COSTA DE LA MUERTE

GALICIA

 

Pocos lugares habrá en el mundo que tengan un nombre tan trágico y a la vez tan revelador de la cotidiana realidad de sus gentes, como la Costa de la Muerte. Ignoro quién tuvo el acierto de bautizarla con tal tenebrosa denominación ni cuando lo hizo. Razones no le faltaron.

Esta porción de costa maldita está ubicada en extremo occidental de Europa, en el ocaso, allá donde la tierra termina para dar paso al ancho océano. Históricamente sus límites la sitúan por el sur en el Cabo de Finisterre y por el norte en la Islas Sisargas, aunque oficialmente los políticos han ampliado su extensión desde Carnota hasta Caión.

Es esta, verdaderamente, una tierra de antiguas y profundas tradiciones, de supersticiones y leyendas que tienen a la muerte como protagonista principal. Leyendas que han sido trasmitidas entre susurros de padres a hijos, al calor del hogar, en las tertulias familiares de las largas tardes de invierno, en esas jornadas en las que los temporales impiden zarpar a las chalanas en busca del pescado de cada día.

La Costa de la Muerte es una comarca de profundos silencios, de aldeas aparentemente vacías y fantasmales que siempre miran al mar, donde el forastero, al adentrase en sus solitarias calles, percibe la extraña sensación de estar vigilado por cientos de curiosas miradas que surgen detrás de cada ventana.

Es una tierra triste y húmeda, teñida de gris por las insistentes brumas que ascienden solemnes desde la mar océana y regada uno y mil días por el pertinaz orvallo;. s verde por su abundante vegetación, sus bosques otrora de castaños y carballos y hoy de pinos y eucaliptus, salpicados del contraste de sus rocas graníticas que emergen desafiantes de las entrañas de la tierra;  es blanca por los reflejos de sus arenales acumulados grano a grano por siglos de paciente erosión; y es azul de mar cuando el sol del estío ilumina su indomable mar, azul como las miradas claras de sus gentes, extrañamente rubias, extrañamente blancas, mudos testigos de su herencia celta.

El fondo de sus aguas es desde hace siglos un enorme campo santo, donde reposan entre achatarrados barcos hundidos, cientos de marinos ahogados. En su abrupto litoral golpea la mar con fuerza demoledora, provocando la secular cadena de hundimientos y tragedias que, según sostenían algunos, han dado el nombre a esta costa, al propio tiempo que se iba mezclando en la tradición popular la realidad con la fantasía, la historia con la fábula y se iba cimentando la macabra leyenda de la Costa de la Muerte.

Esta leyenda de la Costa de Muerte, como todas las leyendas que allí se cuentan, se enmarcan dentro de la tradición mitológica celta de sus habitantes y se desconoce a ciencia cierta a que épocas se remonta. Es evidente que esta historia o leyenda de la Costa de la Muerte tuvo que originarse en tiempos remotos, en fechas en las que no existían en las costas cercanas faros de navegación, o acaso, sólo uno, el ubicado en la llamada Torre de Hércules de La Coruña.

Eran tiempos lejanos, donde tal vez, las dos únicas señales marítimas posibles, fueran la ancestral costumbre de hacer sonar con sus soplidos las caracolas de mar en los días de niebla y las pequeñas hogueras que las mujeres encendían en los cabos y atalayas para señalar a sus hombres el camino de regreso a tierra.

Cuenta la leyenda que en este territorio, prácticamente aislado por tierra de cualquier contacto con otros pueblos, sus gentes malvivían casi exclusivamente del trabajo de los hombres en la mar, alternando las faenas marineras con la labor de las mujeres que se dedicaban al cultivo de pequeñas huertas y la cría de algunos animales domésticos.

 

Y si por tierra han estado aislados secularmente, por mar estaban saturados de visitantes. Este litoral siempre ha congregado uno de los mayores tránsitos marítimos de Europa. Desde tiempos inmemoriales todos los barcos que provenientes del norte de Europa se encaminan hacia el Mediterráneo o África, tienen que bordear la Costa de la Muerte antes de enfilar sus proas hacia sus deseados destinos. Destinos que lamentablemente en ocasiones se tuercen, quedándose hombres y barcos fondeados para siempre en las profundidades de sus acantilados.

La llamada leyenda de la Costa de la Muerte se sustenta en un hecho real, el excesivo número de hundimientos que verdaderamente se han dado a lo largo del litoral, culpabilizando de ello, a los nativos de la región. Cuentan que en las noches de temporal y de poca visibilidad, cuando las lluvias tempestuosas o las brumas impedían a los navegantes avistar la costa, pequeños grupos de paisanos acudían con sus bueyes a pasearlos por los límites de los cabos, colgaban de los cuernos de las bestias  pequeños faroles encendidos que simulaban, con el andar cansino de los animales, el balanceo de las luces de otras embarcaciones navegando. Los patrones de los buques que cruzaban la costa, al confundir la luz de estas farolas con la luz de alguna otra embarcación que navegaba más a tierra y a mayor resguardo de la tempestad, optaba por imitarla, aproximándose ellos también a la costa, cayendo en una trampa mortal, y precipitándose inevitablemente contra los escollos. En pocos minutos el barco engañado estaba perdido, aprovechando entonces la turba de lugareños para saquearlo y si fuera preciso, asesinar a los atemorizados e indefensos náufragos.

Dejando atrás la leyenda adentrémonos en la historia dramática la de esa casi desconocida costa, que no por capricho lleva ese tétrico nombre, ya que quizás sea la costa más peligrosa que existe a lo ancho de los mares o al menos, sí es la costa donde más hundimientos se han dado a través del tiempo, siendo algunos ellos, hitos de la Historia de la Navegación, como el ocurrido una triste noche de invierno del 1890 en que el Buque Escuela “The Serpent” de la Marina Británica fue arrastrado hasta los escollos de esa costa, salvándose solamente 3 de los más de 300 cadetes que iban a bordo. Ironías de la historia si tenemos en cuenta que el nombre del buque y los antiguos pobladores celtas de aquellas tierras, tenían el mismo nombre, Serpes o en castellano Serpientes.

Pero todo no es tristeza en esa costa donde cuentan la historia desde la noche de los tiempos por medio de las piedras. Esa simbiosis entre piedra y hombre les viene desde antes de inventarse la propia Historia. Son esas piedras graníticas con las que construyeron hace unos 5.000 años sus dólmenes, como el que hemos visitado en Dombate donde dejaron sus huellas en las pinturas rupestres de sus cámaras mortuorias; o esa otra gran piedra, otrora, un altar pagano que representaba para sus antiguos pobladores la Pedra da Serpe en Corme, piedra con una serpiente alada esculpida en la época prerromana; o en los cientos de petroglifos dispersos por toda su geografía esculpidos por manos anónimas. Piedras con las que construyeron esos míticos castros, como el de Borneiro, hoy desenterrado para curiosidad de los visitantes donde nos muestran como era un poblado celta, piedras con las que construyen desde no se sabe cuando, esos hórreos a la vez humildes y majestuosos o los cruceiros que topamos en cada rincón y piedras como la “Do Roncudo” hundida a media milla de la costa, donde se mariscan los que tienen fama de ser, los mejores percebes del mundo.

Y no es gratuita esa fama de sus percebes, porque no le viene por ser los más caros del mundo, que lo son; ni por ser los únicos que tienen denominación de origen, que la tienen; ni por ser servidos en los mejores restaurantes de marisco de España, que se sirven; sino que lo son, porque así lo afirman quienes más entienden de mariscos y los han probado en alguna ocasión y nosotros, humildemente, que no somos expertos pero que también los hemos probado, lo suscribimos.

En nuestro paseo hemos ido recorriendo los pueblos y aldeas marineras que jalonan esa costa mortuoria donde vida y muerte se aparean cada día, simbolizada en esas bandadas de gaviotas que se ven en cada recodo, pueblos a veces casi incomunicados, de esos que no aparecen en los mapas porque son lugares que no llevan a ninguna parte, mueren allí donde muere el sol cada día ahogándose en el mar océano, son las aldeas del fin del mundo, las más occidentales de Europa, son las tierras que los romanos bautizaron como las del Finisterre y hemos aprovechado nuestra visita para conocer cómo se alimentan desde siempre esas gentes, hemos acudido a sus tascas, a sus bares y restaurantes, que sin ningún tipo de lujo, si ninguna fama reconocida, sin excesos superfluos nos han deleitado con buenos pescados frescos, con mariscos de sus rías y, lo que es aún más llamativo, a unos precios increíblemente baratos.

Hemos comido además de los afamados percebes “do Roncudo”, santiaguiños, bueyes de mar, zamburiñas, croquetas de marisco, vieiras, navajas, almejas, xibias, caldeiradas de raya y rape, dorada y, como no podía faltar en esas tierras, pulpo de diferentes formas, todo ello regado siempre con vinos gallegos, ribeiro xoven y albariño.

Ha sido una visita que ha merecido la pena. Deambular por aldeas perdidas como Santa Mariña o Arou, siguiendo el camino forestal entre el cabo Villano y Camelle,  donde se encuentra en cementerio de los ingleses, una playa perdida donde fueron inhumados los cuerpos de los cientos de cadetes británicos que la mar devolvió a la tierra. Otear el horizonte desde el Cabo del Fin del Mundo, perderse en los arenales de Traba, de Baldayo o Razo a los pies del mítico Monte Neme (Sagrado en la antigua lengua celta) donde hasta hace poco tiempo se encontraba el cromlech llamado “Eira das meigas” de profundo significado esotérico.

Sí, quizá esta costa esté adecuadamente bautizada con su mortecino nombre, pero no debemos olvidar que en ella hay una vida fecunda, vida que se aparea cada día con la muerte, alumbrando una cultura pletórica de sabiduría que goza de la belleza de vivir y conserva la fuerza suficiente para comprender que vivir, es ya, ir muriendo poco a poco.

La pobreza en la que históricamente han vivido sus pobladores, es una pobreza material que los ha condenado a vivir con estrecheces y privaciones, compensando estas carencias con una riqueza espiritual y una innata aptitud para la fantasía y la imaginación, atesorando un amplio abanico de creencias paganas, ritos iniciáticos, premoniciones de la muerte y leyendas, que han cimentando una cultura enigmática y popular, donde se funden, en convivencia armónica, el temor a lo desconocido, el goce de la sensualidad y la aceptación de la muerte inevitable.

 

 

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