ARGENTINA

Es mi última noche. Antes de acunar mis soledades entre las sábanas de una habitación deshabitada, quiero despedirme de Buenos Aires tomándome una taza de café en el emblemático Tortoni.
Este local condensa entre sus muros la vida y la agonía de Argentina; trata en vano de retener el tiempo entre sus paredes, fondeado en el recuerdo de un glamour marchito, reflejo de la decadente sociedad porteña que llora a ritmo de tango un ayer de boato hoy ajado por la perversión de sus políticos y las huecas ostentaciones de los nuevos ricos.
Argentina se mece hoy entre las melancolías de un pasado de opulencia y un presente de penurias, perpetuando una mortificación de miserias en el latido de su pueblo.

Viajo a Argentina invitado por la Xunta de Galicia para participar en el VII Consello de Centro Galegos. Quiero aprovechar el viaje para alargar mi estancia y conocer un poco de la realidad de ese rico país al que los codiciosos han empobrecido.
El enlace entre vuelos me obliga a permanecer durante cinco horas en el aeropuerto de Madrid. Los aeropuertos y las estaciones, son como cementerios habitados por muertos vivientes, un halo de tristeza deambula entre las miradas perdidas de los viajeros, anónimos personajes que arrastran sus equipajes con desgana, consumiendo el tiempo lento de la espera. 
Para mecer mi aburrimiento me he citado en el aeropuerto con unos amigos y aprovecho esas horas de asueto para actualizar nuestra distanciada amistad.

Al aterrizar en Buenos Aires nos reunen en el aeropuerto a los delegados de la diáspora gallega. Viajamos desde Europa y América en representación de ciento sesenta centros gallegos de doce países diferentes. Estamos agotados, la última escala entre Madrid y Buenos Aires dura doce horas de viaje enclaustrados en un minúsculo asiento. 
Nos dejan la mañana libre para asearnos y descansar. Durante la comida se nos ofrece un efímero acto de recibimiento y vamos conociéndonos entre nosotros. Por la tarde efectuamos una visita panorámica de la ciudad desde el autobús y recibimos los consejos pertinentes de nuestros anfitriones, recalcan con énfasis el peligro de la delincuencia que acecha en las calles de la ciudad. Nos muestran la grandeza de un pasado que se desmorona, el intenso colorido lila de los jacarandas que florecen por todos los parques de la ciudad en esta primavera austral es el único signo esperanzador que aflora ante nuestra mirada. Nos gratifican con una parada en Caminito, en el corazón del barrio de la Boca, es una estrecha calle empedrada de destartalados y coloridos edificios donde, según nos comentan, nació en sus burdeles el tango. 



Deberemos esperar a que amanezca y estrenemos un nuevo día para tener el primer contacto con la realidad y la razón de nuestra presencia en Argentina. Nos conducen a la vecina localidad de Avellaneda. En un lúgubre local exento de todo y abarrotado de nada, Perfecto Marcote, un anciano de ochenta y un años, emulando a la madre Teresa dirige el Centro Gallego de Jubilados y Pensionistas de Argentina, cerca siete mil ancianos gallegos sin recursos, condenados a mendigar durante años, han encontrado en ese rincón una última esperanza a la que aferrarse para poder ser atendidos en sus necesidades más primarias. Desde ese centro se les facilita asistencia médica, medicamentos, trámites e información para poder solicitar pensiones ante las autoridades españolas o la repatriación a su pueblo natal. Duele en las entrañas ver a aquellos ancianos que tras una guerra civil tuvieron que abandonar su pueblo y emigrar en busca de fortuna y hoy viven en la mayor de las pobrezas porque unos gobernantes sin escrúpulos les han robado los ahorros de una vida. Perfecto Marcote nos narra entre lágrimas historias reales de cómo viven la miseria miles de ancianos. Nos comenta entrecortando sus palabras con gemidos, que no va a permitir que ningún gallego piense que ha fracasado en la Argentina, pero la obstinada realidad nos muestra a ancianas desnutridas, que no se atreven a salir de sus casas aterrorizadas ante la delincuencia de su barrio. Mujeres que un día fueron jóvenes y emprendedoras, que tuvieron arrestos para embarcar rumbo a un lejano país desconocido dejando en su aldea lo poco que poseían y que hoy lloran en silencio el vacío que asola sus vidas.
No son sólo los gallegos quienes sufren los efectos del despropósito, leo en la prensa argentina que el cincuenta por ciento de sus ciudadanos malviven en la pobreza y el salario no les llega para poder comer a final de mes, un país que cuenta con once compatriotas entre las cien más grandes fortunas del mundo.
En este día recorremos las asociaciones gallegos más emblemáticass de la ciudad, tras la visita la Centro Gallego de Avellaneda decano de las asociaciones gallegas en Argentina, acudimos al Centro Galicia donde visitamos el Instituto Argentino Gallego, donde varios cientos de niños cursan estudios sufragados por el Gobierno de Galicia. Nos conmueve ver decenas de niños de origen y rasgos coreanos hablando en gallego.
A las dos debemos estar en el hotel. El presidente Fraga acompañado del Vicepresidente de la Argentina y el Gobernador de Buenos Aires nos ofrecen una recepción oficial, ambos mandatarios argentinos se esfuerzan en sus discursos tratando de convencernos de sus orígenes gallegos; aun cuando sus apellidos son de claro origen catalán e italiano. Apelan a la solidaridad argumentando que antaño fue Argentina quien ayudó a España y hoy debe ser España quien socorra a los argentinos. Y no les falta razón.
Por la tarde, y fuera de programa, acudimos al Teatro Alameda, allí en un acto solemne la Universidad Fasta (Fraternidad Agrupación de Santo Tomás de Aquino) nombra Doctor Honoris Causa al presidente gallego. 
Es el segundo discurso en un día que escucho a Manuel Fraga y es la segunda vez que tiene que reprimir sus lágrimas. La emoción unida a la edad le vencen cada vez que habla de los emigrantes, no es ficticio, su voz se entrecorta y se esfuerza en disimular sus sollozos. Esta escena se repetirá cada día en todos sus discursos, este anciano que antaño gobernara con mano de hierro, es ahora vencido por la emotividad y el sufrimiento de sus paisanos.
Me despierta admiración la identificación de los emigrantes con el país de acogida, los argentinos aman su país de un modo no excluyente, gentes nacidas en Italia, España, Corea o Eslovenia manifiestan su amor sincero al país que supo acogerlos sin renunciar a su país de origen. Lo opuesto a lo ocurrido en los países europeos, donde los emigrantes siempre han sido considerados extraños, aun cuando las dictaduras del cono sur, provocaron oleadas de exiliados que fueron acogidos con los brazos abiertos en España y en el resto de los países de la Unión Europea.
Al caer la tarde visitamos el hospital y las instalaciones del Centro Gallego de Buenos Aires, en el discurso de bienvenida su presidente comienza con una interrogación retórica dirigida a los que llegaron a Argentina en los años cuarenta, les pregunta si hubieran imaginado que un día tuvieran que venir desde Galicia a auxiliarlos. Evoca el puerto de Vigo, las lágrimas de sus madres viendo partir a sus hijos, aquellos hijos que no volverían a ver, que huían de la persecución y la miseria de la posguerra española y ahora, en el ocaso de su vida van muriendo de soledad y pobreza en la Argentina. Buenos Aires ha sido, afirma con rotundidad, la cuna de la moderna cultura gallega. Y no le falta razón, en la larga noche de silencios que enmudeció España, Buenos Aires se convirtió en la capital cultural de Galicia, allí se escribieron las páginas más emblemáticas de nuestra cultura y por si alguno lo dudara, nos muestran en el hospital la habitación donde murió el más egregio de los gallegos del siglo XX Daniel Rodríguez Castelao; conservan la habitación tal y como estaba aquel 7 de enero de 1950 en que la muerte rugió bajo su almohada. Hoy en la Argentina que lo acogió con tanto cariño cuando tuvo que exilarse de España, musito en silencio una de sus frases más conocidas y que tan bien se acomoda al drama actual que vive este generoso pueblo "Xa ves, mexan por nós e temos que decir que chove" 
De vuelta al hotel varios de mis compañeros de autobús discuten si los hijos de la diáspora gallega en Argentina son más numerosos que los gallegos que viven en la propia Galicia. No se ponen de acuerdo. 

Antes de que el reloj desvele mis insomnios me levanto, es sábado, el día medular de nuestra estancia en Argentina, hoy celebramos la Sesión Plenaria del Consello. Los discursos de los políticos se suceden uno tras otro, comienza el Presidente Fraga, le siguen tres conselleiros, el embajador de España, los rectores de las tres Universidades Gallegas, el Presidente de la Academia de la Lengua, portavoces de todos los partidos con representación parlamentaria y un sinfín de personajes de segunda fila, repitiéndose unos a otros con discursos huecos que nada interesante aportaban a la problemática que allí nos reunía. 
La esencia de nuestro encuentro era la discusión de cuatro ponencias y una decena de aportaciones sobre viabilidad en el futuro de los centros gallegos. Dilapidado el tiempo por los políticos, los participantes en el Pleno tenemos que conformarnos con sólo una hora para desarrollar la defensa de ponencias y aportaciones. Hay prisas, un almuerzo multitudinario nos espera, nos dan tres minutos a cada orador para presentar una síntesis de nuestros trabajos. En los rostros de los delegados tras los discursos políticos se asoman con descaro los gestos de aburrimiento y los bostezos. Tengo que intervenir y me gustaría atrapar la atención de mis oyentes, quiero comenzar con una frase que los despierte de su tedio y mientras van desgranando sus discursos los oradores que me preceden, pienso que la razón que allí nos congrega es, ante todo, nuestra condición de gallegos. Decido entonces abrir mi disertación con una frase lapidaria. Subo al estrado y tras unos segundos de silencio mirando fijamente a los rostros de mis oyentes, proclamo: Yo no soy gallego.
He atrapado su atención, lo percibo en sus gestos de extrañeza de que alguien que afirma no ser gallego esté representando a la comunidad gallega de mi ciudad. Seguidamente lo aclaro: fui sentenciado a nacer en una tierra extraña condenado por el exilio económico de mis progenitores.
Clausurada la sesión matinal embarcamos entre prisas en el autobús para dirigirnos al polideportivo del Centro Gallego donde nos espera una multitudinaria comida de homenaje al Presidente de la Xunta. Dos mil quinientos comensales rompen en un estruendoso aplauso cuando Fraga entra en el recinto. Tras los aplausos, los discursos, nuevamente la congoja se asoma en los ojos de Don Manuel, el homenaje parece un acto electoral donde políticos argentinos con su oratoria monocorde nos aburren con más, mucho más de lo mismo. Un numeroso grupo de gaiteros ponen punto final al acto y casi corriendo salimos del recinto para proseguir con la sesión vespertina del Pleno de Consejo.
Por primera vez no nos sentaremos juntos en torno a la mesa. Nos conceden libertad para que cada cual opte por acudir a cenar allá donde le plazca. La mayoría, asustados por los agoreros de infortunios que nos advierten de la amenaza permanente de la delincuencia, prefieren el calor de rebaño y en grandes grupos salen juntos a cenar. Yo me he citado con dos amigas bonaerenses para desvelar la noche en su compañía, me invitan a conocer uno de los locales más porteños de la ciudad, el Homero Manzi donde actúa Virginia Verónica, amiga de una de mis acompañantes y una de las jóvenes promesas del tango, les convido a la cena. El restaurante es un viejo local decorado estilo años cincuenta, de ambiente decadente, pero acogedor. Me llama la atención el camarero que nos atiende, sin disimulos trata de cortejar a una de mis acompañantes, debe creerse irresistible y mi amiga con fina ironía le sigue el juego, alimentando su ego de tenorio. Al finalizar la actuación la cantante se acerca a nuestra mesa, mi acompañante me la presenta y charlamos durante largos minutos. 
Abandonamos el local pasadas las dos de la madrugada, mientras viajamos en taxi rumbo a nuestros destinos, observo la vida en la noche porteña. Viendo el discurrir vital de esta noche de sábado, nadie diría que estamos en un país que padece una grave crisis económica, infectado de una delincuencia desbordante. Una multitud de jóvenes se desparraman en las calles de ambiente nocturno y cientos de coches recorren sus calles.

Con las primeras luces del alba se despiertan mis legañas, me aseo entre bostezos, desayuno y me dispongo a patear las calles junto con otro compañero del Consejo. Caminamos hasta el Mercado de la Pulga ubicado en San Telmo, tenemos que cruzar un barrio de mal presagio, donde, según se dice, hay mucha delincuencia, es un barrio de casa desvencijadas que han sido ocupadas por inmigrantes peruanos sin trabajo y donde la marginación y la droga les condena a delinquir para poder sobrevivir. Un paseo de dos horas sin incidentes. Al retornar al hotel nos enteramos que varios representantes de la galleguidad cubana han sido atracados en las mismas calles por donde nosotros hemos paseado.
En nuestro último día de vista oficial nos conducen hasta la localidad de Vicente López, nos espera una romería gallega en el Centro gallego de Carballiño. Somos recibidos entre aplausos por un grupo de mujeres que forman un pasillo en el patio de entrada, al fondo, en los jardines, un grupo de jóvenes nos sirven empanadillas y bebidas, varios hombres asan al estilo gaucho grandes costillas de vaca ensartadas en unas garrochas circundando una lumbre de brasas.
Tras la romería, el almuerzo y en la sobremesa un espectáculo de tango y folclore gaucho, se dilata el tiempo y cuando anuncian la queimada tenemos que abandonar el local sin tiempo de probarla, nos dirigirnos de nuevo a Buenos Aires, en el Teatro Alameda nos espera un espectáculo de ensalzamiento del mestizaje. Comienza con una escenificación de la historia de tango que discurre a través del Siglo XX, desde los tiempos en que el tango sólo lo bailaban los hombres y era condenado por pecaminoso por la Iglesia, hasta nuestros días donde goza de ser la más firme expresión de la desgarradora vida bonaerense. 
Tras los tangos actúa Lorena Lores, una joven argentina de origen gallego que compone música gallega con acento argentino. Nos comenta que viajará a España y los representantes de la Irmanadade de Centros Gallegos de Euskadi le ofrecemos actuar en Ondarroa en las próximas jornadas de Galicia en Euskadi.
Cierra el festival Susana Seivane, gaitera gallega. En su actuación despierta las melancolías de los muchos gallegos argentinos que se han dado cita y se alternan en el patio de butacas los aplausos y las lágrimas.
Durante el concierto está sentada a mi lado una señora que preside uno de los centros gallegos de Buenos Aires, profesora de inglés en una escuela pública de un barrio marginal. Charlamos en los descansos, me narra detalles sueltos de las carencias de sus alumnos, muchos de ellos se alimentan exclusivamente de lo que comen en la escuela y me cuenta un incidente emotivo protagonizado por un niño que no quería ir a la escuela porque no tenía zapatos y debía caminar descalzo. A continuación me confiesa la situación de su familia. Su madre, anciana enferma de alzheimer, que vivía hasta hace unos meses sin recursos cuidada por su hija, a través de la Fundación Galicia Emigración ha conseguido que le otorguen la pensión no contributiva española y la financiación del 80% de los medicamentos, cambiándoles la vida.
La pensión no contributiva asciende a 1.200 € semestrales y esos 200 € mensuales que en España no nos llegaría para comer una semana, allí son similares a un buen salario de un trabajador en activo.
La cena de despedida es en un restaurante moderno de la zona recuperada de los destartalados almacenes portuarios de Puerto Madero, seguimos sin probar el pescado, todos nuestros ágapes han sido de carne, una carne esquisita.

Un sol reluciente quiere despedir a los participantes en el pleno. Hoy lunes parten hacia sus destinos la mayoría de los miembros del Consejo de Comunidades Gallegas. Yo me quedo una semana más en Argentina, quiero conocer el latir de ese pueblo y mi primera visita acompañado de una amiga nativa es el cementerio de Chacarita. Quizás por ser originario de la Costa de la Muerte, por esa cultura ancestral de mi tierra que aparea la vida con la muerte, tengo tendencia a visitar los cementerios de los lugares a los que viajo. 
Me llama la atención la grandeza de sus panteones, visitamos en primer lugar el de los gallegos ilustres, allí descansó el cuerpo inerte de Castelao hasta que floreció en España una nueva primavera de libertades y fue repatriado, el panteón es una iglesia de granito imitando el estilo románico con varios sótanos donde descansan en nichos cientos de gallegos que un día partieron en barco hacia América y nunca retornaron. 
Mi amiga conoce mi debilidad por Alfonsina Storni, el personaje argentino que más admiro, me invita a visitar su panteón. Una tumba austera cobijada bajo la sombra de un ceibo en flor, es una figura de mujer imitando a una esfinge egipcia en granito rojo. El azar quiso que el empleado de mantenimiento del panteón de Alfonisa sea el padre de una de las hijas de mi acompañante y que estuviera en ese momento presente en el cementerio. Se brinda a abrirme la puerta para que pueda visitar el interior. Una estancia pequeña de no más de dos o tres metros cuadrados pintada en blanco con una gran cruz de mármol incrustrada en la pared, se conserva su ataúd bajo un pequeño altar en el que destaca un texto enmarcado de su hijo a modo de despedida. 


Seguimos paseando entre las calles estrechas del cementerio, nos detenemos ante el panteón de Carlos Gardel donde están rodando alguna película. 
Desde allí tras tomarnos un café para quitarnos el regusto a muerte nos dirigimos en el "subte " al centro de Buenos Aires a visitar el Teatro Colón, uno de los de mejor acústica del mundo, símbolo del esplendor añejo de Argentina.
Mi amiga cicerone es gordita y no está acostumbrada a caminar durante tantas horas. Está agotada de tanto pasear pateando las calles porteñas, a las cinco de la tarde han acordado relevarse y esperamos en un café a otra amiga que la sustituya. 
Con mi nueva compañera bajamos por la calle Corrientes en dirección a la Plaza de Mayo, visitamos la catedral, al llegar a la Casa Rosada me muestra hasta donde llega la crisis, sólo una de sus fachadas está pintada de rosa, las otras tres han perdido el color y muestran un ajado pálido. Nos detenemos a observar a un grupo de piqueteros que esperan a las puertas de la Casa Rosada la salida del presidente de la nación para increparle con reivindicaciones e insultos. Mi guía rebosa patriotismo por todos sus poros, un patriotismo cándido, se queja de los Testigos de Jehová acusándolos de antipatriotas porque sus creencias no les permiten festejar los días patrios, trato de explicarle sin convencerla que en Europa, salvo las minorías fanáticas nacionalistas, son mayoría los ciudadanos que viven ajenos, cuando no enfrentados, a todos los símbolos patrióticos, que las banderas son sólo telas de colores que no tienen significados sagrados y las fronteras han sido inventadas para dividir a los pueblos. No creo que me escuche, ni que entienda el significado profundo de mis convicciones universalistas.
Al caer la noche y refugiarme en mi habitación bosteza la soledad entre las paredes impersonales del hotel. Es el precio del viajero solitario. 

Alargo mi sueño más allá de la prudencia, hoy no tengo ninguna cita matutina. Dedico toda la mañana de martes a callejear por la ciudad y hacer algunas compras. 
Por la tarde otra amiga me lleva a la sede de las "Madres de la Plaza de Mayo". Mi acompañante dirige un programa radiofónico y es conocida por las responsables de la organización. La sede está ubicada muy cerca del Congreso, en la Avenida Mayo, es un local amplio y muy austero. Tienen abierto al público los servicios de su improvisada librería y cafetería. Una anciana nos recibe para mostrarnos despachos, salas de reuniones y la colección de obras de arte y placas de homenaje que han ido acumulando a lo largo de su dilatada vida reivindicativa. Nos habla con pasión de que no desean mirar hacia atrás, sino dirigir sus esfuerzos a construir el futuro, pero sin olvidar el pasado negro de su historia. Subimos a la primera planta donde han improvisado una pequeña universidad popular y una biblioteca. Charlamos relajados con la anciana sin que en ningún momento de muestras de rencor o deseo de venganza por la perdida de su hijo.
Cae la noche, me encuentro agotado tras doce horas caminando entre calles y edificios. Me retiro al hotel sin cenar, de nuevo la noche me mece en su silencio, la soledad se acomoda entre mis sábanas. Enciendo el televisor para escuchar las noticias, los políticos anuncian para el próximo mes de enero una subida de los salarios y pensiones, el salario mínimo interprofesional que cobran cientos de miles o millones de argentinos será de 350 pesos mensuales, el equivalente a 110 € o
17.500 de las antiguas pesetas.

Amanece un día lluvioso, para amortiguar el cansancio hoy mi amiga viene acompañada y con coche. Un amigo común se ha ofrecido a conducir el coche de mi amiga y recorrer los alrededores de la ciudad visitando monumentos de políticos "héroes libertadores" , alejados de las rutas turísticas, barrios periféricos y zonas de ocio popular y en el trayecto vemos varios barrios de los allí llamados "Villas Miserias" enromes descampados que han sido invadidos por miles de chavolas donde malviven los desheredados. Mi compañero mientras conduce muestra su rabia y manifiesta un abstracto deseo de que el ejercito ponga fin a estos barrios y a sus ocupantes. Comemos en su casa. Por la tarde me he citado con un joven universitario de aficiones musicales y poéticas, charlamos relajados en torno a un café sobre nuestra afinidad común a la escritura, las horas se diluyen en el reloj como los versos de un poema entre las estrofas, el día lluvioso nos ha traído imprevistamente el frío y él vive a dos horas de trayecto desde Buenos Aires, lo acompaño hasta el colectivo y nos despedimos.

Adelanto mis insomnios, despertando antes de que el sol me salude filtrando sus claroscuros entre las rendijas de las corinas de mi habitación. Madrugo, el barco que me conducirá hasta la República Oriental de Uruguay zarpa a las ocho de la mañana, tres horas de navegación cruzando el Río de la Plata para arribar a Colonia de Sacramento, la ciudad más antigua del país y enclave declarado patrimonio histórico de la humanidad por la UNESCO. Lo primero que me llama la atención es que en Uruguay la afición a tomar mate es mucho más evidente que en Argentina, personas de todas las edades caminan con un termo bajo el brazo, observo a unos jóvenes reunidos en la orilla de la playa con sus transistores a todo volumen en torno a un termo de agua caliente, el cuenco con el mate absorbiendo el brebaje con la típica bombilla plateada. 
La joven que nos guía en nuestra visita a la pequeña ciudad muestra en sus palabras el orgullo de estar revelándonos los tesoros arquitectónicos más antiguos del país, ruinas, iglesias y edificios del siglo XVIII. No atesoran gran valor artístico ni histórico. Comento a mi acompañante que en cualquier pueblito de Europa se puede encontrar edificios mucho más antiguos. En ese momento soy consciente de la juventud de estos países poblados mayoritariamente por emigrantes europeos y sin apenas indígenas, de su ingenuo patriotismo y de la facilidad de integración que ofrecen a quienes se instalan en su país. Su carencia de identidad historia les empuja a imaginarla.


Los mismos políticos que han desangrado el país llevándose las divisas a USA o Europa, les convencen con palabras huecas y verdades regaladas de las grandes mentiras que encierra su patriotismo. En la prensa y en la televisión cada día veo como los gobernantes señalan con su dedo acusador a las empresas venidas de fuera como los verdaderos culpables de la crisis, ocultando que el verdadero cáncer de la sociedad anida en la corrupción de esos mismo oradores que, investidos de una falsa dignidad, han saqueado las arcas del erario público y han bloqueado los ahorros del pueblo condenándolos a malvivir sin que puedan reintegrarse de los saldos que tienen depositados en los bancos. Reclaman al Fondo Monetario que condone la deuda externa, pero nadie reclama a los propios argentinos que tienen sus divisas colocadas fuera del país y que asciende a un importe superior al de la deuda, que las repatríen para evitar la pobreza.
Uruguay fue antaño una provincia de Argentina, hoy los 33 militares que encabezaron la revuelta que les llevo a la independencia son adorados como héroes libertadores, pero su economía depende básicamente del país vecino y si Argentina está mal económicamente, Uruguay está aún peor. 
Mi última visita en Uruguay es a la iglesia, la más antigua del país, de estilo ecléctico entre el colonial portugués y español, me detengo ante la talla de una virgen custodiada entre banderas patrióticas, es la Virgen de los 33 Orientales a sus pies un pequeño cartel informa que el Papa recientemente ha consagrado esta virgen en honor a los 33 libertadores del país.
De nuevo zarpamos para cruzar el Río de la Plata, ya ha anochecido, a lo lejos divisamos las luces de Buenos Aires, el día declina y al llegar al puerto un enjambre de taxis nos ofrecen sus servicios. Nuevamente el cansancio me vence y me acuesto sin cenar.

La mañana del viernes paseo mi soledad por el centro de la ciudad, un grupo de ahorristas aporrea la puerta blindaba de un banco, reclaman sus ahorros, pintan sus fachadas con textos reivindicativos donde llaman ladrones a los bancos y exigen la devolución de sus ahorros, el tristemente famoso corralito sigue vigente. Amparados en una ley injusta los ahorros depositados en dólares los han reconvertido a pesos aplicándoles un cambio usurero y sin posibilidad de reintegro si no es para adquirir un coche o un apartamento, no contempla la ley que haya quien necesite sus ahorros para alimentarse. Cada día me cruzo con pequeñas manifestaciones, empleados de educación, de sanidad, ahorristas, parados y piqueteros se suceden cada jornada colapsando las calles céntricas de la ciudad.
El rey de España acaba de partir hacia Bolivia tras una corta visita a Argentina, la prensa se hace eco de los desaciertos de protocolo y critica con dureza las inversiones de las empresas españolas. Para los políticos cualquier circunstancia es buena para señalar a otros y justificar su propia inoperancia.
Por la tarde me he citado con dos amigas en el café Tortoni, quieren que conozca este templo del ocio bonaerense donde antaño se reunían los bohemios y hoy es una especie de café museo para turistas y curiosos. Cenamos en un restaurante español y a los postres viene a recogernos el hijo de una de ellas, quiere mostrarme el ambiente nocturno, las calles por las que deambulan los travestis ofreciendo sus servicios o los lugares de ocio más actuales.

Con lentitud se va deshojando el calendario acercándome al final de mi periplo argentino, hoy viajaré a Tigre una localidad en el delta del río Paraná. Conduce el coche un hijo de mi amiga, trabaja en el Gobierno en un departamento de medio ambiente. Lleva en una bolsa una pequeña tortuga que una ciudadana cansada de su mascota ha entregado en su departamento. Es un enamorado de la fauna nativa y muy particularmente de las aves. Me narra con pasión su estancia en las selvas de Chaco instruyendo a los indígenas en la explotación sostenible de los loros. Me cuenta que hasta hace poco tiempo talaban los árboles donde descubrían nidos de loros para apresar a las crías. Hoy un programa del gobierno les ha facilitado material para escalar a los árboles y atrapar a las crías de los loros dejando siempre una en el nido para perpetuar la especie. Su trabajo consiste en perseguir a los traficantes de animales y los productos derivados. Al pasar delante de un puesto de venta de pieles me muestra un cinturón hecho con piel de carpincho, animal protegido que los furtivos siguen matando para comercializar su piel. 
Navegamos por los canales cercanos a Tigre, cientos de pequeños islotes habitados, lujosas casitas de madera donde la burguesía porteña descansa los fines de semana se alternan con otras abandonadas o en ruina, una imagen paradigmática de los contrastes de la Argentina actual. Bordeamos un islote donde una cuidada casa de madera se expone enjaulada tras una enorme vidriera que la protege de las crecidas y la humedad reinante, escucho como uno de mis acompañantes explica a su esposa que esa casa perteneció al presidente Sarmiento, prócer de esta comunidad, que puso de moda durante su mandato este delta para el descanso de los bonaerenses. No repara en elogios al político, calificándolo de un adelantado para su tiempo. 


Tigre cuenta con un mercado donde llegan en barcazas los productos del campo desde la provincia de Entre Ríos. Mimbres, frutas y una importante industria artesanal de flores secas, además del turismo, son las fuentes de su economía. 
Una vez en tierra firme nuestro guía nos acompaña a hacer algunas compras en su animado mercado y mientras paseamos por las calles de la ciudad corre raudo a preparar su cámara fotográfica. Ha visto un zorzal albino picoteando en el jardín de una vivienda, le dispara varias instantáneas y me informa que ese ejemplar es muy raro, que en el mercado negro algún caprichoso pagaría una fortuna por él. Sería fácil atraparlo pero es ilegal y el joven se da por satisfecho con las fotografías y el hecho de haber tenido la fortuna de verlo. Toma nota de la dirección de la casa para volver en otra ocasión, según mi informa, los zorzales son muy sedentarios y con absoluta seguridad tendrá su nido cerca del lugar.



No hay gallo que me cante y acune mi despertar en este último día en Argentina, ni tan siquiera llega a mi habitación el sonido de los pajarillos que anidan en los jacarandas floridos. Rompe mi sueño el estridente sonido del teléfono, me esperan mis dos amigas para visitar la feria de Matadero. Como cada domingo los gauchos bonaerenses se reúnen a las puertas del antiguo matadero de reses y organizan su fiesta y su mercado. Competiciones de jinetes al galope armados de un fino palillo que deben introducir en un pequeño aro, grupos de música popular, comidas típicas de la pampa y un sinfín de tiendas con productos artesanales nos consumen las horas hasta bien entrada la tarde. 
El sol se despide a la hora exacta que yo me despido de mis amigas, quizás sea esta una despedida verdadera, de esas que son para siempre, como aquellas otras de los años cincuenta en el puerto de Vigo, cuando miles de emigrantes gallegos empujados por la pobreza embarcaban rumbo a una tierra prometida. Hoy Argentina me evoca aquella vieja España, los mismo personajes con cincuenta años más a sus espaldas que quieren volver a embarcarse, esos mismos son hoy empujados por la misma pobreza y quieren retornar para morir en la aldea que un día les voy nacer.
Camino solitario por las calles en mi última noche en Buenos Aires y antes de acunar mis soledades entre las sábanas de una habitación deshabitada, quiero despedirme de Argentina tomándome una taza de café en el emblemático Tortoni.

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Actualizada el 07.12.03