PLANCHAS MASONICAS  

 

POR QUÉ ME HICE MASÓN

LA FASCINACIÓN POR LO SECRETO

El secreto es parte de la esencia tanto del individuo como de las sociedades humanas, como mamíferos que somos tendemos a vivir en rebaño, pero la adquisición de la conciencia de ser todos nosotros únicos e irrepetibles, nos empuja a conquistar y defender un espacio de intimidad, un espacio íntimo en el que siempre ocultamos algo, igual que el resto nos lo oculta a nosotros.
Ya desde la más tierna infancia vamos percibiendo que vivimos en un mundo propio, que ocultamos y nos ocultan partes del cuerpo, ocultamos algunos de nuestros actos y también nos damos cuenta que de nuestros sentimientos son diferentes a los de nuestros progenitores, que existen aspectos de la vida de éstos que no conocemos, que permanecen también ocultos a nuestros ojos.
Es el equilibrio entre nuestra privacidad y nuestra vida social, lo oculto y lo público, el que irá determinando nuestra propia personalidad. Aquello que ocultamos, lo que revelamos y el respeto que mantengamos con los secretos del prójimo más próximo, marcará indeleblemente nuestro acomodo en el rebaño.
Y si ciertamente esto es así en el individuo, ocurre otro tanto en el seno de la familia, se ocultan hechos para que no trasciendan al resto de la comunidad, adquiriendo el secreto un grado superior en nuestra escala social, ya no es solamente un secreto unipersonal e íntimo, sino un secreto compartido del que emana una fuerza aglutinadora que une a los miembros del clan con lazos de intimidad compartida, otorgándoles un sentido de pertenencia.
Esta práctica defensiva e identidaria del secreto nos confiere a través del proceso de formación de nuestra personalidad, seguridad y equilibrio emocional, es en definitiva un beneficio para nosotros tanto como persona individual, como colectivo familiar.
Con el tiempo vamos descubriendo que otras familias ejercen ese mismo secreto, que la convivencia social se basa en gran medida en ese equilibrio entre el derecho a lo privado y la obligación con lo público, entre lo oculto e íntimo, contrapuesto a lo manifiesto y evidente. En nuestro aprendizaje nuestros profesores paulatinamente van compartiendo con nosotros parte de su conocimiento manteniendo oculta otra parte del mismo, en nuestro devenir profesional la empresa donde trabajamos nos va desvelando sus secretos en la medida que vamos ascendiendo en el escalafón, otro tanto ocurre en el sindicato, partido político, religión o cualquier otra asociación humana en la que participemos. Pronto somos conscientes que nuestro poder se basa en la información que tengamos del otro y en la cantidad de secreto que atesoremos. Somos, como dice el popular aforismo, dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras.
Y es en este proceso donde se van despertando esa curiosa fascinación que todos tenemos en distinta media por las sociedades secretas.

MI CASO
Creo que fue esa fascinación por lo secreto lo que desde niño despertó en mí ese interés por la Masonería. 
Mi formación desde niño se desarrolló en un caldo de secretismo familiar, o así lo recuerdo en estos momentos. En la escuela y en la sociedad en general, se defendían unos valores dominantes y en el seno de mi familia se defendían los contrarios. Me crié en una familia de las que por aquel entonces se denominaban "rojas". Sin que nadie me lo expresara explícitamente, yo interioricé que las manifestaciones políticas que se daban en el seno familiar era parte de ese secreto que nos cohesionaba como grupo y que bajo ningún aspecto deberían compartirse con los extraños.
En ese escenario de contradicciones infantiles, fui desarrollando mi personalidad con un cierto espíritu crítico. Comencé a oí hablar de la masonería. En la prensa, en la ideología dominante, lo políticamente correcto era satanizar a la masonería. Era, según nos explicaban, una secta secreta con finalidades inconfesables, la causante de todos los males que acuciaban al país. Sin embargo las pocas noticias que se filtraban de sus miembros contradecían en alguna medida esa imagen que se nos mostraba. Personajes admirados y hechos históricos para mí positivos, habían sido liderados por masones, algo no encajaba e inconscientemente esa contradicción iba despertando un interés en mí por esa sociedad de la que nada conocía, que me condujo a idealizarla. 
Creo que la mitifiqué. Mis nebulosos recuerdos de aquella época son de fascinación por aquella sociedad secreta que era una total y absoluta desconocida.
Curiosamente, mis ideas políticas, mi militancia y mi vida social se desarrolló en un terreno dogmático, en esa falsa creencia de asumir que la verdad era patrimonio de mi ideología. Sin embargo, esa posesión de la verdad no borró mi fascinación por esa desconocida, lejana e idealizada Institución, llamada Masonería.
Tras la larga noche de silencios, tras la muerte del dictador comenzó a germinar la semilla de la libertad y con ella, discretamente, la masonería volvió a emerger tímidamente. Yo vivía enfrascado en mi militancia política y sindical, totalmente ajeno a este despertar de la masonería, hasta que un día de verano, leyendo la prensa en la playa vi un escueto anuncio que decía, "si te interesa la masonería, escribe al apartado X," mis ojos se posaron fijamente en aquel recuadro, al llegar a casa una cierta inquietud se apoderó de mí, por primera vez encontraba una puerta abierta a ese mundo que siempre me había fascinado, pero me daba miedo, los prejuicios vividos durante cuarenta años, había calado en mis entrañas. Dudé, dudé si escribir u olvidarme de lo que había leído, durante unos días medité, al final la lógica se impuso y me dije que si siempre había deseado conocer ese mundo no podía desaprovechar esa oportunidad que se me brindaba. Escribí.
Mi carta, aún lo recuerdo, no me comprometía, les relataba mi atracción y desconocimiento y solicitaba más información, sin compromiso por mi parte. Un tiempo después recibí una carta en la que se me ofrecía que leyera algunos libros, y que más adelante me volviera a poner en contacto con ellos.
Compré aquellos libros, los leí y, confieso, me quedé igual que estaba antes, no lograba descifrar donde estaba su secreto, compré por mi cuenta otros libros para documentarme mejor y fue en uno de ellos, un libro crítico con la masonería el que me empujó a solicitar mi aceptación.
Tardaron meses en contestarme. Una tarde en el contestador de mi teléfono tenía un aviso de un señor desconocido que me decía que le llamara, en un principio no identifiqué esa llamada con mi ya casi olvidada solicitud de ingreso en la masonería. Lo llamé, me cito en una cafetería próxima a mi casa y acudí a la cita. 
Fui nervioso, elucubraba con cómo sería la persona con la que iba a encontrarme, qué me diría, qué sabría de mí. Curiosamente me encontré con un tipo normal, un hombre afable, algo charlatán, que sin disimulo alguno me interrogo sobre cuál era mi interés por unirme a ellos. Interés que pensé, era simple curiosidad o una atracción inconcreta, yo creía que carecía de un argumento concreto sobre mi intención de integrarme, curiosamente en aquella conversación fui desgranando mi interés real de una forma clara, y le ofrecí razones de mi búsqueda que jamás había verbalizado. 
En aquella conversación quedó un tema pendiente para aclararlo, según me dijo, en una segunda charla, era el referente a mis creencias religiosas, a mi agnosticismo. Un mes después volvieron a llamarme, acudí a otra cita, en esta conversación tres personas volvieron a interrogarme, seguían un guión preestablecido, una a una fui contestando a sus preguntas con naturalidad y franqueza. Un mes después traspasaba las puertas del templo y era iniciado.
Durante mucho tiempo mantuve en secreto mi condición de masón, sólo mi familia conocía mi situación. 
En el mundo profano, ajeno a esta realidad, suele tender a confundirse las sociedades secretas con las denostadas sectas, mezclando conceptos de unas y otras, cuando en realidad son asociaciones diferentes y las más de las veces, totalmente opuestas. 
La masonería no es ajena a estos prejuicios infundados, a esa falsa calificación de secta se le une los anatemas que desde distintos estamentos, sin objetividad alguna, se han lanzado contra ella y lo que es peor, las persecuciones de las que ha sido objeto a lo largo de la historia. Es lógico, pues, que muchos de sus miembros quieran mantener su anonimato y más en un país donde la intolerancia ha sido el pan nuestro de cada día.
Pero, junto a esta forzosa discreción se hace inevitable la necesidad de normalizar la masonería en una sociedad que aspira a ser plural y respetuosa con la diferencia. Algunos masones tuvimos que asumir públicamente nuestra condición y afirmarla sin complejos. Tímidamente fuimos asomando los rostros humanos de algunos de sus miembros, igual que hoy lo estamos haciendo en esta charla. Fue entonces cuando más nítidamente constaté que los prejuicios contra nosotros están solidamente cimentados en el subconsciente colectivo. Compañeros de trabajo, de partido, amigos, permutaron sus miradas, la susceptibilidad se vestía de sospecha, algunos ya no veían en mí al hombre, yo era como la sombra alargada de un mal indefinido. Discrepancias cotidianas se vestían de reproches y como contra argumento se blandía la espada intolerante de mi condición de masón.
Y aquí me tienen, sin saber muy bien que me ha aportado la masonería. Cuando me lo preguntan huyo de declaraciones pomposas, quizás porque no produjo un cambio ostensible, sino más bien pequeños cambios casi imperceptibles, granos que se hundieron en mis entrañas y que poco a poco van germinando, ornando mi paisaje de floridas dudas, forjando un nuevo hombre, más escéptico, menos dogmático, que mira más hacia el fondo vacío de sus vísceras y día a día cambia.

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Actualizada el 21.11.04