PLANCHAS MASONICAS  

 

 

CONVENIENTEMENTE PREPARADO

A todo hombre profano que solicita su entrada en la Francmasonería, le recordamos cuando llama a nuestra puerta, que se presenta ante la Logia falto de luz, libre y voluntariamente, además de convenientemente preparado, para solicitar con humildad su admisión. 
Antes de traspasar la puerta de la Logia, el Guardián Exterior se encarga de prepararlo convenientemente despojándolo de todos sus metales y riquezas, transfigura su indumentaria dándole apariencia de mendigo, vela sus ojos y le amarra una soga la cuello. 
En la iniciación el candidato sufre una suerte de humillación para que recuerde el resto de su vida masónica no sólo la pobreza con la que se presentó y fue generosamente admitido, sino que siempre que entre en una logia debe abandonar fuera de la puerta su condición de profano, sea esta la que fuere y admitir que es la sincera aceptación de nuestra propia imperfección y la búsqueda de una luz que ilumine en las tinieblas de nuestra más intima conciencia, la verdadera razón de nuestra presencia dentro del Templo Masónico. 
Finalizada la Iniciación, el Primer Vigilante inviste al candidato con un humilde mandil blanco de piel de cordero, que simboliza la inocencia y el lazo de la amistad universal que une a todos los masones, exhortándole a no deshonrarlo jamás, ya que este modesto mandil distintivo del masón es, para nosotros, el más honroso y antiguo de los emblemas. 
Así mismo le entrega en sepulcral silencio dos guantes blancos que, quizás, sean el distintivo más humilde y a la par, más grande de la masonería, esos guantes blancos que deben recordarnos siempre que un masón, como hombre íntegro, no debe mancharse las manos con la infamia ni debe humillar jamás a ningún otro ser humano. 
Desde este momento, estas serán las vestiduras distintivas del masón para concurrir a las tenidas convenientemente preparado. 
Para ayudarnos en nuestra particular búsqueda, la francmasonería no nos ofrece ni razonamientos mundanos que nos sirvan como simple acopio de datos, ni nos ofrece, tampoco, verdades regaladas o dogmas que sigan determinadas reglas. No, la masonería nos irá dando en cada grado tres simples herramientas de picapedrero, con las que, utilizándolas de un modo alegórico, podamos ir dando forma geométrica a esa gran piedra bruta que es nuestra propia imperfección. 
Al elevarnos al tercer grado, al sublime grado de Maestro Masón, el compañero espera encontrar, definitivamente, todas las respuestas; espera descubrir la ansiada luz; alcanzar el sumo conocimiento. En cambio sólo consigue, entre otras herramientas, un sencillo y modesto lápiz. Un lapicero que nuevamente le recuerda su imperfección, el porqué de su permanencia en la masonería. Un sencillo lapicero con el que volver a trazar los planos y el nuevo diseño de su vida profana. Un pobre lapicero que simboliza nuestra propia conciencia con el que tomar nota de nuestras palabras y de nuestras acciones, si de verdad deseamos perfeccionarnos y continuar por aquel desconocido camino en el que nos iniciamos profanos y al que llegamos conscientes de nuestra imperfección, faltos de luz, libre y voluntariamente, además de convenientemente preparados. 

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Actualizado el 21.11.04