A BÉLGICA, HOLANDA Y FRANCIA

CON EL GRUPO FOLCLÓRICO TRISQUELE 

 

Con Luna llena y las carreteras saturadas de vehículos comienza nuestro turístico viaje de visita a Bélgica, Holanda y Francia. El grupo folclórico Trísquele de la Casa de Galicia en San Sebastián organiza cada año por Semana Santa una excusión turística y este año me he sumado al grupo. Viajo con mi mujer. El grupo lo formamos los jóvenes y los niños del grupo, varios miembros de una coral, gente diversa de la Casa de Galicia y algún amigo perdido. En total unas cincuenta personas de diferentes edades, desde niño a ancianos, un grupo variopinto.

Como un mal presagio de lo que nos espera, nos encontramos un enorme atasco producido por un camión que se ha cruzado en medio de la autopista, tardamos casi una hora en recorrer los escasos veinte kilómetros que separan San Sebastián de la frontera francesa. Partimos por la tarde del miércoles santo, queremos aprovechar el atardecer para recortar la distancia que nos separa de Bruselas, primera etapa de nuestro viaje. Dormimos en un hotel a pie de autopista en Saintes para proseguir temprano el viaje. Al atardecer del jueves arribamos a la anodina Bruselas, no vemos nada de la ciudad, llegamos desfallecidos después de todo un día de viaje enclaustrados en un autobús con las paradas obligatorias del conductor y las ineludibles para alimentarnos y evacuar nuestras necesidades. 

Los responsables del viaje han organizado la intendencia con todo lujo de detalles, cuando paramos para comer, en unos minutos organizan una cocina de gas, mesas y el servicio, llevamos desde jamones a caja de botellas de vino, carnes y charcutería, todo lo necesario para organizar las comidas sin perdidas de tiempo. Juan, un señor entregado voluntariamente al trabajo en silencio, es el alma de este éxito, cada mañana se levanta temprano y hace la compra, él está atento a todas las necesidades, es el último en comer y el primero en el trabajo. 



Nos alojamos en un hotel en las afueras de la ciudad, desde la ventana vemos el Atomium, cenamos en un restaurante griego y retornamos al hotel a descansar. Un largo y tedioso día consumido en esta moderna cárcel rodante. Dedicaremos el viernes a conocer las ciudades de Gante y Brujas, bellos ejemplos del estilo flamenco. Sus casas adornadas con los típicos frontones escalonados, sus viejas iglesias y sus calles empedradas. Ambas ciudades son dos bellos ejemplos de que el respeto por la historia no está reñido con una ciudad moderna. Sus calles y sus plazas están concurridas en este día soleado, sus terrazas abarrotadas de jóvenes, son dos lugares que trasmiten vida.

En Gante tenemos el primer susto, Laura la niña más joven del grupo se pierde y no nos damos cuenta hasta llegar al autobús, de inmediato un numeroso grupo nos dispersamos y salimos en su búsqueda, la niña en un acto de madurez impropio de su edad, sólo tiene siete años, se queda esperando, aparentemente tranquila, en el mismo lugar donde se ha quedado despistada observando un carrusel, cuando llega el primer joven que la ve, ella se abraza a él y rompe entre gemidos a llorar, nos comunicamos por teléfono que ya ha sido localizada y todos volvemos al autobús. El susto ha concluido.



Llegamos a Brujas a la hora de la comida, comemos en grupo antes de salir a visitar la ciudad, al subir a una acera mi mujer se tropieza y se daña el tobillo, trata de seguir unida al grupo con fuertes dolores, pero no puede proseguir y los dos regresamos en solitario al autobús. Nos quedamos sin conocer Brujas. Por la noche el dolor no cesa y decidimos ir a un hospital. Las dudas nos asaltan y algunos compañeros de viaje ejercen de agoreros de infortunios asegurándonos que no nos atenderán sin previo pago. Mi mujer ha sido más precavida que yo y lleva consigo la tarjeta de la Seguridad Social. Con toda amabilidad y profesionalidad nos atienden en el hospital, tiene una fractura, le vendan con yeso la pierna y la medican con antiinflamatorios, dudamos si retornar a España o proseguir el viaje hasta el final. Preguntamos si debemos abonar la atención médica y nos contestan que enviaran la factura a la Seguridad Social española. Así mismo nos facilitan el número de teléfono de la Cruz Roja indicándonos que quizás nos presten una silla de ruedas. Llamamos y nos dicen que pasemos por allí, el taxista que nos lleva se ofrece a ayudarnos, pasará media mañana con nosotros haciendo de interprete y prestándonos auxilio en todo lo necesario. Provistos de la silla de ruedas, comenzamos nuestro peregrinar por Bruselas. Horas más tarde comprobaremos que no todos los taxistas son iguales, en uno de los viajes en taxi desde el cetro de la ciudad al hotel, mi mujer cae de bruces en el suelo, el taxista que está a su lado se queda impasible, la mira y prosigue con su trabajo, quizás el hecho de ser mujer le reste el valor humano a los ojos de un taxista musulmán.

Para nuestra desgracia la capital de Europa es lo más incómodo que uno se pueda imaginar para circular con una silla de ruedas, barreras arquitectónicas por doquier, ninguna acera tiene rebajada su altura para que se transite con ruedas, calles empedradas y aceras estrechas. Una ciudad donde un tercio de su población son inmigrantes debe contar con toda seguridad con un importante Centro Gallego. Y así es, por la noche cenamos en el Centro Gallego, en el programa de viaje está previsto que tras la cena participemos en el rito de iniciación en la "Enxebre e Pelegrina Cofradía da Queimada" al Director del Centro. El comedor está en el primer piso, no hay ascensor y entre un grupo de jóvenes suben a mi mujer en brazos por la majestuosas escalinatas del Centro. No viaja con nosotros el Druida que oficia estos actos y debo suplirle en la ceremonia, como preámbulo improviso una adaptación del mito de Prometo y Pandora, un juego mítico entre el fuego de la queimada y la sabiduría popular. Nuestros gaiteros alternan con los gaiteros belgas y los cantos en eusquera de los miembros de la coral que nos acompañan, bailan muiñeiras y la fiesta se convierte en un fraternal encuentro entre los venidos de fuera y los hijos belgas de los emigrantes gallegos. Tengo la impresión de que el homenajeado no esperaba un acto tan solemne y se siente muy emocionado. Nos enteramos que la joven Verónica que próximamente representará a Bélgica en Eurovisión es miembro del Centro Gallego y cantará una canción acorde a su origen mestizo, con letra en flamenco, francés, gallego y español. Los jóvenes de uno y otro país deciden irse juntos a festejar la noche, los mayores nos retiramos a descansar.

RITO E INGREDIENTES DA QUEIMADA

El domingo pasamos el día en Ámsterdam, es una ciudad muy acogedora, sus calles atestadas de gentes de diversos orígenes raciales le da un carácter cosmopolita, es una ciudad viva, el día festivo ha amanecido soleado y sus habitantes ocupan la calle. Como todos los turistas consumimos los tópicos de la ciudad, viajamos por sus canales en una embarcación de recreo, visitamos el Barrio Rojo con sus prostitutas exhibiéndose en los escaparates, el Museo de Vangogh. Llama la atención en esta ciudad de cómo se puede pervertir un fin ahogándolo en los medios. En su afán de propiciar una ciudad diseñada para los peatones y sin la polución de los vehículos a motor, han favorecido el uso y el abuso del tranvía y las bicicletas con tal énfasis que ha logrado que el viandante se sienta agresivamente acosado por estos ecológicos vehículos y sea más engorroso y peligroso el caminar por Ámsterdam que por cualquier otra ciudad, teniendo más derechos las bicicletas y los tranvías que los propios peatones.



El lunes partimos hacia París, tenemos que devolver a la Cruz Roja de Bruselas la silla de ruedas, dudamos si dar por terminada la excursión y volvernos desde Paris en tren o negociar con la Cruz roja que no permitan llevar la silla a España y desde allí reenviársela. Tras larga conversación nos conceden el privilegio de continuar con la silla rodante. Llegamos a París a primera hora de la tarde, nuestra primera parada es en la Estación de Montparnasse, desde allí catorce de los expedicionarios retornan a España en tren. El resto nos alojamos en un hotel cercano. París, siempre es París, diferente, exclusiva y cosmopolita, la verdadera capital de Europa. Tenemos que cruzar Paris y aprovechamos para hacer una primera aproximación a sus monumentos más genuinos y desde el autobús varios que ya conocemos Paris vamos presentándolo al resto del grupo.

Cada mañana madrugamos y en el autobús una guía foránea nos muestra la ciudad, consumimos turismo, visitas a los mismo lugares de siempre, un día la zona centro, otra la nueva y moderna mega polis de la Defense, la otro el barrio de Marais y sus palacetes renacentistas antes de dirigirnos hacia Monmantre; Por la tarde, con la sola compañía de mi esposa, empujando la silla de ruedas me dedico a observar la vida que palpita incansable en cada rincón de la ciudad. El Barrio Latino con sus terrazas salpicadas de una gran diversidad de personajes, la jovial zona de la Sorbona y los Jardines de Luxemburgo ocupados por estudiantes, parejas de jóvenes amantes que besan la tarde, señoras maduras que sestean bajo el sol primaveral, niños corriendo entre gritos y juegos. Pateamos Les Halles, Saint Denis, perdiéndonos por París entre vivencias compartidas en silencio con sus habitantes. Mis compañeros de viaje en sus horas libres visitan los rincones típicos atestados de turistas, la Tour Eiffel, el Lido, le Museo del Louvre, lugares obligados para los que visitan por primera vez la ciudad.

El organizador de la expedición ha cosechado buenos frutos en las etapas del viaje, su hija estudia en Bruselas y ha oficiado de interprete y guía, ahora en París quiere iniciar en la Cofradía de la Queimada al jefe del sindicato de la multinacional donde trabaja, tiene previsto hacerlo en el hotel, pero el Director se niega a darnos permiso para prender fuego en la sala que nos ha proporcionado y en lugar de efectuamos el rito sin queimada. Prometemos que una vez en Bretaña quemaremos en alguna fiesta el aguardiente en honor del nuevo iniciado.



Tres días en París nos saben a poco, pero el programa es incontestable y el jueves enfilamos hacia las costas de Normandía camino de nuestra ansia Bretaña. En Normandía visitamos la playa de Omaha y el enorme cementerio norteamericano donde descansan mas de nueve mil soldados que dejaron su vida en Francia luchando por la libertad de Europa contra el nazismo. En esos momentos siento tristeza, no tanto por sus muertes sino por la ingratitud y el olvido de los europeos a esa entrega generosa de la juventud norteamericana hoy tan denostada por la falsa progresía. Los humanos somos así, olvidamos con premura la generosidad y somos tozudamente implacables con los errores ajenos. En el silencio del enorme cementerio soy consciente del agravio y me avergüenzo de ello.

Enfilamos hacia la Bretaña con el ansia de encontrarnos con esa tierra hermana, tan similar en su cultura y su paisaje a nuestra lejana Galicia, Tojos y granito, la piedra como mudo testigo de una cultura celta, individualista y cerrada; acantilados y playas, mar brava y cielo gris, y el suave y chirriante soliloquio de la gaita. Todo nos recuerda a nuestra tierra, aquella Galicia de la que emigramos injustamente excluidos hacia el exilio económico. 

Visitamos en primer lugar, el solemne Mont Saint Michel, guardián de la costa bretona, frontera por tierra con la Normadía invasora y por mar de la ambiciosa Inglaterra, fortaleza inexpugnable que en el siglo XIV en la guerra de los Cien Años se planteo la necesidad de proteger la abadía mediante un conjunto de construcciones militares que le permitió resistir un asedio durante 30 años, después Saint Maló, otra ciudad fortificada que conservo intramuros la ciudad hasta la Segunda Guerra Mundial en que los alemanes las destruyeron. Hoy reconstruida totalmente parece pervivir como era en la Edad Media. Dormimos en una antigua abadía hoy trasmutada en hospedería. Nuestro bullicio rompe la paz que reinaba en aquella aparata edificación de piedra, por la noche, tras la cena, con permiso de sus administradores organizamos una queimada que termina en una alborotadora fiesta con cantos, chistes y gaitas. Por la mañana temprano partimos hacia Perros, la amurallada Concarneau y finalizamos la jornada en Vannes; pueblos celtas que atesoran el encanto medieval en sus viejas calles. Como Galicia la piedra desgastada por siglos de lluvias y vientos es el mudo testigo de una cultura salpicada de creencias que basculan entro lo pagano y lo religioso, cruceiros en los caminos, viejas casas sin aleros, el musgo húmedo colonizando el granito, trisqueles, historia esculpida con cincel y martillo en la piedra bruta a la que la mano del hombre da vida y hace historia. Nos despierta saudades esta breve visita a las tierras del Finisterre francés.



De vuelta hacia España, recapacito en el sufrimiento de mi esposa e imagino lo dura que debes ser la vida de aquellas personas condenadas de por vida a vivir atadas a una silla de ruedas, en las paradas breves mi mujer evitaba la incomodidad y no descendía del autobús, en estos días ha aprendido a subir las escaleras sentándose en ellas y ascendiendo de espaldas una a una, Celes la acompaña al cuarto de baño en bares y estaciones de servicio y Juan el alma silente del grupo es quien más desvelo muestra y más veces se presta a ayudarla. Una última estación, aún tenemos tiempo de parar en el puerto pesquero de La Rochelle, mientras viajamos en la soledad del autobús, entre cánticos y bromas, mi cabeza va desgranando los momentos vividos en esta excursión turística, es tan poco humano y pobre este tipo de viajes, consumimos turismo enlatado en lugar de vivencias de viaje. Realmente sólo hemos visto monumentos, pueblos, calles, monasterios e iglesias, las personas eran para nosotros parte inerte del paisaje, personajes autistas sin voz mi vida, no hemos hablado con nadie, nada sabemos de sus vidas, de sus historias personales, de sus alegrías o sus penas, hemos visitado tres países, hemos visto y consumido su paisaje, pero hemos ignorado su paisanaje.
 

 

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