ESTADOS UNIDOS

DE AMÉRICA

 

 

Con el advenimiento de la democracia a España y la política de consenso y reconciliación nacional se perseguía fundamentalmente sentar los principios democráticos y poner fin a la fraticida historia de las dos Españas. Hay que reconocer que es ese, quizás, uno de los mayores logros de la transición, sin embargo, en muchos pequeños aspectos la sociedad española sigue polarizada y manifiesta claramente esa división secular entre la España conservadora, de sacristía y esa otra España rebelde y burlona. Una de estas polarizaciones es la visión y el grado se simpatía o antipatía  que se manifiestan sobre los Estados Unidos de América.

Los Estados Unidos de América serán probablemente la nación que cuenta en España con mayor número de detractores y a la vez, la que cuenta con mayor número de imitadores.

Obviamente ese país levanta pasiones, los prejuicios que sobre él tenemos son manifiestos, unos lo condenamos a los infiernos y otros lo elevamos hasta los cielos. Son las visiones contrapuestas de los vacuos y miméticos yupis y la de los viejos rokeros.  Pero como todo prejuicio, esas pasiones son irracionales, basadas en tópicos que hemos elaborado en nuestros pensamientos sin el conocimiento necesario de la realidad de ese país.

A través de la red de internet a lo largo de los años he ido fomentando mi amistad con personas de muy diferentes países, el azar ha querido que dos personas de diferentes ciudades de Estados Unidos me hayan invitado este año a visitarlas y a convivir con ellas durante dos largos meses. Ambas son hispanas e inmigrantes, viven allí desde hace décadas y conocen bien su país de acogida.

Armado de mucha ilusión y poco equipaje comienzo mi odisea y nada más comenzarla percibo la diferencias que existen entre viajar a ese país o hacerlo a otro cualquiera. En el aeropuerto de mi localidad se niegan a facturar el equipaje directamente hasta Miami, me indican que desde el trágico once de septiembre, en los vuelos a Estados Unidos no permiten facturar los equipajes nada más que desde el mismo aeropuerto de salida.

Ya en Barajas me dirijo a las ventanillas de  American Airlines y allí, una amable señorita me somete a un interrogatorio sobre el contenido de mi equipaje, si he sido yo quien ha colocado la ropa en la maleta o ha intervenido alguna otra persona, si llevo algo que me hayan dado y desconozco su contenido, una larga e inquisitorial conversación. Más tarde, antes de embarcar en el avión, volveré a pasar por otro interrogatorio similar con relación a mi equipaje de mano, y otros tantos en cada uno de los vuelos por el interior de Estados Unidos.

Algunos amigos que me habían precedido viajando a Estados Unidos, en un intento de facilitarme el viaje me aconsejan que diga, allí donde me lo pregunten que soy europeo, según ellos, manifestarse español puede causar confusión entre los policías de inmigración por su ignorancia, al parecer según mis amigos, pocos son los que conocen el abanico de países hispanos, encasillando a todos los hispanos como mexicanos, sus vecinos del sur, trastocando sus prejuicios racistas en segregación cultural.

No hago mucho caso de tantos consejos y decido viajar con naturalidad, siendo como soy. En el avión nuevamente me muestran que viajo a un país diferente, nos entregan dos impresos del Gobierno Federal para que los rellenemos antes de aterrizar en Miami. Uno de ellos es de la aduana, donde me hacen jurar que no porto en mi equipaje flores, semillas, embutidos, animales y una larga retahíla de productos en los que pueden trasportarse, sin sospecharlo, gérmenes patológicos que puedan desatar alguna epidemia. El otro impreso es de la policía de inmigración, debo compartir con ellos mi lugar de residencia en Estados Unidos, los motivos de mi viaje, los días de estancia, adjuntan una solapa que ellos me sellarán marcando la fecha más tardía en la que debo finalizar mi estancia, deben temer que me quiera colar de rondón al país para instalarme allí. 

En el aeropuerto de Miami me encuentro con cientos de personas en varias filas, es el riguroso trámite de inmigración, observo a la gente que me rodea, mayoritariamente hispanos, con algunos, los policía encargados de interrogarlos se alargan con interminables preguntas, Delante de mí una madre y su hijo de aspecto andino son rechazados, les indican que se dirijan a las oficinas de la compañía área con la que han viajado. Mi trámite es rápido, tres o cuatro preguntas nada más, a qué vengo al país, a quién pertenece la dirección donde me alojaré y mi fecha de regreso, me sellan el pasaporte y me entregan el impreso que deberé devolver al abandonarlo definitivamente. Ese impreso lo tuve que enseñar las tres veces que crucé la frontera mexicana a mi regreso de nuevo a los Estados Unidos.

Por el contrario la aduana es un verdadero caos, cientos de maletas se agolpan en la cintas paseándose una y otra vez a la espera que sus propietarios las retirásemos, tantos trámites en inmigración retrasan la recogida de equipajes, policías acompañados de perros los pasean sobre las maletas olisqueándolas en busca de explosivos o drogas,.

Tanto trámite burocrático me transmite una sensación de culpabilidad, como si tuviera que justificarme o probar mi inocencia por no ser norteamericano. Yo sólo viajo para conocer el país y a mis amigos, y como en ello no veo culpabilidad alguna, no trato de probar mi inocencia.

Ahora valoro el avance histórico que ha sido la abolición de las fronteras en Europa, el derecho a la libre circulación de personas y también soy consciente de lo injustos que somos los europeos al cerrar de modo similar nuestras fronteras a los inmigrantes que quieren probar fortuna en nuestro continente.

Salgo del aeropuerto y una multitud de personas se agolpan esperando a viajeros que, como yo, llegamos desconociendo el físico de nuestros anfitriones. Dos amigas me esperan, yo voy escrutando una a una las caras de las personas que aguardan, de repente oigo mi nombre, mis amigas me han reconocido desde lejos, nos abrazamos, nos saludamos y salimos a la calle, el marido de una de ellas espera al volante de su coche para llevarnos a la casa en la que me alojaré mientras permanezca en Miami.

Ya en el coche observo lo que será mi primera extrañeza, el patriotismo infantil y exacerbado que muestran cientos, miles de vehículos con la bandera del país ondeando en sus carrocerías, pregunto a que se debe esa inflación de banderas por todas partes, coches, comercios, domicilios y centros oficiales, la respuesta es obvia, tras los atentados del once de septiembre el pueblo llano manifiesta su unión ante el enemigo exterior y su identidad nacional, ondeando el símbolo por antonomasia de Estados Unidos, la bandera de la unión. Iré comprendiendo poco a poco en mi estancia en este país que los norteamericanos tiene una visión muy reduccionista del mundo, es como si el mundo lo pobláramos dos grupos de seres humanos, ellos y el resto de la humanidad, viven en una especie de egocentrismo nacional, mirándose al ombligo sin ver más allá de sus fronteras.

Me llama la atención así mismo que por ninguna parte se ven personas caminando, incluso infinidad de calles no disponen de acera alguna, las calzadas están invadidas de vehículos y las aceras desiertas de gentes caminando, ni tan siquiera es perceptible que haya servicios de transporte público, salvo en el aeropuerto no he visto taxis por ninguna parte y muy escasos autobuses urbanos.

Vivir en los Estados Unidos es condenarse a vivir siempre encerrado, pasear es un lujo que no está al alcance de casi nadie y cuando lo hacen, es en lugares de lo más exótico, muchos madrugan para caminar por los pasillos de los Centros Comerciales dando vueltas al perímetro del centro entre hileras de escaparates, lo hacen temprano, antes de que lleguen los compulsivos compradores o el calor los deshidrate, otros pasean en los jardines de un hospital, un parque a su entrada con un pequeño lago en el centro es un lugar adecuado para pasear, correr o sacar al perro a que se desahogue.

La vida del norteamericano medio de ciudad es madrugar, subirse a su vehículo viajando un buen rato entre atascos para llegar a su lugar de trabajo, permanecer allí hasta bien entrada la tarde, y antes de regresar a su hogar acudirá a un “happy hour” (“hora feliz,” promociones que hacen los bares restaurantes ofertando precios más bajos y en donde picoteando un poco obvian la cena cada día) y acto seguido regresará a su casa con sólo tiempo para ver en silencio la televisión, quizás ofrecer a su familia quince minutos de convivencia antes de acostarse y volver a la rutina diaria nada más asomar el sol por el horizonte.

Es triste reconocerlo, pero viviendo en Estados Unidos es mejor en un accidente de tráfico perder una pierna a que te retiren la licencia de conducir. Sin licencia de conducir estás condenado a no poder desplazarte a ninguna parte si no es por la caridad de algún amigo que le lleve en su vehículo. Las autoridades de las Florida están promoviendo “car pool” un carril más rápido y descongestionado, el izquierdo, para aquellos vehículos en los que viajen “dos” o más personas. Todos los desplazamientos por muy cortos que sean, se hacen en el vehículo particular, lo que produce una idolatración hacia los coches, una de las manifestaciones más peculiares de los norteamericanos es su identificación con su coche, que cambian cada pocos años como muestra pública de su poder adquisitivo.

Ahora bien, hay que reconocer que quizás por su necesidad y declarado amor por sus coches o por su sumisión incondicional a las leyes, los norteamericanos son mucho más serenos, corteses y obedientes a la hora de conducir. Decididamente son personas sumamente educadas y respetuosos con sus leyes.

Quizás sea Nueva York la única ciudad importante de Estados Unidos en que sus ciudadanos no dependen patológicamente de su coche y viven más social y humanamente la calle.

Durante mis tres primeras semanas en Estados Unidos me dedico a recorrer la Florida de norte a sur y a conocer las dos Miami, la turística, la que nos muestran en películas, documentales y postales, y la otra Miami, la real, en la que sobreviven millones de miamenses día a día.

Me alojo en el suroeste, en el populoso barrio de Kendall, habitado, como todo Miami, por una mayoría hispana. Curiosamente, en mi estancia en Miami me doy cuenta que no me es necesario para vivir, conocer ni una sola palabra en inglés. El español es la lengua mayoritaria e incluso, los gringos que quieren trabajar en Miami están obligados por la realidad cotidiana a aprender español si quieren poder desarrollar su trabajo de forma profesional, pues hay una gran masa de personas en esta ciudad que no dominan la lengua oficial inglesa y salvo algunas cadenas de restaurantes netamente gringos como “Red Lobster” (langosta roja) poco frecuentado por hispanos, son atendidos por los miembros de la otra minoría racial, los negros anglos.

A lo largo de la geografía norteamericana se percibe nítidamente el desamparo y la marginación en la que vive el mundo hispano. Los millones de hispanos que trabajan y habitan en los Estados Unidos conforman la minoría más numerosa, desarrollando, en general, los trabajos mas ingratos y peor remunerados.

Para el gringo medio, persona de escasa cultura humanista, el hispano es un inadaptado al que le cuesta integrarse, una minoría que no asimila a ojos cerrados como lo han hecho el resto de la minorías, lo que los gringos consideran su envidiable cultura, manteniendo a los hispanos en el segmento mas bajo de su escala social.

Pero si eso es indiscutiblemente así a lo largo y ancho del país, los cubanos han logrado el milagro de cambiar drásticamente ese estatus en la ciudad mas dinámica del país. Aquellos primeros marielitos que llegaron a La Florida cuatrocientos años después de que lo hiciera el hispano Ponce de León por la Pascua Florida dando nombre a esta nueva tierra y fundando la ciudad más Antigua de los Estados Unidos, San Agustín. Los primeros marielitos se asentaran el la calle ocho rebautizándola como “Little Havana” o la Pequeña Habana refundando, sin sospecharlo, la ciudad mas dinámica e importante de todo el orbe hispano.

Miami y su entorno es radicalmente diferente al resto del país. Con los gringos que he tenido la oportunidad de conversar coinciden en que Miami no es U.S.A. sino los Países Unidos de Latinoamérica. El poder económico y social está en manos de gentes nacidas fuera de USA o de sus hijos nacidos en los Estados Unidos pero de clara filiación hispana, lo contrario a lo que ocurre en otras ciudades de mayoría hispana de California, Texas, Arizona o Nuevo México donde a pesar de contar con una numerosa colonia hispana, ésta ocupa el escalafón más bajo de la sociedad, no detentando ni el poder político, ni social, ni mucho menos el económico.

Hay en Miami zonas residenciales paradisíacas, islotes como Star Island sembrados de palacios lujosos con sus muelles privados en su jardín donde atracan sus majestuosos yates. Una lista interminable de lugares que indican ostentosamente el poderío económico de muchos hispanos venidos de otras tierras, son  barrios, calles o islas como Cayo Vizcaíno, Coral Gable, Coco Plum o Brikel Key.

Miami es el polo económico de la Florida y según nos vayamos alejando de él, hacia el norte o el sur, se constata como va desapareciendo la influencia hispana para dar paso a  la anglosajona o gringa.

En la Miami turística, la conocida como Miami Beach, hay zonas horteras en grado sumo, Ocean drive es el ejemplo mas paradigmático de la cursilada, ubicado en South Beach es una larga calle que corre paralela a la playa, en ella puede apreciarse como se pasean ostentosas limusinas de alquiler exhibiéndose los que desean sentirse ricos por un día, o a los hijos jóvenes de los ricos, los niños de papá, enseñando a sus colegas sus nuevos coches de diseño y una invasión de aldeanos gringos que hacen turismo en esta zona, son los denominados peyorativamente “red necks” (cuellos rojos) que hace mención a su origen campesino, a ese color que muestran en el cuello castigado por el sol en las largas jornadas de trabajo en los campos. Miami Beach es un Benidorm a lo grande, con más lujo, pero igual de hortera.

Si nos desplazamos hacia el sur, recorriendo los cayos, vamos percibiendo como va paulatinamente cambiando el paisanaje. Cayo Largo es el primer eslabón de la larga cadena de cayos que nos conducen hasta Cayo Hueso, hoy denominado en una mala traducción al inglés como Key West. 

A medio camino hacemos un alto en Isla Morada, allí vivimos en vivo una anécdota que nos muestra con un detalle que casi pasa desapercibido, como es la mentalidad de los gringos. Visitamos un gran almacén de artículos de pesca, es casi un museo, ubicado en una mansión construida en madera, probablemente a principios de siglo XX; es  casi un palacio, frente a un muelle abarrotado de yates, de los muchos que pululan por toda la costa de la Florida. En su interior se muestra el mítico yate que usó Heminway en sus excursiones de pesca, mito local que puso a principios de siglo de moda los cayos y adosada a la pared se exhibe entre cañas y todo tipo de aparejos y artes de pesca, una gran pecera donde varios enormes meros viven enclaustrados junto con otros peces más pequeños, al frente de la pecera un enorme cartel escrito en inglés anuncia a los visitantes y compradores de la tienda que “está prohibido pescar” en la pecera. Me hace gracia ese toque de humor y lo comento con mi acompañante, un  colombiano residente en Miami, él me mira serio y me responde que no se trata de ninguna broma, que el anuncio en cuestión es una advertencia muy seria a los compradores, de que allí, dentro de la tienda, en la pecera, no se puede pescar y que el cartel estará allí porque algún tarado no ha tenido mejor idea que ponerse a pescar en la misma tienda.

Los gringos son así, sumisos y respetuosos con la ley, me comenta mi interlocutor, con el cartel prohibitivo ya tienen claro que no deben hacer, sin cartel alguno pueden creer que esa pecera no es una mera decoración sino que, si hay peces, puede haber pesca.

Los gringos son fieles cumplidores de las leyes, de algún modo, demandan a las autoridades que velen en todo momento por su bienestar, es una especie de transferencia de responsabilidades desde lo personal a lo público. Si el Gobierne prohíbe fumar ellos asumen que el tabaco es malo y mayoritariamente acatan sumisos todo lo que se legisle.  En el trascurso de mi estancia observe atónito como se circulaba haciendo un uso patológico del teléfono móvil mientras se conducía. Pues bien, en esos días las autoridades de la Florida están estudiando la posibilidad de prohibir tal práctica por la cantidad ingente de accidentes que produce, el día que se prohíba tal mal uso  todos los conductores cambiaran sin rechistar su hábito en un solo día.

Las leyes no emergen en este país del deseo de la ciudadanía, sino de sus paternalistas gobernantes, ni tan siquiera es perceptible esa retroalimentación dialéctica entre pueblo y elite pensante, la participación ciudadana es a través de encuestas que los gobernantes hacen periódicamente para conocer el pulso de la vida civil. En general el ciudadano no participa de la “res publica” ni activa ni pasivamente, sólo acata lo que le ordenan.

El americano medio es un delator en potencia, la delación es vista, al contrario de cómo lo percibimos los hispanos, como una obligación ciudadana, así no es extraño que si por algún barrio determinado es vista alguna persona que por su aspecto o cualquier otra circunstancia no es del agrado de los vecinos, muchos de estos telefoneen a la policía para que lo identifique. La máxima de cualquier estado de derecho de “in dubita pro reo” aquí se voltea y, al menos aparentemente, todo ciudadano es culpable sino demuestra su inocencia.

Viajamos durante todo el día haciendo paradas en cada rincón de esta larga cadena de cayos  hasta llegar a Cayo Hueso, el más meridional de todos ellos. Cayo Hueso es una ciudad que me recuerda a Nueva Orleáns, sus edificios son del mismo estilo, casitas bajas construidas en madera, calles plagadas de bares y restaurantes de donde surge el sonido de música  country. Este islote es centro turístico importante que cuenta con merecida fama de ser el paraíso de los homosexuales de la costa este. Cada atardecer cientos de personas se agolpan en uno de sus muelles orientado al occidente para fotografiar la puesta del sol tras un islote situado frente a este cayo. No es un ocaso espectacular, pero los locales han sabido sacarle provecho, haciendo publicidad de sus puestas de sol y cada día, en las horas previas al ocaso un festival de buhoneros hace su agosto con los turistas en las explanadas de muelle.

Viajando hacia el norte desde Miami dos ciudades centran nuestro interés, Orlando y San Agustín. La primera es la muestra más explicita de la modernidad gringa, la segunda un exponente de su historia, es la ciudad más antigua del país.

San Agustín fue fundada por el español Ponce de León hace algo más de cuatrocientos años. Fue el primer lugar de lo que hoy es Estados Unidos al que llegaron los aventureros y colonizadores españoles, un monolito con una leyenda en inglés recuerda que al llegar por la Pascua Florida encontraron una tierra muy floreada, tal coincidencia de fecha y paisaje, inspiraron su actual nombre. Sus calles nos recuerdan su pasado hispano, Sevilla, Córdova con uve, Málaga o Granada son algunos de los muchos nombres españoles de sus calles y avenidas, que junto con algunos viejos edificios que aún conservan el sabor del estilo colonial son lo único hispano que conservan, ya que tan al norte aún no ha llegado la oleada de inmigrantes hispanos y aquí casi nadie habla nuestra lengua.

Orlando es un exponente claro de la diversión enlatada, sus variados parques temáticos, sus edificios seudo originales, su “down town” (Centro de Ciudad) de postal turística son un reclamo para el turismo familiar. En esta ciudad es el único lugar de Estados Unidos en que tendremos ocasión de ver paseando a familias completas, padres con hijos asidos de la mano, sonrientes y juguetones, es como un oasis de convivencia familiar en un desierto de mutua ignorancia entre miembros de una misma familia. Orlando ofrece al ciudadano una película hecha realidad en la que el participa como actor secundario en las grandes producciones, viviendo de cerca los efectos especiales de las películas más famosas.

Según las estadísticas más fiables, la familia media norteamericana dedica un promedio de quince minutos al día a la convivencia estando todos juntos. Tal desvertebración familiar choca con su obsesiva legislación de protección al menor. En Estados Unidos acariciar a un niño, hacerle una carantoña puede convertirse en un delito de abuso sexual infantil si sus padres lo denuncian. Sin embargo es normal que los niños estén desatendidos por sus atareados progenitores, coman diariamente solos en un Mc Donals o simplemente no estén acompañados ni para ver la televisión. Quince minutos diarios es toda la dedicación que merecen de sus padres, el resto del tiempo, si sus ingresos se lo permiten, los tendrán cuidados por una hispana y si no tienen recursos, pasaran el día entre autobuses escolares, clases de enseñanza primaria, clases paraeducativas, comedores escolares y frente al televisor que cada niño tiene en su habitación.

Por el contrario de la actitud de los gringos, es habitual entre los hispanos que muestren sus afectos de un modo más natural y en especial a los niños de la familia o los hijos de los amigos, sin embargo, esta naturalidad emocional crea inseguridad, últimamente muchos sacerdotes católicos están siendo acusados de abusos deshonestos, pareciera que todos los curas pedófilos radicaran en Estados Unidos, y no es así, no hay aquí más sacerdotes homosexuales o pederastas que en otros países, la diferencia radica en la exagerada percepción de estos temas; acariciar la cabeza a un niño puede considerarse un delito de abuso deshonesto, unido a la picaresca, la indefensión y el eco que la prensa y los jueces dan a este tema. Esta persecución paranoica no es patrimonio de los curas católicos, los médicos, por ejemplo, para protegerse de las innumerables demandas sufridas injustamente se niegan a auscultar a menores de dieciséis años si no están acompañados de alguno de sus padres para evitar ser acusados de abusos deshonestos, tampoco examinan a mujeres si no es ante la presencia de su enfermera.

Llama la atención que tan desorbitada protección a la integridad sexual de los menores, contrasta con la nula protección a su integridad social. En las escuelas reciben educación paraeducativa impartida por miembros de la Fuerzas Armadas y se les enseña desde niños el uso de armas de fuego, inculcándoles principios militaristas y una afición desmedida a las armas de fuego. Esta mala educación tiene sus frutos y con demasiada frecuencia salta la chispa, niños que, descuidados por sus padres, amortiguan sus frustraciones pistola en mano, asesinando a compañeros de clase y profesores. Los casos más dramáticos nos llegan como noticia necrológica a Europa, pero la mayoría de ellos no son portada por ser algo relativamente cotidiano.

Pero si los niños están afectivamente abandonados, los ancianos aún lo tiene peor, aquí los viejos son viejos en el sentido más peyorativo de la palabra. Los ancianos en Estado Unidos son como cacharros viejos, nadie los quiere. Viven solos, en la mas absoluta de las soledades, sus rostros son tristes y casi no son perceptibles en los lugares públicos. Los más agraciados, aquellos que gozan del afecto de sus hijos, son enclaustrados en asilos o residencias privadas; los otros, los que reciben el justo pago a la desatención que ofrecieron a su prole, deambulan con la mirada perdida y la sola compañía de algún animal domestico.

Es muy frecuente encontrar septuagenarios haciendo trabajos sencillos de baja o nula remuneración; embolsando las compras de los clientes en los supermercados y trasladando las compras hasta el coche a cambio de una propina, de cajeros en los peajes de autopistas o  acomodando a los espectadores en espectáculos públicos. Me comentan que la mayoría de ellos no lo hacen por necesidad económica, sino por el deseo de llenar el vacío de su existencia, después de una vida entregada entera al trabajo no tienen posibilidad de rellenar su ocio con ninguna afición, su pobre existencia la arrastran haciendo lo único que han sabido hacer en la vida: trabajar.

En una sociedad en que las demandas legales son uno de los pasatiempos más populares, éstas son usadas por los pícaros para reclamar a diestro y siniestro y sacarles su dinero a las personas honestas, las leyes paradójicamente están propiciando una gran inseguridad. Pululan por todo el país profesionales del timo legal, personas que se provocan pequeñas lesiones en el trabajo, el tráfico o en comercios y lugares públicos para demandar o aún mejor, llegar a acuerdos con la amenaza de demanda con los supuestos culpables o responsables del accidente. Caerse en un comercio, que un coche te de un pequeño golpe, que el camarero del restaurante te derrame algún liquido sobre tu cuerpo, que el médico te ausculte las zonas genitales o el cura acaricie la cabeza algún crío sin intencionalidad erótica, puede ser motivo de una demanda que tratarán de conciliar compensando a la supuesta víctima con un buen puñado de dólares.

Es curiosa esa amenaza permanente que emerge de la facilidad de pervertir los fines con los medios puestos al alcance de los ciudadanos a través de la leyes; las armas de fuego se vende libremente aduciendo que es un medio de defensa y terminan siendo utilizadas como armas asesinas contra indefensos ciudadanos; la protección del derecho individual se pervierte por el mal uso de los pícaros contra las personas honestas, los comercios están obligados a admitir durante un periodo prudencial la devolución de los productos vendidos si estos no satisfacen al comprador, los lunes un rosario de compradores devuelven a las tiendas las ropas que compraron la semana anterior y han usado durante el fin de semana; los negros amparados en las leyes antirracistas aducen racismo cuando por su comportamiento son expulsados de un trabajo o son recriminados por algún otro motivo justificado.

Es en definitiva una sociedad de doble moral, el Estado de la Florida ha prohibido el juego, sin embargo en los muelles de Miami se anuncian paseos en yate donde una vez traspasadas las millas correspondientes se convierten en casinos flotantes o en las vecinas reservas indias de micousukis y seminoles, que se rigen por leyes propias, ajenas a las del estado, se levantan enormes edificios donde los bingos, casinos y máquinas tragaperras son una oferta descarada a ese juego que dicen está prohibido en la Florida.

Esta doble moral no es exclusiva de la Florida, muy al contrario, en la Florida y más en concreto en Miami, dado su carácter mayoritariamente hispano, es menos perceptible ese calvinismo hipócrita.  Es curioso constatar que a pesar del reconocimiento constitucional de la igualdad de las razas, están siguen desarrollándose aisladas unas de otras claramente, los barrios están bien delimitados, negros, hispanos, judíos, blancos. 

Siguen confundiendo los gringos cultura con raza, en los impresos de solicitud de trabajo hay normalmente un apartado que donde debe decirse la raza a la que uno pertenece, en el primer apartado aparece escrito: etnic background – whitw not from hispanic (raza blanca – no hispanos) uno espera que a continuación pregunten si eres negro, pero sus prejuicios les impiden usar esa palabra y optan por el eufemismo de afroamericanos, más adelante vemos el apartado que hace referencia a los hispanos.  Curiosamente en una de las universidades de la Florida es su impreso de ofertas de empleo publicado en internet, vemos que haciendo uso de su mayor cultura, en el segundo apartado pregunta si eres “de color no hispano”, el lío mental que tiene montado con los hispanos no tiene parangón en su historia, ya no saben como clasificar a los hispanos. Hasta ahora les ha sido relativamente fácil engullir todas las culturas que han aterrizado en su país, pero parece ser que la cultura hispano se les resiste. En general el americano medio siempre han pensado que los hispanos éramos solo los indígenas del norte de México que explotaban en los campos, ahora ven que hay hispanos de todo color y condición y se resisten a que podamos pasar desapercibidos en su medio ambiente, por ello tratan de desenmascarar nuestra condición en todo lugar y muy especialmente en los trabajos. Los hispanos ya no sólo trabajan de jornaleros en el campo, de meseros o peones en la obras, ahora, y más cuantitativamente desde el aterrizaje y colonización de Miami por los cubanos, los hispanos ejercen todo tipo de actividades y los gringos empiezan a descubrir que hay hispanos con cabellos rubios, castaños y morenos; lacios y rizados, de piel blanca, indígenas, mestizos y negros; y ya a estas alturas algunos, los más avispados, se han dado cuenta que lo nuestro no es una raza, sino una cultura.

Unos de mis primeros días en Estados Unidos manteníamos una amena conversación en un bar un grupo de amigos, yo era el único visitante del país, en el trascurso de la conversación salió la palabra “negro” sin relación alguna al tema de las razas y me indicaron entre susurros que tuviera cuidado con esa palabra porque si la oyera algún negro de habla inglesa podría pensar que le estaba insultando, ya que su pronunciación española es muy similar a la palabra inglesa “níger”. No entendí el porqué tendría nadie que tomarla como un insulto, pero por aquello de que “donde fueres haz lo que vieres” no volví a repetirla. A los días estando en la calle ocho, en la zona llamada la “Pequeña Habana” a un amigo de raza negra mi acompañante le saludo llamándole negro cariñosamente, yo me quedé cortado al recordar lo que me habían recomendado días antes, se lo comenté a mi acompañante y su respuesta fue lacónica: “este no es un negro de verdad, es un hispano como nosotros” el negro hispano me sonrió con orgullo diciendo: “yo soy cubano y soy negro”.

El uso de eufemismos para no pronunciar la palabra negro, lleva a situaciones jocosas, así a un amigo de Guinea Ecuatorial cuando en una ocasión le llamaron afro-americano, tuvo que contestar que el era afro-africano y cuando para arreglarlo le dijeron que era de color tuvo que reponer que su color era negro.

Desde Miami me dirijo a la áridas tierras de Texas y Nuevo México; mis anfitriones me esperan en el aeropuerto, mi amiga es “chicana” (mexicana residente en Estados Unidos) su esposo es “pocho” (nacido en Estados Unidos de ascendencia mexicana) me reciben con sumo cariño, me llevan a su casa y allí observo su puerta engalanada con dos banderas de U.S.A. cruzadas, dando la bienvenida a sus visitas. Intuyo que esta declaración pública de patriotismo es como la fe del nuevo converso, una forma de proclamar públicamente su pertenencia al país que los ha acogido.

En días sucesivos fui contrastando las diferencias entre ser hispano en Florida a serlo en otros estados, el contraste es agresivo, aquí los hispanos aun siendo mayoría en muchas localidades son los parias de una sociedad dominada por los gringos.

Aquí no existe esa picardía de los hispanos de Miami, aquí se ven más sumisos, necesitan más demostrar su aceptación sin fisuras de su condición de ciudadanos americanos, aquí se entiende mejor porque entre los muertos del ejercito yanki en las últimas guerras, una inmensa mayoría son de origen hispano. Muchos jóvenes hispanos se alistan voluntarios en las fuerzas armadas para, de algún modo, verse reconocidos como buenos patriotas, mi admirado anfitrión regaló cuatro años de su vida, de su juventud, al servicio de los marines, pero no parece que eso sea suficiente para que el gobierno otorgue en justo pago la nacionalidad a su esposa, ella tiene que cumplir con la multitud de requisitos exigidos y recientemente se ha presentado al “examen” de patriota para pedir que le sea reconocida su voluntad de ser ciudadana americana.

Observo también la diferencia de la ilegalidad de los inmigrantes, a Miami los inmigrantes llegan por avión, los que quieren asentarse ilegalmente en el país portan visado de turistas, con fecha de caducidad de su estancia, en Miami hay miles, cientos de miles, de hispanos sin permisos de estancia que sin embargo hacen una vida normal, pagan impuestos, contratan seguros, compran coches, alquilan viviendas y hasta los más favorecidos por la suerte adquieren propiedades y negocios. En los estados sureños desde Texas a California, lo inmigrantes sin papeles, los tristemente conocidos como “mojados o espaldas mojadas” pasan la frontera clandestinamente, cruzando el río o el desierto, jugándose la vida o cuando menos, las despiadadas palizas de los policías de inmigración.

La paradigmática frontera aquí en la ciudad de El Paso está trazada sobre un río con dos nombres diferentes, Río Grande para el gigante del norte, Río Bravo para el rebelde del sur. Un río que marca la frontera entre los sueños y las pesadillas vividas bien despiertos.

Aquí los hispanos son la mano de obra barata que rotura y cosecha los campos, los explotados inhumanamente, los desposeídos, aquí no se percibe hispanos con las ostentosa residencias de la Florida, ni usan carros nuevos que cambien cada pocos años, aquí los más favorecidos viven en casas normales, en remolques hechos vivienda,  que pagan con mucho esfuerzo y sacrificio.

 Leyendo la prensa llega a mis manos los datos oficiales del “Almanaque de evaluación de ocupaciones” donde refleja un estudio sobre las profesiones con los salarios más altos y más bajos del país, repaso los más bajos y leo: meseros (camareros) lavaplatos, niñeras, cantineros, empleados de limpieza y sacerdotes católicos.  No hace falta ser muy avispado ni haber recorrido mucho el país para darse cuenta que esos oficios son mayoritariamente ocupados por hispanos, además de otros peor remunerados que, por su ilegalidad, no viene recogidos en ese estudio oficial. 

Sigo viajando y voy encontrándome en cada rincón más de lo mismo, gentes sumamente educados pero frías y distantes, sumisas ante la ley y delatoras ante la autoridad, con una vida rica en cantidad y paupérrima en calidad, con pocos conocimientos humanistas pero muchos conocimientos técnicos, contradicciones múltiples que afloran en pequeños detalles. Los precios en Estados Unidos son peculiares, nada hay que cuesta un dólar o siete o cien, todos los precios terminan en nueve (0,99; 6,99; 99,99 ó 999) imagino que a algún prócer del marketing se le ocurrió la feliz idea de que poner los precios sin llegar a la unidad, la decena o la centena por un céntimo sería más sugestivo y comercial que denominarlo en su verdadero precio y todo el país como autómatas lo han imitado sin que ello, cambie un ápice la valoración del cliente.

Otra de sus contradicciones más notables es la fobia casi paranoica que tienen hacia el tabaco o los fumadores, perseguidos como si fueran apestados por la nocividad teóricamente cancerígena y cardiovascular del tabaco. Sin embargo se alimentan de un modo nefasto, con comidas precocinadas, grasientas, con salsas preparadas, aditivos y demás productos de consecuencias insospechadas, la comida natural es prácticamente inexistente. El llamado estrés es común en todos los ciudadanos de todas sus ciudades, no caminan prácticamente nada, pues siempre utilizan su coche hasta para los más pequeños desplazamientos. La obesidad es una constante en el país y su tasa de longevidad les otorga una menor expectativa de vida que en Europa, siendo abrumadoramente mayor las enfermedades cardiovasculares y una incidencia similar en el cáncer de pulmón a pesar de su legislación filofascista en ese tema.

Curiosamente contrasta que siendo Estados Unidos el país más rico del mundo sus ciudadanos no gocen de seguridad social ni prácticamente de vacaciones o que estén obligados a consumir créditos aunque no los necesiten, en previsión de que si en el futuro los necesitaran estén clasificados con un alto crédito. Esta falta de seguridad social y la peculiar forma de clasificar a sus ciudadanos crediticiamente, son las dos patas donde se asienta el control, la sumisión y la inseguridad de los ciudadanos.

Cuando empiezas a profundizar en el porqué de tantas horas de trabajo, en su afán de tener más y más aunque no lo disfruten, en su obsesión por asegurarlo todo, de su correr alocado hacia ninguna parte, su sumisión casi infantil, siempre llegas al mismo lugar, su incertidumbre e inseguridad en el mañana.

 Un accidente, una enfermedad, el impago de una cuota de la tarjeta de crédito o la pérdida del empleo, pueden marcar la vida de una persona y empujarla hacia el abismo de la marginación, la pobreza, la desintegración familiar y la soledad.

Hablar del estado de bienestar, de la redistribución de la riqueza, de asegurar la necesidades básicas los ciudadanos, es en Estados Unidos predicar en el desierto, la solidaridad está ausente en el alma de su sociedad, su vacío lo ha ocupado la competitividad, el egoísmo y paranoico sueño de enriquecerse y así les va. Tienen materialmente de todo y viven en un vacío existencial, muestran al mundo su riqueza externa y esconden su paupérrima intimidad. Realmente no viven, sobreviven trabajando y consumiendo.

Y esta es la civilización que ante nuestra pasividad, cada día nos va invadiendo un poco más, paulatinamente vamos perdiendo la riqueza que otorga la familia, el humanismo, la vida social de las calles y plazas de nuestras ciudades, encerrándonos frente al televisor, embruteciéndonos en el consumismo, adulterando la rebeldía histórica que define nuestra cultura, truncando la solidaridad por ese convencionalismo frío que ellos llaman educación, olvidando la historia e hipotecando nuestro bien más preciado: LA LIBERTAD.     

  

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