LA FRONTERA

 

LA FRONTERA ENTRE MÉXICO Y TEXAS

LAS TIERRAS DE LA NUEVA VIZCAYA

Las fronteras casi siempre son líneas imaginarias creadas por la soberbia, el miedo o la ignorancia humana, nacen para separar a los seres humanos, para protegerse de los "otros" e impedir la convivencia abierta y pacifica con el vecino.
A lo largo de la historia han existido infinidad de fronteras paradigmáticas que han trascendido mas allá de su área geográfica y han marcado un hito en la época que existieron. Han existido fronteras naturales inexpugnables durante siglos, desparecidas tiempos después por la fuerza de la razón, fronteras que se dibujan o intuyen, como esa línea imaginaria que marcaba el horizonte en el mar tenebroso del Finisterre y que tardó siglos en ser cruzada por las primeras naves que surcaron el Océano Atlántico hasta descubrir el Nuevo Mundo. Otras artificiales, fronteras de protección y defensa contra el despiadado y temido enemigo, como la que conforma el hoy gran monumento de la "Muralla China"; otras más cercanas a nuestros días, fronteras de opresión, fronteras que denunciaban el fracaso político de sus constructores como fue el "Muro de Berlín" también conocido como "Muro de la Vergüenza".
Cada una de ellas se corresponde con una época determinada de la historia. Si hoy nos preguntáramos cuál es la frontera que mejor define a nuestro tiempo, a este momento de tránsito entre siglos, fácilmente concluiremos que es la frontera artificial e injusta que separa a los ricos Estados Unidos de los pobres países hispanos en general y de México en particular. Frontera artificial creada por los poderosos políticos del norte con la canalla complicidad de los corruptos políticos del sur para dividir una tierra que siempre estuvo unida.
La frontera esta trazada sobre el cauce de un río, un río con dos nombres diferentes, uno diferente a cada lado de la frontera, "Río Grande" para el gigante de norte; "Río Bravo" para el rebelde del sur. Un río que marca la línea entre el sueño y la pesadilla vivida despiertos. 
Viajo a Texas, a la ciudad fronteriza del norte, mal denominada El Paso, y digo mal denominada porque hoy más que un lugar de paso es una puerta cerrada para los desheredados del sur, los denominados "espaldas mojadas".


Viajo invitado por una amiga "chicana" (mexicana residente en USA) casada con un "pocho" (Estadounidense de origen mexicano) con la intención de cruzar la frontera en sentido contrario, de norte a sur, para una vez conocida la realidad del sur, volver al "paradisíaco" norte.
Mis hospitalarios amigos me recogen en el aeropuerto, camino de su casa circulamos con su coche junto al Río Grande, allí impávidos focos iluminan cada centímetro de la orilla izquierda del río; automóviles, caballos y helicópteros del departamento de inmigración patrullan día y noche con el solo propósito de abortar los sueños de los desheredados que quieren invadir pacíficamente en busca de un trabajo el supuesto paraíso del norte. Cerca de allí, junto a las vías del ferrocarril, la policía estatal vela para remendar los posibles fallos de la policía de inmigración y cuidan que ningún espalda mojada se embarque clandestinamente a los vagones de los trenes de mercancías, alejándose definitivamente de la frontera y se pierdan en el vasto enjambre de pueblos y ciudades que reclaman mano de obra ilegal y barata a la que poder explotar sin respetar ninguno de los más elementales derechos humanos.
En una vieja camioneta comenzamos nuestra particular odisea. Viajamos el matrimonio, sus tres pequeños hijos y yo. Hace las veces de bitácora que marque el rumbo una cruz que cuelga del espejo retrovisor y que se balancea al compás de los múltiples baches de la carretera que discurre por la llanura mexicana, una fuerte música de rock, heavy metal y latina del agrado de mis anfitriones nos acompañará durante las largas horas que tardaremos en cruzar los 400 kilómetros de estepas yermas y chaparrales que separan El Paso de la ciudad de Chihuahua, primera etapa de nuestro recorrido.
Pronto me doy cuenta de la similitud de las policías de ambos lados de la frontera, si la del norte trata de abortar los sueños de quienes quieren vivir y trabajar al otro lado; la corrupta del sur se los roba. 
Mis anfitriones viajan armadas con una colección de "papeles." Permiso temporal para cruzar al sur con su vehículo, permiso para llevar los niños, permiso para él, permiso para ella, actas de nacimiento, permisos a vencimiento fijo con tasas incluidas. Un negocio del gobierno mexicano para desangrar a sus emigrantes cuando quieren regresar a visitar a sus familias.
Me preguntan mis amigos si yo llevo "papeles" y les respondo que mi única identificación es mi pasaporte, un simple documento de identidad que es válido en todo el mundo. Dudan si será suficiente, entre tanto papeleo un pasaporte les parece poca cosa. Antes de arriesgarnos a cruzar la frontera, consideran más prudente aparcar el coche y dirigirnos caminando hasta el policía mexicano para preguntarle si un español puede cruzar hacia el sur con sólo un simple pasaporte, la respuesta es positiva y por fin mis anfitriones se convencen y comenzamos nuestro periplo por las desiertas tierras del norte de México.
Un viaje entrañable en el seno cálido de una familia que me ofrece generosa su hospitalidad, su comida y sobretodo su amistad. Estas primeras horas del viaje me sirven para darme cuenta del valor de la amistad. Conocí a la esposa de este matrimonio a través de internet, largas horas de conversación escrita en la red nos han servido para hacer germinar una buena y sincera amistad. Cuando le comenté mi intención de viajar a Estados Unidos no dudó en ofrecerme su hospitalidad y a pesar de no compartir totalmente mis opiniones sobre la injusticia de la frontera, juntos organizamos mi viaje al sur.
Al llegar a Chihuahua nos hospedamos en casa de los padres de mi amiga, a pesar de que me aceptan con cariño, me siento incómodo, me siento un intruso que viola la intimidad de una familia, una molestia gratuita. Además de los seis que viajamos en la furgoneta, la pequeña casa esta habitada por los padres de mi amiga y, ocasionalmente, por un hermano con su esposa y dos niñas, en total doce personas habitando durante días en un reducido espacio.
A la mañana siguiente dejamos a los niños con sus abuelos y el hermano de mi amiga se une a la expedición, viajamos hacia la Sierra Madre Occidental, a la región de los tarahumaras, los descendientes de los primeros pobladores de una vasta región que abarcaba grandes extensiones al norte y sur de la frontera, testigos vivos de lo injusto y artificial de esta frontera política que divide caprichosamente una tierra que siempre estuvo unida.
En nuestra primera etapa, paramos en al ciudad de Cuauhtemoc que nos depara la primera sorpresa. Allí nos detenemos y nos encontramos con otros emigrantes buscadores de paraísos allende sus fronteras, estos hicieron el camino contrario, bajaron del norte hacia el sur, son los "Menonitas" miembros de una secta religiosa fundada en Mennon Simón (1496 - 1561) disidente del anabaptismo y que con un puñado de seguidores abandonó las tierras frías de Holanda y Alemania para instalarse en 1535 en la Península de Crimea al sur de Rusia, bajo el amparo de la Zarina Catalina I fundando la llamada comunidad "Chortitza," tras trescientos años asentados en aquellas tierras en 1835 las abandonan para trasladarse al Canadá y en 1922 descienden rumbo al sur para asentarse en la áridas tierras del estado de Chihuahua.
Pareciera que para los menonitas no pasara el tiempo, visten y viven como lo hacían siglos atrás, su indumentaria los delata, su indumentaria y sus rasgos güeros (blancos, rubios, ojos claros) Son una comunidad extraña para esta tierra, una comunidad que vive aislada de sus vecinos pero en armonía y sin conflictos con ellos. 
Los memonitas a pesar de sus ancestrales costumbres han sabido rentabilizar la tierra, esta tierra yerma ellos la han convertido en una fuente de importantes ingresos, ganaderos y agricultores explotan con acierto los derivados de la leche de sus ganados, los cereales y las frutas y sobretodas ellas, las manzanas. En sus campos puede verse extensas plantaciones de manzanos, protegidos de los fríos con grandes estufas a lo largo de sus surcos y protegidos de las inclemencias que caen del cielo con tupidas redes colgantes. Gozan de un nivel de vida notoriamente superior al de sus convecinos.
Sus viviendas son diferentes a las usuales en la zona, de estilo norteño, más prácticas, más grandes, mejor cuidadas. Todas poseen un pequeño jardín delante de la casa, un jardín cuidado donde se desfogan los niños entre juegos.
Mientras caminas delante de sus casas, al contrario de lo que ocurre entre las ociosas gentes que han invadido la frontera, se les ve siempre atareados, trabajando en todo momento, ocupados, los hombres en las labores del campo, las mujeres en las labores domésticas de la casa y los niños correteando cerca de la casa o vendiendo sus productos en los cruces de carreteras. 
Dejamos atrás los campos memonitas y dirigimos nuestros pasos a las tierras de los tarahumaras. Todas estas vastas tierras de la frontera, al norte y sur del Río Grande fueron antaño el hogar de un gran grupo de indígenas que se llamo "Cochise" que se caracterizaba por ser recolectores nómadas. Según estimaciones históricas, los cochises, primeros pobladores de esta región fronteriza, llegaron hace por lo menos 5.000 años ocupando su territorio las vastas extensiones del norte de México y sur de los Estados Unidos, dando origen posteriormente a las culturas Anasazi, Honokam y Mogollón.
En sus continuos desplazamientos estos grupos de indígenas formaron infinidad de asentamientos, algunos de ellos los hicieron en las llanuras inmediatas a la Sierra Madre Occidental, sin alejarse demasiado de la cordillera, pues esta representaba una magnífica fuente de alimento. Este grupo puede ser el origen de los Tepehuanes y Tarahumaras que hoy viven en la Sierra.


Cuando los españoles llegaron a estas tierras registraron en sus estudios más de un centenar de grupos indígenas, entre ellos junto con Salineros, Tobosos, Conchos o Julimes, a los Tarahumaras. La mayor parte de estos grupos ya han desaparecido aniquilados por las nuevas culturas invasoras, primero la española, posteriormente la mexicana y más recientemente la engullidora cultura yanqui.
Viaja con nosotros el hermano de mi amiga chicana, él es médico y pasó dos años en la sierra prestando su servicio social. El conoce parte de la lengua tarahumara y bastante de sus costumbres. 
Se denominan tarahumaras a los grupos indígenas que hablan esa lengua, hoy quedan muy reducidos grupos identificados como tarahumaras, son pequeñas comunidades diseminadas por la sierra, cerrados al contacto con los blancos, los mas abundantes son los de la etnia rarámuri, que han sabido resistir la invasión cultural y social, viviendo aún hoy apegados a sus ancestrales costumbres.
Para un rarámuri que vive apegado a la creencia de que los hombres son una continuación de Dios, poco proclives a la posesión, son de la creencia que la mayor parte de las cosas son superfluas y no tienen el deseo de acumularlas, un rarámuri "solo posee aquello que el pueda portar consigo mismo," así es común ver a las mujeres con varios vestidos puestos, uno sobre el otro, cuando emigran o cambian de lugar de asentamiento portan consigo solamente lo necesario, quizás por ello no tienen costumbre de construir casas, prefiriendo vivir en cuevas, para un rarámuri las cuevas son las mejores viviendas que Dios les concede y quien posee una es un privilegiado, no existe la propiedad y cuando abandonan la cueva otro pasará a ocuparla. 


Algunos, los menos afortunados, se ven obligados a construirse pequeñas cabañas de madera, dejándolas abandonas en el momento que encuentran alguna cueva disponible. 


Viven con muchas carencias, trabajan comunalmente algunos pequeños campos de maíz, de donde extraen su aguardiente "tesgüino" bebida de sabor amargo, color ocre y alta graduación alcohólica. A la hora del reparto de la comida, son extremadamente prácticos, aun cuando pueda parecernos crueles, primero comerá el padre, si hay más comida, lo hará la madre, y si aún sobra, sólo entonces, comerán los niños. El padre es el sustento de la familia, el mas necesario y por eso come primero, tras él, es la madre la más necesaria para criar a los hijos y se alimenta en segundo lugar, por último los niños, que en caso de muerte pueden ser reemplazados por nuevos vástagos. 
En época de abundancia, en las festividades solemnes o como simple muestra de hospitalidad, los rarámuris comparten su comida con los invitados, suele ser un buen pedazo de carne de puerco (cerdo) cocido en agua y sal, sin más aditamentos. Una vez cocido, el anfitrión lo asirá con sus manos para ser el primero en probarlo, tras morder una buena porción de él, lo pasará a la persona sentada a su derecha y está procede del mismo modo, así el pedazo de carne gira en torno al grupo hasta su total consumición. Para un foráneo esta práctica es algo indigesta, morder un pedazo de carne que ha ido pasando de mano en mano y de boca en boca, dejando huellas húmedas de su transitar, causa una relativa repulsión. Pero no comer, rechazando la invitación, es considerado por los rarámuris como el mayor de los desprecios. Obviamente el "tesgüino" se bebe del mismo modo, compartiendo todos los presentes el "guaje" (Cuenco hecho con la cáscara del fruto de guaje) 
Es muy común la desnutrición entre los niños rarámuris, que unida a su falta de higiene, rara vez se lavan, les provoca innumerables enfermedades infecciosas.
Los rarámuris han descubierto que a los forasteros les interesan sus productos artesanales, hechos con materiales propios de la región, paja, semillas, lana y basuras o desperdicios que recogen para ser utilizados. Así es normal ver como calzan "huaraches" (sandalias) manufacturadas a mano por ellos y con suela hecha de trozos de neumáticos recogidos en vertederos. Estos productos artesanales los venden por las calles de los pueblos turísticos y las ciudades, cuando el forastero no les compra nada, mendigan unos pesos para poder comer.
Es común que se te acerque un rarámuri y entendiendo su mano abierta en gesto de petición te diga "kórima." En general el hombre blanco ha tomado esta palabra como una solicitud de limosna, como un modo de mendicidad, sin embargo para la cultura rarámuri "korima" significa "compartir." Entre ellos, cuando uno de sus miembros no tiene nada que llevarse a la boca, acude a otro rarámuri y le solicita "korima" éste está éticamente obligado a auxiliarlo compartiendo la mitad de lo que posea. 


Aún cuando por sus creencias no permiten que les fotografíen, pues creen que una fotografía les roban parte de su espíritu, nosotros logramos, quizá por ignorar lo que hacían, que un reducido grupo familiar nos permitiera fotografiarnos con ellos. Ríen tímidos al saberse tan importantes como para que personas extrañas se interesen por ellos y quieran posar a su lado. Era una madre, que aún es una niña, rodeada con su prole de hijos. 
Son extremadamente introvertidos, cerrados y sólo sus miradas nos desvelan su sentir, contestan a nuestras curiosas preguntas con monosílabos y muy rara vez nos sonríen. Sus nombres son españoles, no usan apellido, así un niño dice llamarse Eliseo y su apellido será el nombre de su padre, Ramón.
En estos últimos años algunos niños rarámuris comienzan a acudir a albergues donde reciben educación en su lengua tarahumara, son escuelas especiales para ellos situadas en núcleos de población cercanos a sus lugares de asentamiento. En Guachochic existe un albergue donde acuden niños rarámuris, pasan allí toda la semana y retornan con sus familias el fin de semana.
Para un rarámuri todo persona ajena a su cultura es un "chabochi" (extranjero) e incluyen en este grupo a los propios rarámuris que abandonan su cultura para integrarse en la de los blancos vecinos.
Alternamos nuestra estancia en la Sierra Madre entre rarámuris y paisajes, gozando de las maravillas que ofrece este entorno natural de la Sierra Madre Occidental, sus riscos, sus bosques frondosos, sus barrancas y cañones profundos. Visitamos la Barranca del Cobre, un cañón profundo, mayor que el del Colorado. Desde lo alto se divisa un hondo valle húmedo y fértil, majestuosos, casi inaccesible. Tierra de contrastes es esta de la frontera, llanuras y altiplanos áridos, altas montañas cubiertas por la frondosidad de su flora y enormes cañones esculpidos por la constancia de sus pequeños ríos durante siglos de erosión de sus rocas volcánicas.
De vuelta a Chihuahua visitamos el Museo de Pancho Villa, un viejo caserón denominado la Quinta Luz, rehabilitado por el ejercito y que hasta hace pocos años era la residencia de Doña Luz Corral, de la viuda "oficial" del polígamo bandolero y general, Francisco Villa. 
Pancho Villa, el "Centaura del Norte" mito, héroe y villano de esta frontera goza del privilegio de ser el único militar que ha vencido en una batalla al prepotente ejercito del norte en su propio suelo. La batalla fue en marzo de 1910 en la ciudad de Columbus, Nuevo México, USA; Villa buen conocedor de la mente humana, dedujo que sus prepotentes adversarios subestimarían su capacidad estratégica y ordenó a sus hombres que se despojaran de sus sombreros dejándolos sobre las rocas a la vista del ejército enemigo, provocando que el grueso de las fuerzas gringas atacará a los sombreros, mientras él y sus hombres los rodeaban, derrotándolos y humillándolos por primera y hasta ahora única vez en la historia.
En el pequeño Museo dedicado a este peculiar revolucionario se cantan en tono lírico las proezas de este pueblo mestizo, por el que corre sangre india y española, de este pueblo que se dice orgulloso y tantas veces es pisoteado, humillado por sus vecinos del norte, reflejándose en los documentos del museo el discurrir histórico de la frontera, la relación de fuerzas entre el poderoso norte y el humilde sur. 
A Pancho Villa le otorgaron la muerte que se da a casi todos los mitos, lo asesinaron por orden del entonces Presidente de México Victoriano Huerta, el coche agujereado en el que viajaba cuando fue tiroteado se expone en el museo como una reliquia y en la localidad de Hidalgo del Parral se sigue venerando el árbol donde fue a chocar el vehículo.


Revisando documentos descubrimos como el corrupto Santana, presidente de México, en el año 1836 en pago de una deuda cede a los Estados Unidos grandes extensiones de terreno, lo que hoy conforma los estados de Nuevo México, Texas, Arizona y California, trasladando la frontera hacia el sur, alimentando el expansionismo gringo y enclaustrando aún más a su pueblo. 
Curiosamente hoy miles de mexicanos que emigran al norte en busca del paraíso soñado, van a dar mayoritariamente a estos cuatro estados que otrora fueron su propia tierra, su país, su patria y hoy son extranjeros en ella. 
Seguimos nuestro peregrinaje hacia la ciudad mas Antigua del territorio, Santa Bárbara, capital de la Nueva Vizcaya española del siglo XVI.
Los primeros exploradores españoles que recorrieron estas tierras parece ser que llegaron sobre el 1556 era un reducido grupo de iletrados entre los que se encontraba Martín de Iradi, todo indica que encontraron oro en el área de lo que después fue Nueva Vizcaya.
Informado de hallazgo Don Francisco de Ibarra, ordena una expedición al capitán Don Rodrigo del Río y Lossa que acompañado de 30 hombres expertos en minería y ganadería fueran a colonizar la zona, fundando en 1564 la ciudad de Santa Bárbola, más tarde rebautizada como Santa Bárbara. En pocos años la población se multiplica y diez años después (1574) es nombrado Alcalde Mayor. Don Melchor de Álava.
Quizás en esta zona de las Américas colonizada por vascos españoles sea de las mejor se percibe el papel que los vascos jugaron en la Corte y en la colonias de la Corona de Castilla tras la expulsión de los judíos sefarditas. 
Los trabajos burocráticos del funcionariado de la corte era ejecutado por los judíos españoles, tras la expulsión de estos por la Reina Isabel, la corana tuvo que recurrir a los señoríos de Vizcaya y Guipúzcoa donde por razón de los fueros existía una clase política especializada en quehaceres burocráticos para ocupar los cargos necesarios para el buen funcionamiento de las instituciones, así los burócratas vascos se convirtieron el eje sustentador de las leyes, las cuentas y las haciendas de la corona en toda la extensión del reino.
Durante el siglo XVI Santa Bárbola se convierte en la avanzadilla civilizada para la colonización del norte, de esa desconocida frontera que marcaba el desconocimiento de lo que más allá de donde alcanza la vista pudiera existir, preludio de esta nueva frontera que hoy separa a los hombres del norte y del sur. A lo largo de los años desde esta localidad parten expediciones que van a explorar y evangelizar las desconocidas regiones del norte. Así entre 1581 y 1583 parten de esta ciudad hacia el otro lado de la frontera, a ese territorio desconocido que existía al norte, Fray Agustín Rodríguez, Fray Francisco López, Fray Johan de Santa María y Francisco Sánchez Chamuscado acompañado de sus soldados.
Años después parte acompañado de catorce soldados Antonio de Espejo en busca de Fray Agustín Rodríguez de quien no se tenia noticias. En 1588 Vicente de Saldivar o Zaldibar y diez años después la más importante de todas las expediciones al norte, la del renombrado Juan de Oñate, miembro de una saga de ambiciosos conquistadores sin escrúpulos, hijo de Cristóbal de Oñate, gobernador de Nueva Galicia y descubridor de las minas de playa de Zacatecas, casado con Isabel hija de Juan de Tolosa y nieta de Hernán Cortés.
Después de varios fracasos en los intentos de penetración Nuevo México por parte de hombres como Francisco de Urdiñola, Oñate suscribió un contrato con el Virrey Luis de Velasco, Marqués de Salinas, para proceder a su entrada en este territorio. Al mando de Juan de Oñate parte en 1598 una nutrida expedición que cruzara el Río Bravo (o Grande del Norte), hoy paradigma de la frontera, colonizará y conquistará para la corona española lo que hoy es el estado del norte llamado Nuevo México, explorando posteriormente parte de lo que actualmente es Arizona y Colorado, llegando hasta las llanuras de Oklahoma y Kansas. 
Mi amiga, guía y acompañante padece en Santa Bárbola una crisis de identidad, sus ojos se tiñen de melancolía al retornar a su pueblo natal, aquel pueblo que abandonó por los caprichosos juegos de la frontera. Siendo niña la arrebataron de su entorno, su familia emigró a Chihuahua capital, su padre consideró que sus hijos alcanzarían un nivel educativo más alto en la capital. 
Ella, rebelde, cuando tuvo edad decidió seguir su peregrinación tras los dictados de su corazón y cruzó la frontera hacia el norte para reunirse con el hombre que amaba, dejando atrás su pueblo, su origen y su familia, hoy que ha vuelto a visitar tras muchos años de ausencia el pueblo de sus raíces, siente la nostalgia de lo que pudo ser y no fue, viendo desfilar inmóviles las imágenes que se alejan y se acercan, guardando la distancia que el tiempo oculta entre lo que no vio, no tuvo y no necesita ya.
Un pequeño grupo de aficionados a la historia han fundado con pocos recursos y mucha voluntad e imaginación un pequeño museo en Santa Bárbara dedicado a la historia local. Entablamos una larga y amena conversación con el encargado del museo, nos muestra algunas piezas arqueológicas encontradas en la Sierra Tarahumara esculpidas por manos indígenas y que por no tener aún catalogada ni datada, no se expone al público. Así mismo nos muestra unas pinturas rupestres cuyo eje central es la planta llamada "peyote" fruto alucinógeno que es, aún hoy día, utilizado por los indios en sus festejos. Su interpretación sobre los dibujos rupestres es que se trata de una cueva utilizada como templo por los chamanes indígenas. Los chamanes son los interlocutores entre el hombre y Dios y a través de su ingestión de peyote, en su alucinación se ponen en contacto con los Dioses descifrando sus mensajes para trasladarlos a su pueblo.
Al reconocer mi origen español el encargado del museo me muestra fotos de pequeñas estancias y vallados hechos con piedras lo largo de la sierra y que son similares a los utilizados por los pastores de la cornisa cantábrica y Galicia, muestra de la colonización de ovejeros vascos en esta tierra durante siglos pasados y de los que solo quedan esas ruinosas construcciones de bordas y vallados de piedra, material que no trabajaban los indígenas.
Hora es ya de retornar al norte, de volver a cruzar la frontera política, al llegar tres aduaneros se acercan al vehículo, detectan una jaula que mis anfitriones han comprado en México y sospechan que podemos trasportar algún pájaro, mercancía prohibida, como prohibidas son las plantas, los embutidos, aves o tierra. Tienen miedo a que del sur vengan algo más que mano de obra barata, temen que lleguen epidemias incontroladas. El conductor se identifica como ciudadano yanqui y en esta tierra de enorme prejuicios raciales, mi aspecto güero me sirve, por primera vez en este periplo, para pasar desapercibido, en su prepotencia dan por supuesto que yo también debo ser un gringo y no me piden el pasaporte, su obsesión es encontrar el supuesto pájaro que ocupará esa jaula, nos revisan los rincones del coche donde podríamos haberlo escondido, pero no hay pájaro y nos permiten continuar el viaje sin revisar nuestra documentación. 


Llegamos a El Paso, la puerta del infierno, un calor asfixiante que ahoga, un paisaje desolado por el ardiente sol. Descansamos y al día siguiente decidimos cruzar la frontera caminando, como hacen cada día miles de personas que acuden a sus precarios trabajos en el norte o a efectuar sus compras en el barato sur. Llegamos al paso fronterizo y nos encontramos la frontera cerrada, un aviso de bomba en el lado mexicano ha obligado a cerrar el puente internacional, no todo es sumisión, aún anidan ansias de libertad entre los desamparados, aún los gringos no han matado la esperanza y no han enmudecido todas las gargantas.
Nos dirigimos a otro puente, del lado gringo nos cobran 50 centavos de peaje por cruzarlo. En la orilla sur nos brinda un saludo una gran pintada con la efigie del Che Guevara que lleva escrito un "VIVA CUBA LIBRE" es como un grito mudo de protesta contra el poderoso norte, para manifestarles que no todos los hispanos se dejan humillar por un puñado de dólares recordándoles que al sur de sus costas hay otra frontera que no pueden dominar.
Ciudad Juárez parece un hormiguero, bajo un sol implacable cientos, miles de personas, se mueven de un lugar a otro ganándose la vida entre trapicheos, venta de recuerdos y tecnología del norte. Una ciudad mal cuidada que enseña en el centro lo mejor de sus miserias. Cuando las sombras de la noche la cubren de silencios en sus calles pulula un ejercito de jóvenes prostitutas que venden sus favores a los vecinos del norte, a los aburridos ricos que compran su diversiones vestidas de mujer y alcohol al sur de la frontera.
Ciudad Juárez lleva su nombre en memoria del héroe indígena masón Benito Juárez uno de los personajes más gloriosos de la frontera, un ejemplo desgraciadamente poco emulado en su tierra mexicana. Un hombre digno que lucho por la libertad de su pueblo, esa libertad que cada día les es arrebatada por los gobernantes del norte y del sur. Aquí la inmensa mayoría ya han olvidado aquellas sabias palabras de Benito Juárez "El respeto al derecho ajeno, es la paz"
Paseando por la calles de Juárez el sol me exige saldar cuentas, sufro una insolación acompañada de fiebre, convirtiéndome en el hazme reír de mi anfitriona, que ve en este pobre idealista güero un ser débil que puede ser derrotado fácilmente por ese desierto que ella conquista día a día.
En mis horas de reposo y recuperación de la insolación observo el monótono discurrir de la vida en el norte, más que vivir parecieran que sobreviven viendo pasar la vida ante sí. Las calles quedan desiertas a partir de las once de la mañana y no vuelven a despertar hasta pasada buena parte de la tarde. 
En días sucesivos visitamos las localidades de la zona norte, más de lo mismo, calles y pueblos de nombre hispano que nos recuerdan el añorado pasado en el que no existía la frontera, comercios donde se ofrecen recuerdos y artesanía india en un vano intento de asumir un pasado indígena que el ciudadano gringo de a pie ya ha olvidado.
En Mesilla, el pueblito más coqueto y cuidado de la zona, vemos monolitos que nos hablan del día de la cesión del estado de Nuevo México a Estados Unidos y entre plazas, calles y placas, de claro sabor hispano, un enorme cartel nos informa que, en lo que hoy es un comercio de recuerdos indios, uno de los edificios más antiguos de la ciudad, fue tras la entrega del territorio a los gringos un juzgado, pero no un juzgado cualquiera, ya que a finales del siglo XIX en este edificio se condenó a muerte a otro mito que, como Pancho Villa al sur, debería ser ejecutado para alcanzar ese honor, se trataba de Billy The Kid (Billy el Niño)
Esta zona de la frontera, la parte sur de Texas y Nuevo México, goza del triste privilegio de ser la parte del mundo que mayor incidencia tiene el cáncer de piel, quizás por ello, los que trabajan los campos, los peones camineros, los que laboran bajo la implacable mirada del sol, los explotados, los condenados a morir asfixiados, con cáncer del piel o de hambre, son esos seres humanos apodados espaldas mojadas, hispanos de todo el continente que con sus trabajos clandestinos e ilegales hacen posible el desarrollo de la expansiva economía del sur de Estados Unidos y a los que los gringos en un ejercicio de hipocresía calvinista persiguen y maltratan, impidiéndoles cruzar una frontera artificial que quiebra y separa la que un día fue su propia tierra.
Despojados primero de su tierra, ahora se someten, permitiendo ser despojados de su dignidad por la necesidad que puede paliar un puñado de dólares.


Las fronteras son un medio sutil, sino de esclavizar sí, al menos, de mantener una inmensa cantera de ciudadanos de segunda y tercera categoría, a los que poder controlar manteniéndolos en la pobreza y así utilizarlos como mano de obra barata y sin derechos democráticos. 
Después de siglos en que parecía natural la esclavitud, se abolió, lo mismo que otros sistemas inhumanos o denigrantes como son la pena de muerte o el servicio militar obligatorio, han sido ya abolidos en los países más democráticos y humanitarios, las fronteras serán algún día abolidas en reconocimiento del derecho inalienable de todo ser humano a circular libremente por el mundo y a ganarse la vida allá donde haya trabajo. 
Llega mi última noche en la frontera, decidimos cruzarla por última vez y despedirla con música y unos tragos, mi anfitriona me invita a un concierto en el que actuará un trovador que ha puesto música a uno de sus poemas. Al llegar, un quinteto de música latinoamericana nos recibe con la nostalgia hecha canto, sus sones hacen volar la fértil imaginación a los jóvenes presentes, son en su mayoría jóvenes que añoran cruzar la frontera tratando de hacer realidad sus sueños. La música de "El cóndor pasa", les recuerda el vuelo libre de la gran ave andina, en los cielos no hay fronteras. Llegada la media noche comienza a desgranar sus versos el joven trovador mexicano César Medina, su canto es un grito de rebeldía, entre copas de margaritas de tequila y cubas libres de ron vamos consumiendo la noche y los sueños. Inmutable el tiempo se agota y llega la hora de la partida, en su despedida dedica una última canción a este peregrino llegado de, como ellos denomina,  la Madre Patria y sus dedos rasgan con más dolor la guitarra, me canta a mí, cantando a las esperanzas de todos los jóvenes que miran más allá de la frontera, una canción que Serrat compuso en homenaje a otro cantor del verso y de la libertad que tuvo que cruzar otra frontera hacia un país vecino para morir en el exilio lejos de su hogar, y todos a coro cantan con él, "Caminante no hay camino, se hace camino al andar, al andar se hace camino y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, sino estelas en la mar"
Y atrás dejamos este tierra viva, embriagada de esperanzas, que aún tiene fuerzas para seguir latiendo, aunque la hayan partido tratando de arrebatarle el alma.

 

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