EL MITO INICIÁTICO DEL CAMINO DE SANTIAGO

 

El año 2004 fue año jubilar compostelano. Yo, por motivos ajenos, acudí en tres ocasiones a Compostela: En primavera por Semana Santa, en el verano y a comienzos del otoño en septiembre. 
En las tres ocasiones me llamó la atención la enormes colas que se formaban ante la oficina donde se expide la "Compostelana", ese TROFEO, exento de carácter religioso, que sólo sirve para enseñar a los amigos o para colgar en alguna pared de casa.
Tantas gentes ansiosas por poseer el cerificado, me hizo reflexionar sobre la motivación de aquellos peregrinos y el resultado de esa reflexión es la razón de que hoy esté aquí con ustedes, desmitificando el llamado Camino de Santiago.

EL MITO DEL CAMINO DE SANTIAGO
Cuenta la tradición que hacia el año 820 un ermitaño llamado Pelayo, afirmó que observaba muchas noches unas luces que semejaban una lluvia de estrellas fugaces, que caían siempre sobre el mismo montículo. Pelayo, impresionado por la lluvia de estrellas, se presentó ante el obispo de Iria Flavia, Teodomiro, para informarle del suceso. El obispo se trasladó hasta el lugar y pudo contemplar el fenómeno relatado por el ermitaño. Un fuerte resplandor iluminaba el lugar en donde, entre la densa vegetación, encontrarían un sepulcro de piedra en el que reposaban tres cuerpos, identificados como el de Santiago el Mayor y sus discípulos Teodoro y Atanasio. 
Sitúense en el siglo IX, 800 años después de la muerte de Santiago, mediten sobre la ciencia forense de la época y deduzcan cómo pudieron identificar los tres cadáveres. Observen, asimismo, que el Pelayo de la leyenda, ya sospechaba el origen sagrado de esa incesante lluvia de estrellas, pues acudió directamente al Obispo y no a otras autoridades civiles. 
El más antiguo se los relatos pormenorizados que se conserva sobre el descubrimiento es la "Concordia de Antealtares", escrito doscientos cincuenta años después, concretamente en el 1077. 
Y es a partir de esa fecha, cuando el sepulcro se convierte en punto de peregrinación de todo el continente Europeo. El camino quedó definido entonces recurriendo básicamente a las numerosas calzadas romanas que unían diferentes puntos de la península. 
Hace pocos años, unos cien, más de mil después del descubrimiento, en 1878 el Papa León XIII expide una Bula donde confirma la autenticidad de los restos del Apóstol, que habían sido reencontrados tras haberse escondido contra los saqueos casi tres siglos antes. Este hecho, junto al descubrimiento de la tumba de Teodomiro en 1949, hace renacer el interés por el Camino de Santiago. A partir de los años setenta del siglo XX, comienza un resurgir del Camino, gracias fundamentalmente al interés turístico de las administraciones públicas, el desarrollo de múltiples asociaciones y cofradías y, en menor medida, a las visitas del Papa a Santiago en los años ochenta, el renovado esfuerzo de la Iglesia, la declaración de Patrimonio de la Humanidad y últimamente con el otorgamiento del premio "Príncipe de Asturias". 
Hasta aquí llega la historia oficial del Camino de Santiago, basada en conjeturas, las más de las veces, inverosímiles, intereses religiosos, políticos, sociales, turísticos y, curiosamente, poco o nada históricos.


Pero existe, también, otra versión sobre de quién son los restos que descansan en la tumba de Compostela. Conozcamos esa otra leyenda. Hacia el año 349 nace Prisciliano en Iria Flavia en el útero mismo de la Galicia esotérica y mágica. Iria Flavia es por aquel entonces un mítico lugar de ancestrales cultos protocélticos, enclavada en un altozano que pareciera un gigantesco menhir, se decía que era la última etapa de peregrinación de los druidas del continente antes de llegar a los confines de la Tierra, el Finisterrae, esa zona que hoy conocemos como Costa de la Muerte. 
Sabemos que aquel joven gallego empujado por su pasión por el gnosticismo conoció a Ágape y Marcos, discípulos de Basílides, hombre clave del hermetismo maniqueo más esotérico, fue Prisciliano también discípulo de Delphidius catedrático de retórica y poeta, considerado descendiente directo de los druidas. Prisciliano fundó en Burdeos, junto con Elpidio una comunidad de pensadores, vestían túnicas blancas y se dedicaban, entre otras muchas labores, a la recolección de piedras sagradas (abraxas) en antiguas cuevas prehistóricas de Aquitania. Amantes de la noche, trabajaban a la luz de la luna para incrementar la luminaria del fuego, tal como hacían los antiguos celtas que adoraban el plenilunio. 
Expulsado de Aquitania por acusaciones de brujería, Prisciliano condujo a sus seguidores a su céltica Galicia, la cuna europea del paganismo, pero ni en su mágica tierra se vio libre de sus enemigos y fue acusado junto a Prócula de escándalo amoroso. Muchos historiadores sostienen que Prócula fue la inspiradora de la elección de la venera (vieira) como símbolo del peregrinaje iniciático hacia la Costa de la Muerte. 
Jamás se rindió Prisciliano a las falsas acusaciones de sus enemigos, llegó a ser obispo de Ávila, predicó la pobreza como virtud y los evangelios apócrifos, ampliando con el paso del tiempo el número de sus seguidores que reclutaba entre las elites culturales y del poder. 
Fue tan grande su influencia que fue perseguido por las más altas instancias de la iglesia hasta que lograron su condena a muerte tras sufrir grandes torturas acusado de maniqueo, hermetista y llegaron a decirse de él que era la reencarnación de un brujo druida de la prehistoria gallega. 
La cabeza de Prisciliano rodó en Tréveris -Alemania- en la primavera del año 385 ante los extasiados ojos de un público que no entendía lo que estaba ocurriendo. Con la muerte de Prisciliano muere su historia y nace su leyenda. 
Cuatro años después de su muerte, un grupo de seguidores gallegos llega a la cuidad alemana de Tréveris a reclamar el cuerpo de su maestro Prisciliano y los discípulos ejecutados con él para transportarlos a su hermética tierra de druidas y darle cristiana sepultura. Con él muere la leyenda herética y nace la secreta historia de Prisciliano y sus discípulos. 
El cuerpo es llevado a hombros a lo largo de la Galia y la Hispania, recorriendo "casualmente" un itinerario que con el paso de los siglos se convertirá en la ruta jacobea, el hoy popular y turístico Camino de Santiago. 
Prisciliano fue inhumado cerca de su tierra natal, Iria Flavia. Muy posiblemente sus restos mortales pasarían siglos después a la cripta de la catedral de Compostela bajo el velo protector de la leyenda de Santiago Apóstol.
Casi nada se puede afirmar del silente trabajo de sus seguidores, si fueron ellos quienes trazaron la ruta jacobea o ésta ya era un itinerario druida anterior, que aprovecharon los romanos para trazar sus calzadas, si los restos que hoy se atribuyen a Santiago Apóstol son los de Prisciliano, si los Cátaros, los Masarríes o los Templarios que surgieron años después, eran seguidores de este gnóstico o si, aún hoy, otras Sociedades Secretas siguen sus postulados.

Otros de los denominados caminos de Santiago, son anteriores al propio Santiago, Así en denominado camino de la Plata, es una calzada romana que unía Mérida con la ciudad de la Gallaecia, Asturiga (Astorga) donde se ubicaba la Legión Séptima Gémina. 
Sea como fuere, Prisciliano creó una escuela gnóstica de grande influencia en los años posteriores y que aún hoy pueden detectarse sus vestigios en el pensamiento religioso del pueblo gallego, ese híbrido que aún hoy se profesa, mezcla de paganismo y cristianismo; aquella escuela proclamaba la liberación a través del conocimiento, en contraposición a la salvación a través de la fe. 

Pero aún hay más versiones. Para quien conozca bien Galicia, no le resultará extraño oír que gran parte de su tradición cultural, de clara influencia atlántica, se ha trasmitido durante siglos de forma oral en la intimidad del hogar, sus muchas las creencias paganas, (Santa Compaña - Premoniciones - Lugares Sagrados - Meigas...) asimiladas muchas de ellas por el cristianismo y que han perdurado desde el neolítico hasta nuestros días. 
Entre esas tradiciones orales existe una extendida por toda la Costa de la Muerte que narra las ancestrales peregrinaciones de los druidas de los pueblos atlánticos, a través de un camino iniciático que siguiendo las estrellas en la noche clara (Vía láctea) les conducía hasta el fin del mundo (Finisterrae). Era un camino hacia la muerte alegórica, allá donde muere el sol cada día, para renacer en el camino de regreso hacia el oriente. 
Esa relación de esa costa con la muerte es una constante en la historia, ya los griegos la denominaban como Dutika Mere que significa región de la muerte. No debemos olvidar que en aquella tierra plana, esta franja de tierra era el fin del mundo, donde el Sol (Helios) era tragado a diario por el océano. Cada atardecer se hundía en Hades, país de los muertos para renacer de nuevo por senderos misteriosos en el oriente, emergiendo cada mañana con todo su esplendor. Según la mitología griega, Hermes trasladaba a los infiernos las almas de los muertos ayudado por Caronte que conducía su barca de piedra hasta Hades, la actual Costa de la Muerte. Fíjense la similitud, en ambos mitos, de la barca de piedra de Caronte y la que trajo cuerpo de Santiago a Galicia.
Siglos después, cuando las invictas legiones de la Roma Imperial, mandadas por Decimus Junnius Brutus alias Callaicus (El Gallego) alcanzaron el límite fronterizo entre la tierra firme y el océano inmenso, el "non plus ultra", sus valerosos soldados se aterrorizaron al comprobar que el sol era engullido cada atardecer por el Mar de la Tinieblas y bautizaron el lugar con un nuevo nombre, llamándose desde entonces Fin de la Tierra o Finisterre.
Pero aún hay más mitos que unen esta tierra de muerte con la vida. En la mitología que narra la creación de Irlanda, podemos leer que fue Partholan el primer ser en llegar a Irlanda. Llegó con su Reina Dalny y un grupo de compañeros. Vinieron del Oeste, de la tierra de los muertos. 
Hasta aquí una variada gama de leyendas sobre este occidente, meta de miles de peregrinos a lo largo de toda la historia de la humanidad. Ahora, dejemos atrás las leyendas y repasaremos la historia

EL CRISTIANISMO
La introducción del cristianismo en Galicia es un fenómeno tardío. La primera comunidad cristiana conocida estaba formada por soldados de la Legión VII Gémina y datada hacia la mitad del siglo III 
Nada hay de cierto históricamente del apostolado de Santiago en Galicia. El medio de introducción del cristianismo en el pueblo rural castreño fue en el siglo V tras las invasiones suevas, por los princilianistas, probablemente porque esta doctrina estuviera muy cercana a la religión pagana de los indígenas castreños. Y esta doctrina debió calar hondo, pues aún en el siglo VI; en el concilio I de Braga del año 561; hay documentos que muestran que se orientó su labor hacia la eliminación de la pervivencia del priscilianismo tan arraigado en la sociedad rural gallega.
Si Pelayo o Teodomino era o no gnósticos seguidores de Prisciliano y por ello se inventaron la presencia del Apostol, nunca lo sabremos, pero lo cierto es que su "visión" despertó de su letargo al sendero inciático de los druidas atlánticos, unido a los intereses de la Iglesia Cristiana para ofrecer una ruta de peregrinación como alternativa a la fracasada de Tierra Santa y, también, los intereses políticos por ocupar las tierras despobladas conquistadas a los musulmanes en Castilla. Todo ello dio como fruto este camino. Habrían de pasar unos doscientos años -Siglo XI- para que el camino alcanzara su máximo desarrollo y en el XII el obispo Gelmírez le dio el espaldarazo definitivo. 
Durante siglos miles de peregrinos europeos popularizaron con su cansino caminar a pie, caballo, barcos y carretas este camino, las razones que los empujaban eran fundamentalmente tres, la devoción, la penitencia o las promesas. Poco a poco el camino fue colonizado por Ordenes de Monjes Soldados, destacando entre ellas, la Orden de los Caballeros del Temple, de la que tanto se ha escrito y tan poco se conoce, debido a su carácter esotérico (Secreto). Pero nada es eterno y el camino languideció hasta quedar en el olvido. En el siglo XIV la peste negra asoló Europa y comenzó la agonía del camino, desapareciendo dos siglos después, en el XVI

En el siglo XX ante el vacío espiritual provocado una vida de competitividad y el alejamiento de una parte importante de la Iglesia Católica de la espiritualidad, para dedicarse a la reivindicación social y el acomodo terrenal, comienza surgir en el seno de la cultura occidental asociaciones iniciáticas que tratan de llenar ese vacío espiritual con nuevas y modernas creencias; nace una nueva espiritualidad, surgen las sectas, decenas de charlatanes ganan adeptos, incontables publicaciones esotéricas que producen pingües beneficios, movimientos que afirman descubrir los secretos de las tradiciones esotéricas ancestrales, en definitiva, ante el vacío espiritual, muchas gentes tratan de llenarlo con mentiras bien orquestadas. 
Es obvio que una buena forma de encontrarse así mismo es la soledad libremente elegida: el desierto, los navegantes solitarios, las cientos rutas despobladas y, justo es aceptarlo, un largo y olvidado camino que antaño fue transitado, una leyenda que aún guarda cientos de tesoros arquitectónicos, que está salpicada de bellos y variados paisajes, goza de una buena infraestructura hostelera y ofrece una gastronomía diversa. 
También, de nuevo hoy, confluyen los intereses de políticos e Iglesia para revitalizar el Camino. Compostela se erige nuevamente como la meta para miles de cristianos, turistas, negociantes y un sinfín personajes que se erigen en los genuinos portadores de la verdad ancestral del camino. Las editoriales publican miles de libros de ficción, turísticos, guías, gastronómicos, iniciáticos e, incluso, deportivos que tienen por protagonista este camino ancestral. 
Un negocio floreciente que crece año tras año y en el que gobiernos y empresarios invierten inmensas cantidades de recursos incentivando el viajar por tierra, mar y aire hasta la tumba del Apóstol. Se da el caso de disputas entre municipios vecinos, peleándose entre ellos por la genuina razón histórica de disfrutar su ubicación en el camino, negándole al otro la posibilidad de ofrecer alojamientos para peregrinos. 
Se constituyen cofradías, ordenes y asociaciones que dictan las normas de cómo debe hacerse el camino, establecen un trofeo (La Compostelana) que sólo sirve para colgar en la pared de su casa o enseñar a los amigos, que acredita haber recorrido el camino de forma genuina, tal y como ellos disponen que es necesario hacerlo para llegar a ser un iniciado. Así quien viaje en avión, coche, tren o barco no será merecedor del título de peregrino, ignorando que en la Edad Media los peregrinos utilizaban todos los medios disponibles en su época para llegar a Compostela, muchos eran quieren hacían el camino en carretas y hoy quién utiliza la carreta del siglo XX, no será reconocido por los detentadores de las esencias jacobeas como tal peregrino. 
En el siglo XII Abu-abd-Alla Mohamed-al-Idrisi, un musulmán español, recoge en un libro cuatro itinerarios a Compostela, uno de ellos recorre el litoral en barcos de cabotaje desde Bayonne (Francia) hasta el Finsiterre, la actual Costa de la Muerte. Si hoy alguien emulase a aquellos peregrinos marítimos, no sería merecedor de la Compostelana. Los actuales supuestos detentadores del saber del camino, sólo reconocen como peregrinos a aquellos que hayan hecho un mínimo de kilómetros para llegar a Compostela a pie, bicicleta o caballo. 
La Iglesia Católica, más atemporal y prudente, concede el jubileo a todos los que visitan Santiago en los años santos, siempre que se confiesen, oren por el Papa y comulguen, al margen de cómo hayan viajado hasta allí.

 

El universo en torno al camino está plagado de ese tipo de personajes que se comienza a reconocer con el nombre de "pijigrinos", además del aluvión de turistas que desean gozar de unas vacaciones diferentes y sobre todo baratas, de competitivos deportistas que desean batir records caminando, de pedantes que nos aburren con sus supuestos conocimientos esotéricos, un universo diverso en el que se echa en falta cristianos con fe -ortodoxos o priscilianistas- que por devoción, penitencia, promesas o en acción de gracias peregrinan hasta la tumba del apóstol Santiago o el druida Prisciliano para abrazarlo o ganarse el jubileo. 

Llama la atención la cantidad de tonterías que se escribe y dicen en torno al camino, pondré para ejemplo una sola: El color amarillo de tus señales. Se han inventado cientos, quizás miles de interpretaciones esotéricas sobre el porqué de ese color, cuando la realidad es tan simple como que don ELIAS VALIÑA SAN PEDRO, cura de O Cebreiro en Pedra Fita autor primigenio de las flechas del camino, no eligió el color, sino que fue la pintura que le regalaron sobrante de pintar las señales de una carretera. De hecho hasta fue detenido, cuando comenzó esa labor, por la Guardia Civil de Roscesvalles sospechando que esas fechas indicaban algún camino utilizado por ETA o los contrabandistas.
De que el camino es actualmente un negocio turístico hay innumerables pruebas, todos los ayuntamientos desean certificar la presencia del camino en sus terrenos. De seguir así el camino, como ya hay quien se ha hecho famoso y rico con sus libros sobre el asunto, pronto habrá quien publique alguna tesis doctoral sobre la iniciación esotérica, o mágica, o milagrera, o secreta en la histórica calzada que nos conduce a Galicia o, incluso, reivindique en el Guinness ser el peregrino que menos tiempo ha invertido en recorrer a pie los cientos de kilómetros que separan Compostela de Paris, Saint Jean Pied de Port o Roncesvalles, compitiendo con las decenas, cientos, miles de organizadores de conferencias, simposios, tertulias, libros y estudios que cuentan su experiencia iniciática en el camino, del cambio, a mejor por supuesto, experimentado en su vidas tras la peregrinación. Gentes que hablan... y hablan... y hablan... sin decir absolutamente nada. 
Quizás sea la justa condena a una tradición que, comenzó con una gran mentira, está sentenciada a nutrirse con nuevas mentiras.

José Ramón Varela   Jrvarela@corme.net


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Actualizada el 07.10.07