PLANCHAS MASÓNICAS 

 

FINITUD

La finitud marca, de un modo consciente o inconsciente, nuestra existencia en nuestras más íntimas entrañas y vivencias, pero lo hace de un modo diferente en cada individuo. Así, en el campo de la trascendencia o la inmanencia, la finitud se convierte en eje de todas las ideas, es el argumento que los ateos esgrimen para afirmar la no existencia de dioses: "si todo es finito, es imposible la existencia de un ser sin principio ni fin". Esa misma finitud ha servido a los creyentes para por medio de fideísmos o certezas en eternidades o reencarnaciones múltiples, escapar de la angustia del punto y final de nuestra propia existencia. Y a los agnósticos les ha servido para afianzarse en su duda existencial, en su asunción de la ignorancia del hombre. Para el agnóstico no existe el misterio o el enigma, existe sólo la ignorancia humana y sólo en la medida en que el hombre es consciente de su propia ignorancia puede tratar de desvelar la verdad que se esconde tras esas dudas. El agnóstico conoce la finitud como algo constatable y no comprende la eternidad, por tanto se mantiene en la duda de sí es posible o no la existencia de un ser eterno y como sabe que él ignora, por ahora, esa posible eternidad, no se define en ningún tipo de dogma y se reafirma en su duda racional.

A veces escapamos de esta tangible situación de nuestra propia finitud, evadiéndonos de la realidad y aferrándonos al tiempo presente como si fuera tiempo futuro, dejando escapar el instante que vivimos como si pudiéramos vivirlo más adelante, todo lo dejamos para luego, no actuamos sino que nos complacemos en la espera y esperando vamos derrochando la vida.

Es cierto que la técnica y la ciencia han ayudado a que germine este espejismo de una vida que, inconscientemente, creemos inmortal y nos cuesta adaptarnos a la obstinada realidad de nuestra propia finitud, mientras que contradictoriamente aceleramos otras finitudes.

Veamos algún ejemplo de la vida, más cercana a nuestra realidad cotidiana, observemos por un momento las relaciones sentimentales de la pareja. Hay quien argumenta que el alargamiento de la longevidad y por tanto la negación inconsciente de la finitud, ha propiciado en gran medida la crisis afectivas de las parejas. Si cuando la vida media del hombre rondaba los cuarenta años era factible convivir en pareja hasta el final de la vida, afirman, hoy que la vida se alarga, crecen las crisis sentimentales y la pareja llega a su finitud antes de que finalice la propia vida y es necesaria la recomposición de los lazos afectivos, acelerando la finitudes de nuestras relaciones sentimentales de pareja.

En este sentido, la francmasonería en general o quizás más particularmente los masones, nos embarcamos en una búsqueda de la perfección personal con el falso argumento de que “esperamos” poder actuar en el mundo para tratar de cambiarlo, cuando alcancemos la meta de nuestra particular perfección.

Olvidamos fácilmente que una de nuestras leyendas que más sentido dan a la orden es la de ser descendientes de un “hijo de una viuda de la tribu de Neftalí” que murió asesinado, llevándose con él los secretos del Conocimiento y por ello, para que jamás olvidemos esa orfandad de partida, hemos dado en llamarnos los “Hijos de la viuda”

Orfandad que simboliza según mi criterio intimo, la carencia con la que nacemos, la imperfección humana, lo que alguna religión llama el “pecado original” o lo que es lo mismo, la conjugación de nuestra necesidad de alcanzar la perfección y la imposibilidad de lograrla, es nuestro imposible necesario.

Nadie es perfecto por mucho se nos empeñemos y dejar la acción para cuando alcancemos la ansiada perfección, es vivir de falsas esperanzas que se desvanecerán con nuestra propia finitud. Es la justificación irracional de nuestra pasividad, la contradicción en la que caemos, sabiendo que viviremos algo más tiempo, aceleramos nuestra finitud como hombres de acción, seres vivos y trocamos nuestra vitalidad por el engaño que supone la pasividad de alcanzar una mayor cuota de perfección antes de actuar, trocamos el vivir por el sobrevivir.

Olvidamos con cierta falsa vanidad lo que en todas las mitologías se nos enseñan desde antiguo, Lucifer, Eva, Prometeo o Pandora, sin olvidar a Hiram Abif, seres simbólicos encarnados en hombres o semidioses caídos, que actuaron por la sola grandeza de sentirse LIBRES, imbuidos de dignidad, aunque ello les condujera a la imperfección, a la merma de comodidades heredadas de los dioses, optaron por la finitud, la muerte, a cambio de sentirse gobernantes de sí mismos, de sus propios destinos, con el derecho a acertar y a errar equivocándose.

No hay en nuestros rituales ninguna promesa de alcanzar perfección alguna, sin embargo, son múltiples los aldabonazos a nuestra conciencia para que optemos por una vida digna, libre y solidaria que nos iguale a todos los seres humanos.

En los rituales se nos aconseja que actuemos, que no esperemos a alcanzar perfección alguna para ponernos en marcha, la perfección no es una meta, es el propio camino.

Antes de cerrar los trabajos en el primer grado se repiten cada tenida las mismas frases que con obstinada imprudencia olvidamos nada más salir del templo:

1 ¡Que la PAZ reine sobre la Tierra!

2 ¡Que el AMOR reine sobre los hombres!

3 ¡Qué la ALEGRÍA reine en los corazones!

Pero para recordarnos que no es una triple declaración de simples propósitos siguen las consignas en la “Cadena de Unión” recordándonos que hay un “vasto campo de pensamiento y la ACCIÓN”

Sí. La acción a la que estamos éticamente obligados por nuestro juramento desde el día de nuestra iniciación. Y sin embargo, caemos fácilmente en la egoísta contradicción de querer alcanzar nuestro imposible necesario, nuestra perfección, acomodándonos y justificándonos en la ESPERA de alcanzarla, en lugar de ACTUAR y el nuestro instante presente se diluye haciéndose viejo, los días transcurren inexorables, los años nos derrotan y la finitud al final nos alcanza, mientras seguimos neciamente esperando sin ACTUAR.

 

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