PLANCHAS MASÓNICAS 

 

 

NORTE - SUR

 

Del origen incierto del hombre muy poco sabemos, la mayoría de los investigadores lo sitúan en África Oriental, sin embargo lo que hemos dado en llamar civilización con su aporte de tradición y mitología está claro que nació en el entorno de ese rincón húmedo llamado Mediterráneo y desde allí se exportó a la mayor parte de mundo, universalizando conceptos locales y absolutizando verdades relativas.

Con el paso de los años se han ido perdiendo los politeísmos mitológicos locales. Desde que Akenathon en Egipto proclamó por primera vez en monoteísmo del dios Sol, su paso a través de Moisés al judaísmo y de aquí a la grandes religiones monoteístas actuales, la Humanidad ha ido aceptando inconscientemente la tradición mediterránea como propia, aun cuando poco tenga que ver con su situación geográfica y cultural.

En estas fechas celebramos gran parte de la Humanidad el nacimiento de la Luz con diferentes rituales. El nacimiento del niño Dios, la fiesta del fuego solsticial o el nuevo año laico.  A lo largo de estos meses en el hemisferio norte, por tanto en el Mediterráneo, la luz diurna se ha ido paulatinamente acortando, invadiendo las sombras de la noche la mayor parte del día. Al llegar el solsticio se frena el avance de las tinieblas y comienza el nuevo flujo de luz, se invierte la tendencia y la luz comienza a ganar espacio a la oscuridad. Desde antiguo el hombre ha sido consciente de este hecho y lo ha celebrado con fuego, intentando con su luz artificial recibir festivamente la buena nueva. Hoy no hay fuego en nuestras celebraciones, la luz de neón ha suplantado a las hogueras. El nacimiento de Dios nos anuncia la venida de la Luz.

Pero somos conscientes la humanidad que en el trópico jamás hubo solsticios, que viven en un perenne equinoccio, que la luz y la sombra se reparten a partes iguales a los largo del día. Somos conscientes que en el hemisferio sur ocurre todo lo contrario, que en estas fechas las tinieblas son las que empiezan a ganar la batalla a la luz.

Los griegos basaban en gran medida su evolución en los productos de su alimentación. Para ellos sus vecinos bárbaros eran salvajes porque se alimentaban de pan de centeno, cocinaban con grasas de animales y bebían cerveza u otros brebajes fermentados. La tríada de vid, olivo y trigo eran las tres columnas donde se asentaba la diferencia con los bárbaros que desconocían los refinados gustos culinarios mediterráneos. Algo así sigue ocurriendo hoy en día, la herencia de las tradiciones mitológicas mediterráneas se han ido imponiendo en la llamada cultura occidental como algo connatural, universalizando conceptos que en otras latitudes no tienen ningún significado.

La dialéctica norte sur, la tan cacareada globalización, el imperialismo de las diferentes épocas, la civilización, la propia historia, todo ello tiene su origen en el desarrollo y expansión de los mitos de antaño, esos mitos que surgieron en la cuenca del mediterráneo y que paulatinamente hemos ido haciendo nuestros de un modo inconsciente.

Cuando los nostálgicos de América reivindican legítimamente sus culturas ancestrales precolombinas apuntando con sus dedos acusadores a los omnipresentes Estados Unidos o a los colonizadores ibéricos, debieran también mirarse hacia dentro y analizar hasta que punto no son ellos mismos con su mimetismo a la civilización quienes dan la espalda a sus mitologías para abrazar acríticamente las mitologías mediterráneas que antes abrazaron quienes hoy son blanco de sus críticas.

Cabe preguntarse que nivel de comprensión tendrían los habitantes de, por ejemplo, Centroamérica, cuando les dijeran que Eva nos condenó por comer una manzana, fruto que ellos desconocían, o que el vino se trasmutaba en la sangre de Cristo, si en sus tierras nunca hubo ni hay viñedos y por tanto desconocían lo que es el vino.

Analicemos la masonería a la luz de estos conceptos, aparentemente el origen de su tradición se pierde en las tinieblas de la noche de los tiempos, sin embargo a nadie se le escapa su influencia y origen mediterráneo, ya que hemos familiarizado conceptos locales de esa región como si fueran universales. Su tradición de constructores de templos, sus leyendas, los ritos y sobre todo su simbolismo espacial, nos dan clara muestra de ello. Los dos San Juan, de invierno y verano, sólo son comprensibles en una parte del hemisferio norte, en el trópico no hay estaciones y en el sur son las opuestas. La ubicación de los aprendices al lado norte, el lugar de las tinieblas y los maestros al sur, el lugar donde más brilla la luz. No me imagino que elucubraciones mentales tienen que elaborar para simbolizar ese norte y ese sur en el ecuador donde la luz llega del cenit y el norte y el sur recibe la misma luz, o en la Patagonia donde desde el norte reciben la poca luz que les ilumina y el sur les condena a la más gélida de las tinieblas.

De un modo irreflexivo hemos asumido conceptos extraños como verdades absolutas, los hemos interiorizado como parte de nuestra naturaleza y los hemos propagado al mundo como si fueran principios inmutables. Ya no danzamos en torno a una hoguera para celebrar el solsticio, si tan siquiera prendemos fuego, lo hemos sustituido por la luz del neón, lo festejamos en torno a una mesa a la que hemos añadido condimentos más sabrosos importados de otras latitudes, pero en el fondo de nuestro cerebro, escondido en algún lugar remoto de nuestra corteza mental seguimos asumiendo el mito, la tradición mediterránea como una verdad indiscutible.

 

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