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CABALEIRO

 

Aconsejamos una observación detenida de esta fotografía para que cuando lean más abajo el relato de su naufragio, puedan hacerse una idea aproximada de infierno que tuvieron que sufrir sus tripulantes cuando los golpes de mar barrían la cubierta.
Buque de carga. Casco de madera. Lista 2ª. Señal distintiva EA-2338.
Arqueo total – 64 TN.
Arqueo neto – 47 TN.
Carga máxima – 70 TN.
Eslora total – 19,00 m.
Manga máxima – 5,55 m.
Puntal – 2,35 m.
Año de construcción – 1922
Astillero de construcción – San Ciprián, Lugo.
Armador – Cucurny y Compañía, El Ferrol, Viveiro, 118.
Motor – M. semidiésel, gasoil. Potencia 40 CV.
Velocidad – 4,5 millas.

Sufrió reformas de velero a motovelero y cambió de armadores, de la fábrica catalana de Cucurny del puerto de Burela fue vendido para Ramón Pombo Seoane y Bruno Cruz Saleta ambos de Corme
Patrón en San Ciprián: Juan Escandell Gabarda y cuando llegó a Corme en el año 1950 lo mandó Jesús Varela Souto "Suso de Fanuco"
 
 NARRACIÓN EFECTUADA POR EL TRIPULANTE FRANCISCO BUGALLO DEL HUNDIMIENTO DEL CABALEIRO.
Nos relató Francisco que aquel infausto 23 de febrero de 1956 el motovelero “Cabaleiro” navegaban rumbo a Ferrol con un flete de 90 toneladas de cemento que habían cargado en Gijón.
“Durante toda la mañana, la situación fue de absoluta normalidad, hasta que, pasado el mediodía —ya habíamos comido— comenzó a arreciar con fuerza un viento frío del norte, a la par que se levantó una fuerte marejada.
Horas después —sobre las 5—, cuando navegábamos a la altura de Estaca de bares, se paró el motor por una avería y nos vimos obligados a izar las velas; navegamos desde ese momento con muchísima dificultad por el temporal reinante.
Dos horas más tarde —sobre las 7—, ya oscurecido el cielo, el viento nos rompió la vela mayor y la navegación se nos complicó mucho al quedarnos sólo con una vela izada. Media hora después, el fuerte viento que seguía arreciado dio cuenta de la otra vela y quedó la nave al garete.
Debido a la fuerza de la mar, el barco comienza a hacer agua, y aunque intentábamos achicarla, nos vimos obligados a desistir, ya que los fuertes golpes de mar que embarcan por la borda de estribor, amenazan con arrastrar a algún hombre al mar.
El patrón, para compensar la entrada de agua, decide aligerar la carga: aprovechamos una pequeña entrada por el rancho para subir los sacos de cemento que íbamos arrojando uno a uno por el costado de sotavento. Los golpes de mar arrastraban por la cubierta tanto a los sacos como a los hombres, pero a pesar del riesgo, la tripulación nos mantuvimos firme en la labor de aligerar peso al buque. Todos temíamos lo peor: que un golpe de mar abriera una vía de agua y en pocos minutos echara a pique el barco o lo encallara en algún bajo.
En esas condiciones vivimos la peor noche de nuestras vidas. Sospecho que sólo Jesús Facal, el marinero más joven de a bordo, pudo vivir —seis años después—, una noche más trágica que aquella, el día en que perdió la vida en el naufragio del “Valle de Mena” en el Golfo de Vizcaya.
Durante toda aquella noche interminable, la mar, insistente, continuó con sus repetidos golpes de mar desarbolando el barco: primero se llevó la caseta de popa donde estaba instalada la cocina, luego rompió las botavaras…
Con las primeras luces del alba, vislumbramos que nos encontrábamos a poca distancia de los peligrosos bajos de Baldayo y que el temporal nos empujaba con fuerza contra ellos, aunque nadie dijo nada, percibí en los rostros de mis compañeros que todos habíamos perdido la esperanza de salvarnos.
En un intento desesperado, el patrón ordenó al mecánico que intentara nuevamente arrancar el motor y —milagrosamente— lo consiguió, pero la marcha avante no funcionaba, sólo se podía maniobrar marcha atrás. Con pericia, el patrón consiguió bordear los bajos, desviando el rumbo hacia la playa de Razo.
Según nos acercábamos hacia la playa, vimos que en la orilla a un pequeño grupo de gente haciéndonos señas con las manos, gritaban, pero con el ruido de los embates del mar no los oíamos, sabíamos que nos animaban a resistir y aquello hizo que renaciera en nosotros la esperanza..
Por fin sobre las 10 de la mañana del día 24 el barco embarranca de proa en los fondos de la playa. Los cinco hombres de la tripulación, estábamos exhaustos por el sueño, toda una noche trajinando sin dormir; por duro trabajo y por el hambre, llevábamos si comer ni beber una gota de agua desde el mediodía de la jornada anterior; pero con la esperanza al ver tan cerca la orilla, exprimimos las pocas fuerzas que nos restaban para correr hacia la proa, era el lugar más protegido en aquella situación. Desde la playa nos seguían alentando con sus gritos, nos animaban a que nos echáramos al mar y nadáramos hacia la orilla, a mí —y sospecho que a otros compañeros— ya no me quedaban fuerzas ni para saltar.
Un nuevo golpe de mar movió el palo mayor y lo inclinó hacia la proa, era cuestión de minutos que cayera sobre nuestras cabezas y nos aplastara. Decidimos entonces que la única salida era abandonar el barco y arriesgarse arrojándonos al mar. El primero en saltar fue Jesús Facal, el tripulante más joven le siguió el motorista, ambos se tiraron a las olas sin chalecos salvavidas. En el barco sólo teníamos tres salvavidas y ellos, con generosidad, nos los dejaron a los más dubitativos. Nadaron desesperados en un último intento por alcanzar la playa, la gente de tierra se metió al mar para ayudarlos. Y por fin llegaron a la orilla. Una vez a salvo en la playa, vimos como ambos se abrazan y luego exhaustos cayeron al suelo. Jesús Facal se abatió desmayado por el agotamiento y la emoción que le produjo el saberse salvado, el motorista se derrumbó fulminado por un infarto y allí, ya en la playa, perdió la vida.
Los tres tripulantes que aún seguíamos a bordo, decimos emular a nuestros compañeros y saltamos pertrechados con los chalecos salvavidas. Cuando alcanzamos tierra el patrón y yo, vimos cómo el contramaestre, Manuel Arcay, flotaba sobre el agua muerto. No sé de donde saqué fuerzas para amarrarme un cabo a la cintura y tirarme de nuevo al agua en busca de mi compañero, pensaba en su familia, quería salvar su cuerpo y traerlo a tierra firme para que pudieran enterrarlo.
Aquella fatídica mañana de febrero nevaba copiosamente y el frío y la humedad nos había calado hasta los huesos. Nunca olvidaré, ni podré agradecer lo suficiente a aquellas solidarias gentes de Razo, que nos trasladó a los tres supervivientes a sus casas, nos abrigaron con mantas y nos ofrecieron caldo caliente para alimentarnos. También ellos se encargaron de avisar a las autoridades de Carballo para que notificaran el naufragio a la Comandancia de Marina y a las familias de los tripulantes”.
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El “Cabaleiro” desde las cinco de la tarde del día 23 de febrero, hora en que se le averió el motor, hasta las diez de mañana del día siguiente, navegó 61 millas (unos 113 kilómetros) a una media de 3,5 nudos (Nudo= millas por hora). Eso nos puede dar una idea de cuán fuerte era el temporal y el martirio que tuvieron que vivir durante aquellas largas 17 horas.  Puede consultarse aquí: http://youtu.be/Z3dhqnsKxhc 



TRIPULACIÓN EL DIA DEL NAUFRAGIO:
Patrón: Jesús Varela Souto (Suso de Fanuco)
Motorista: Un marino de Bilbao (muerto en el naufragio)
Contramaestre: Manuel Arcay (muerto en el naufragio)
Marinero: Francisco Bugalllo (18 años)
Marinero: Jesús Facal Cañizás (16 años y muerto posteriormente en el naufragio del “Valle de Mena” a los 22 años de edad)

 

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Actualizada: abril 2010