencia tan dispar hay producido contradicción alguna en mi ética personal. Ni tan siquiera las leyendas que a continuación voy a narrar las oí contar como yo las cuento. Muchas de ellas eran pequeñas narraciones y yo me he tomado la libertad de introducir en ellas un protagonista que las va viviendo, recorriéndolas página tras página hasta llegar a su propia finitud. Las amplío a mi antojo, me invento múltiples personajes y las ubico en lugares y situaciones que yo me he ido ideando según las iba escribiendo. Son, por tanto, leyendas ficticias cimentadas en leyendas verdaderas oídas en mi infancia y a las que con el paso del tiempo, según se desarrollaba mi propia personalidad, inconsciente o voluntariamente las he ido adaptando a mis pautas de interpretación y compresión de la propia realidad, acomodando ligeramente aquello que me enseñaron.
Sin proponérmelo en un principio creo que he llegado a simbolizar en algunos pasajes al personaje de la Abuela no ya como a una buena francmasona, sino como a la propia Masonería
Tal vez, si leyeran estos relatos aquellas personas que a mí me las narraron, sólo reconocerían en ellas algunos retazos, jirones perdidos de sus palabras, aunque a mi modo de ver las cosas, mantengo con fidelidad incólume el espíritu y la enseñanza simbólica que las leyendas originales portaban.
Estos relatos no fueron escritos de un tirón, entre algunos de ellos hay años de diferencia, alguno fue publicado en su primitiva versión hace más de diez años, otro muy recientemente en su versión actual, en este libro los he retocado para poder acoplar al protagonista, para darle una cierta continuidad y lograr engarzar una leyenda con otra sin grandes rupturas y éstas con otras narraciones que nada tienen que ver con la Costa de la Muerte.
De antemano pido perdón si alguien se ofendiera de la escenificación que hago de antiguas leyendas para adaptarlas a una narración que quiere mantener un sentido de continuidad, enlazando unas leyendas con otras y entremezclándolas con premoniciones de muerte, invenciones totalmente personales y ubicándolas en un tiempo inconcreto. También pido perdón a mis hermanos francmasones por la utilización que a lo largo de estas páginas hago de muchos de nuestros símbolos y leyendas, desvelando situaciones que, aunque pasen desapercibidas para la gran mayoría de los lectores, quizá no sean del todo prudente. 
He intentado que el cóctel resultante no desfigure ni el ambiente estético ni ético de la realidad social de la Costa de la Muerte y también he intentado mantener el equilibrio entre lo que deseo comunicar sobre la masonería, lo que puedo y lo que no debo. Tal vez la empresa que me he propuesto pueda parecer un sacrilegio para aquellas personas que han dedicado una buena parte de su vida a recoger, analizar y propagar las leyendas en toda su pureza. Sí así fuera, sinceramente, lo siento.

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