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IN MEMORIAM

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MAN 

EL ANACORETA DE LA 

COSTA DE LA MUERTE.

 

 

EL ANACORETA

¿Murió, o lo mataron? Nunca lo sabremos.
Quizás fue un loco, o un soñador... un hombre singular... o simplemente un fugitivo que huía de una realidad que no le agradaba. Nadie recuerda cuando llegó. Comentan los más viejos que fue hace más de cuarenta años. 

Un atardecer de verano, aquel extraño joven rubio se sentó sobre las rocas, frente al mar abierto de la Costa de la Muerte y, embrujado por el canto de alguna sirena, decidió mecerse eternamente en su hechizo. 
Construyó allí, tras el dique de abrigo, su chabola. Desde entonces ha vivido en Camelle, desnudo, escondiendo sus vergüenzas tras un taparrabos, alimentándose de crustáceos y algas. Mostró al mundo qué poco se necesita para tenerlo todo. Su cabaña no alcanzaba más allá de los diez metros cuadrados, su jardín era una escollera de rocas batidas por el mar y su terraza, el océano inmenso. 
Con las piedras y los desechos que la mar escupía tras cada tormenta, creo un mundo de fantasías; un jardín mágico donde hasta las algas danzaban al son de las mareas. De las rocas inertes hizo que brotara vida. Y en aquel lugar perdido, donde la muerte es una invitada permanente, el anacoreta hizo que del silencio manara un grito de rebeldía.
Tras su muerte nos hemos enterado de que se llamaba Manfred Gnädinge. Ya poco importa, porque para los lugareños siempre será Man, el anacoreta de Camelle.
Vivía escondido entre las rocas y a veces, cuando las gentes se detenían frente a su museo natural para fotografiar o admirar sus esculturas, salía de su refugio, saludaba y tras sus largas barbas doradas los visitantes intuían el regalo de una sonrisa.

Pero como nada en esta vida humana es perfecto, quiso el destino que un atardecer de otoño, la muerte se paseara sembrando negros presentimientos por las costas gallegas. El negro chapapote tardó unos días en alcanzar el alma bohemia de este poeta. No pudo resistir tanta estupidez y mientras las olas teñían de negro alquitrán las rocas que habían sido el motivo de su alegría, se le apagó la vida. 
Hoy que ya han pasado dos años y entre las piedras se otea ya un mañana de esperanza, los mariscadores van, poco a poco, olvidando la larga noche de muerte y comentan a todo el que quiera escuchar, que cada atardecer, minutos antes de que el sol sea engullido por el mar, un coro de sirenas se reúne en la ría, frente a las rocas donde vivió y murió Man y al ritmo de las panderos canta una muiñeira en recuerdo del anacoreta.

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Actualizada el 14.02.05