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COSTA DE LA MUERTE

ORIGEN, HISTORIA Y COSTUMBRES

Tendría yo unos veinte años cuando la muerte rugió reclamándole la vida a mi padre. Murió en Euskadi, una tierra extraña, en la que había vivido más tiempo que en su tierra natal, la Costa de la Muerte y jamás, a pesar de la emigración, la guerra, la cárcel y de los sufrimientos que padeció por la incomprensión de algunas personas de su aldea, nunca llegó a integrarse plenamente su tierra de adopción. 
Una poetisa vasca, Araceli Asturiano, versificó su muerte en un poema. 

A UN VIEJO MARINERO

Tenía nueve años
y un fardel y unas botas
demasiado grandes para sus pies.
Mordiendo la lágrima rebelde
aprendió a ser hombre,
vomitando de miedo y de nostalgia
por la niñez.
Y luego se hizo amigo de la espuma
y del llanto de la mar.
Y surcos de salitre salpicaron el rostro
de aquel viejo marinero,
Cuando la muerte rugió bajo la almohada.
Y en su delirio, dicen que gritaba:
Llevadme a la mar,
llevadme,
que no quiero morir 
como un cobarde

Desde aquellos lejanos días en que leí por primera vez aquel homenaje póstumo, no he dejado de pensar en los versos finales del poema. ¿Qué le hizo pensar a esta poetisa, que el hombre moribundo deseaba fervientemente morir en la mar? Esa pregunta, sin respuesta posible, me empujó a indagar en qué extraña cultura se había amamantado mi padre, qué pócima, si la hubo, consumió siendo un niño para marcarle de por vida, hasta su muerte, a seguir unido por ese invisible cordón umbilical a la mar o si todo fue el resultado del destino, que lo empujo siendo un niño de nueve años a embarcarse y nunca tuvo fuerzas para descerrajar ese grillete que lo encadenaba inexorablemente a vivir y morir en torno a su maternal mar.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces y de algún modo, sigo planteándome la misma pregunta. Quizás él, con sus silencios, me contagió del mismo hechizo y desde hace años he indagado sobre su significado. La primera incógnita que se me planteó fue descubrir el motivo de que a esa perdida costa, donde la vida fluye con fuerza, se la haya bautizado con tan tétrico nombre. 
Ignoro quién tuvo el acierto de bautizarla con tal tenebrosa denominación ni cuándo lo hizo. Razones no le faltaron. 
Tan tenebroso nombre para un lugar tan enigmático, es obvio que no nació de la inspiración poética de ningún iluminado, su origen se pierde en el silencio de la noche de los tiempos. 
En la mitología que nos narra la creación de Irlanda, podemos leer que fue Partholan el primer ser en llegar a Irlanda. Llegó con su Reina Dalny y un grupo de compañeros. Vinieron del Oeste, de la tierra de los muertos. Sería, quizás, esta tierra occidental de los muertos, el Finisterre gallego. 
En la mitología que gestó la cultura occidental, allá en la sabia Grecia, ya denominaban a esta costa como la Tierra de los Muertos. El Finisterre de los antiguos griegos, comprendía la parte de Galicia que aparece con el nombre de Dutika Mere, que significa región de la muerte. No debemos olvidar que en aquella tierra plana, esta franja de tierra era el fin del mundo, donde el Sol (Helios) era tragado a diario por el océano. Cada atardecer se hundía en Hades, país de los muertos, que el Sol atraviesa para renacer de nuevo por senderos misteriosos en el oriente, emergiendo cada mañana con todo su esplendor.
¿Qué mejor "Costa de la Muerte" que aquella en la que la tierra termina, y el océano se desploma en el abismo, en el reino de Hades? La simbología es muy poderosa, y además, está reforzada por el trazado de la Vía Láctea, que viene a morir en ese mismo punto del continente. Tiene una relación lógica con la idea de una tierra plana, que termina en los extremos.
Siglos después, cuando las invictas legiones de la Roma Imperial, mandadas por Decimus Junnius Brutus alias Callaicus (Gallego) alcanzaron el límite fronterizo entre la tierra firme y el océano inmenso, el "non plus ultra", sus valerosos soldados se aterrorizaron al comprobar que el sol era engullido cada atardecer por el Mar de la Tinieblas y bautizaron el lugar con un nuevo nombre, llamándose desde entonces Fin de la Tierra o Finisterre. 
La realidad es que pocos lugares descubriremos en el mundo que tengan un nombre tan siniestro y a la vez tan revelador de la cotidiana realidad de sus gentes, como la Costa de la Muerte. 
Así que, probablemente, desde los albores de la historia este lugar ha sido relacionado con la muerte, pero hay más razones, muchas más, para escarbar en busca de esa denominación tan acomodada a su realidad.
Previamente ubiquémosla en el mapa, sus límites pueden variar según qué fuentes tomemos como referencia. La más acertada y, a mi juicio, mejor ubicada, es la que delimita por el sur en el Cabo de Finisterre (Fisterra) y por el norte en las Islas Sisargas (Malpica de Bergantiños), no obstante muchos geógrafos la ensanchan desde el norte de la Ría de Muros hasta Caión. Es la costa más occidental de Europa y toda ella está dentro de la provincia de Coruña, entre la Rías Bajas y las Rías Altas.
Los pueblos primitivos que habitaron esa costa no conocían la escritura y lo poco que sabemos de su historia es a través de los historiadores griegos y latinos. 
La población aborigen protocéltica conocida como Oestrimnios, dio paso a los celtas de cultura castreña, conocidos como los Sefes o Serpes que quiere decir Serpientes; nos dejaron esculpido en la piedra sus creencias paganas y su sabiduría tribal. Abunda en la zona, como en casi toda Galicia una cultura enraizada en la piedra, castros donde habitaron y se defendieron de los temidos invasores, dólmenes donde enterraron a sus muertos, menhires en los que adoraron a sus dioses, petroglifos, cruceiros y hórreos que nos ayudan a intuir tímidamente algo más su pasado. 
En la zona norte de esa costa, en la aldea de Gondomil, en Corme, se encuentra lo que algunos historiadores denominan el más antiguo monumento pétreo de Galicia, hoy puesta en duda su antigüedad por algunos historiadores que la ubican en la Edad Media, es una serpiente alada labrada en relieve en una roca granítica que se supone era un altar de las tribus cercanas, los llamados Serpes (Serpientes) y que ha llevado a los historiadores a apuntar la posibilidad de que estas gentes adoraran a los ofidios. Desde hace unas décadas, esta piedra sagrada para los ancestros celtas, fue deshonrada por la soberbia cristiana y sobre ella esculpieron una cruz invasora, símbolo de la nueva cultura dominante.


Según me narró mi padre siendo yo un niño, con ocasión de mostrarme la "Pedra da Serpe" a él se lo había narrado su abuela y probablemente a ella se lo narraría algún antepasado, "En esta zona en la parte alta de la playa, resguardado de los crudos vientos del norte, hace miles de años, se encontraba ubicado un noble pueblo, el pueblo de nuestros antepasados, llamado de los Sierpes. Sus gentes eran pacíficas y disfrutaban de una gran cultura enraizada en la armonía de la naturaleza, conocían la experiencia iniciática de la piedra en la que tallaban y esculpían bellos petroglifos, adoraban al dios de sus antecesores y respetaban la sabiduría de sus mayores. Vivían modestamente de su mar, de la pesca y del marisqueo, utilizando las algas que la marea varaba para abonar las escasas y pobres tierras que labraban. 
Su dichosa y apacible vida fue sacudida violentamente por la ambición de los más jóvenes e intrépidos de la aldea. Desoyeron los sabios consejos de los ancianos trocaron su serena existencia de pescadores por el agitado oficio de guerreros y piratas, su arrojo y valentía les reportó en muy poco tiempo grandes riquezas y cantidad de esclavos. 
La solidaridad y el respeto a las decisiones de los ancianos de la tribu, que habían sido el más grande vínculo de unión entre los habitantes de la aldea, desaparecieron, y su lugar fue ocupado por el dictado de los más fuertes y pendencieros, por la codicia y el individualismo; así el trabajo, perdida su virtud, dejó de interesar a los aldeanos y pasó a ser la infame labor de los innumerables esclavos que apresaban en sus correrías por tierras y mares extraños. Cegados por la riqueza y la abundancia, se entregaron a la ociosidad y a los más indecentes vicios. Cuando no guerreaban se entregaban a la placidez de la pereza y al disfrute de la gula y la lujuria, sus festines nocturnos en la playa las noches de luna llena en torno a las queimadas de aguardiente de tojo, duraban hasta el alba. En el transcurso de estas orgías, amenizados con la música uniforme y repetitiva que componían golpeando unos rústicos atabales y resoplando caracolas marinas, se intercambiaban para fornicar a sus esclavas más jóvenes y bellas. Los más depravados y crueles sodomizaban a las criaturas adolescentes más hermosas, llegando incluso, con ocasión de los solsticios de verano e invierno, a luctuosos y cruentos sacrificios humanos en agradecimiento a los nuevos dioses paganos importados de tierras extrañas. 
Ante tanta barbarie, su dios primitivo, aquel del que hoy en la aldea ya nadie recuerda su nombre, enojado por su abjuración y cansado por la obstinación de tal primario y brutal proceder, los amenazó, conminándoles a poner fin de inmediato a tanto atropello, guerras, saqueos y muertes, aconsejándoles que volvieran a vivir como antaño, de su trabajo, obedeciendo las leyes de la sabia naturaleza, en comunión armónica con la tierra que les vio nacer y los alimentó, respetando a los pueblos vecinos, educando a sus vástagos en el trabajo y en la solidaridad, sin excesos embrutecedores o de lo contrario, caso de hacer oídos sordos a su recomendaciones, descargaría su ira contra ellos y los haría desaparecer para siempre, arrasando la aldea, las embarcaciones, el ganado y las personas. 
La gran mayoría del pueblo no tomó en consideración las palabras conminatorias de un dios que había sido ya abandonado por ellos. Pensaron que las amenazas carecían de valor, que eran producto del enojo de quien se siente repudiado, afirmando no tener necesidad de un dios que siempre les había mantenido en la pobreza, un Dios que les prohibía gozar de sus festines nocturnos y les amenazaba con castigos eternos. 
Sólo unos pocos, los más temerosos de su dios, acompañados de la mayoría de los ancianos, se arrepintieron públicamente, enmendaron su vida y rectificaron su salvaje proceder. Inútilmente trataron de convencer a sus vecinos para que los imitasen y les siguieran; sólo lograron ser el blanco de sus algazaras y algún que otro disgusto. Antes de que les llegara la condena a sus convecinos, optaron con escasa esperanza y como última disyuntiva, por interceder nuevamente ante el dios antiguo, le pidieron que perdonase a sus hermanos pecadores e hicieron ofrendas y sacrificios. 


Solicitaron en vano compasión y clemencia tratando de evitarles el castigo divino. Todo fue inútil. El dios implacable ordenó a los arrepentidos que recogieran sus pertenencias y aperos y abandonasen la aldea de inmediato, asentándose en lo alto de la loma que bordea la playa, en el lugar llamado de Gondomil y desde allí, encumbrados en lo más alto de la atalaya, pudieran observar el castigo que iban a sufrir sus hermanos pecadores. 
Fue una noche cálida, una noche de verano en la que la luna llena iluminaba débilmente el valle donde se asentaba la aldea de los entonces conocidos como la gran tribu de los Sierpes. De repente, el claro atardecer se trasmutó en noche negra, estalló una gran tormenta, decenas de rayos cayeron sobre el poblado y un gran diluvio de fina arena blanca enterró para siempre a hombres, ganado y hogares. Aquella noche la alegre fiesta se convirtió en triste enterramiento; los animales alocados corrían de un lugar a otro ladraban y mugían ensordecedoramente. Las gentes aturdidas clamaban piedad e inútilmente trataban de huir. A cada paso, a cada intento de escapar del castigo, nuevas arenas caídas del cielo los volvían a enterrar. Los fuegos de los hogares se fueron apagando, las fuentes se secaron y se acallaron gritos y gemidos, un silencio sepulcral invadió la noche estival. Pasada la tormenta, volvió a alumbrar la luna llena y la negra noche se tornó en noche estrellada. Al alba, una gran montaña de arena blanca ocupaba el lugar donde la víspera se encontraba la aldea. No hubo niño, ni mujer, ni anciano o joven que pudiese haber salvado la vida. 
Sus hermanos, aquellos que se salvaron y fueron testigos de lo ocurrido, se afincaron en el vecino altozano de Gondomil, construyeron como testimonio funerario que recordase por los siglos a aquel olvidado pueblo al que nunca dominó hombre alguno y que fue irremediablemente derrotado por la riqueza, la ociosidad y el vicio, un altar en la roca más céntrica del lugar. La gran piedra situada junto a la encrucijada, esculpiendo en ella esta serpiente alada. 
Esta leyenda de héroes y villanos quedó grabada en mi mente, como había quedado en la mente de mi padre desde que se lo narró su abuela y que con sabiduría aldeana, nos enseña que una vida de trabajo honesto, aunque pobre, es más digna que el enriquecimiento codicioso. Y mucho me temo, que siempre en esa costa han vivido en esa dialéctica. Aún hoy en día hay quien se enriquece traficando por mar sin escrúpulos, pero la inmensa mayoría de sus gentes, han optado por vivir del trabajo, condenándose a emigrar desgarrando su cuerpo del alma de su tierra. Sólo en la provincia de Guipúzcoa hay más descendientes de Corme, que los que habitan la aldea.
Y si esta piedra ya nos muestra indicios a través de su leyenda, como vivieron y como viven aún hoy sus habitantes oscilando entre el trabajo honrado y el tráfico criminal, hay otras piedras que pueden ofrecernos indicios que nos ayuden a comprender el sentir profundo de sus gentes y mostrándonos esa simbiosis entre piedra y hombre a lo largo de toda la Costa de la Muerte. Simbiosis que viene desde antes de inventarse la propia Historia. Son esos testigos graníticos con los que construyeron hace unos 5.000 años sus dólmenes, piedras como las que se ubican a pocos kilómetros de la "Pedra da Serpe" en el lugar conocido como "Chan de Borneiro" del municipio de Cabana, el Dolmen de Dombate, la construcción megalítica más emblemática de Galicia, donde nuestros antepasados prehistóricos nos legaron sus huellas en las pinturas rupestres de sus cámaras mortuorias. Piedras con las que construyeron esos míticos castros, como el de Borneiro, hoy desenterrado para curiosidad de los visitantes donde nos muestran como era un poblado celta; piedras con las que construyen desde no se sabe cuando, esos hórreos a la vez humildes y majestuosos; o los cruceiros que topamos en cada rincón; los petroglifos que siembran toda la geografía de la costa; la "Pedra de Abalar" o la "Pedra dos Cadrís" junto al la ermita de La Virgen de la Barca; piedras que fueron testigos mudos de decenas de hundimientos con "O Centolo" en Finisterre o como la "Pedra Do Roncudo" hundida a media milla de la costa, donde se mariscan los que tienen fama de ser, los mejores percebes del mundo. Hay otras piedras, exentas de ornamentos, pero no exentas de historias personales, que nos hablan de maridaje ancestral entre piedra y hombre, son esos humildes guijarros que forman los milladoiros, mudos testigos del paso de hombre por un lugar sagrado, nacidos en las ancestrales creencias paganas, hoy se han cristianizado, ofreciéndonos la versión apocalíptica de que cuando "en el juicio final hasta las piedras hablarán", esos guijarros testificarán, dando fe de qué personas visitaron ese lugar.
Piedras que nos vuelven a poner en contacto con ese origen incierto de la Tierra de los Muertos. Según la mitología griega, Hermes trasladaba a los infiernos las almas de los muertos ayudado por Caronte que conducía su barca de "piedra" hasta Hades. 


Y junto a la piedra, nuestros ancestros nos legaron la voz. Como muchos pueblos primitivos, a lo largo de la historia han mantenido una tradición oral trasmitida generación tras generación que ha llegado hasta nuestros días, obviamente con los retoques y matizaciones culturales de cada época y es en esa tradición donde se encuadra otro de los posibles orígenes de su nombre. 
Siempre que he viajado a la aldea, cada vez que se presentaba la ocasión de hablar con alguno de los viejos del lugar, les preguntaba si conocían de dónde procedía esta denominación tan mortecina de nuestra costa. 
Tuve muchas y variadas respuestas. 
Algunos ancianos defendían que es el justo calificativo para un lugar donde, hasta hace muy pocos años, la piratería lugareña cercenó muchas vidas de pacíficas tripulaciones que navegaban por sus aguas costeras, originando una sombría leyenda, que sigue pesando, aún hoy, sobre sus pobladores. 
Otros, menos crédulos, rechazaban por aldeanas y fantasiosas las leyendas que escucharon a sus padres y otorgaban a nuestra mar traicionera la verdadera razón de su nombre, a esa mar que se estrella rabiosa contra el litoral, engullendo sin piedad en su fondo, en demasiadas ocasiones, a barcos y hombres. 
También oí explicaciones de tintes más históricos, las basaban en el hecho de que en la antigüedad, los geógrafos veían que este temido Finisterre era el final del mundo conocido, la frontera con la mar infinita, con la muerte. Era esta costa, entonces, la línea que separaba la vida conocida del enigmático más allá. 
Existían también interpretaciones más esotéricas, defensores de la existencia de una legendaria tradición de caminantes, predecesores de los actuales peregrinos. Esta costa era el final de un largo camino, un camino que estaba escrito en el firmamento las noches estrelladas, La Vía Láctea, que según la tradición oral era seguido por aquellos que se querían iniciar en el sacerdocio druida. Legaban en busca de una muerte alegórica, al lugar donde cada día muere el sol para renacer a otra nueva vida de luz. Eran, según me contaban algunos ancianos, celtas como nosotros, venían de las frías tierras del norte y hablaban la misma lengua que los antiguos sierpes, aquella que perdimos cuando los romanos colonizaron nuestras tierras.


Este es el mismo camino que el druida gnóstico Prisciliano, Obispo de Ávila; acusado, condenado y degollado por prácticas heréticas recorrió después de muerto. 
La cabeza de Prisciliano rodó por los suelos en Tréveris en el año 385; cuatro años después, varios de sus discípulos gallegos reclamaron su cuerpo para trasladarlo a su hermética tierra gallega y darle cristiana sepultura. El cuerpo fue llevado a hombros a lo largo de la Galia y la Hispania, recorriendo "casualmente" un itinerario que con el paso de los siglos se convertirá en la ruta jacobea, el hoy popular "Camino de Santiago". 
Prisciliano fue inhumado en su tierra natal, Iria Flavia. Desde entonces, un silencio sepulcral se cernió sobre su estirpe. Hoy, tímidamente se alzan algunas voces recordando que Santiago nunca habitó en la Hispania y murió a muchas leguas de distancia de los verdes campos gallegos desde donde se divisa el Mar Tenebroso y que quizás, no fuera descabellado el pensar que el sepulcro encontrado en el Campo de la Estrella, fuera el de druida Prisciliano. 
Otros más apegados a la tradicional cultura de la muerte, tan arraigada en nuestras aldeas, fundamentaban sus creencias en la presencia casi obsesiva de la muerte en nuestras vidas cotidianas, resaltaban la importancia y veneración que en esta tierra se le da a esa muerte que impregna todo cuanto hacemos, a esa mezcla de temor y seducción con la que convivimos en complicidad y absoluta familiaridad. 
De hecho a lo largo de la historia, quizás desde la invasión cristiana, igual que le ocurrió a la "Pedra da Serpe" e igual que Hermes pasó a llamarse San Roque, esta costa perdió en su denominación toda referencia a la muerte, hasta alcanzar el siglo XX, en que Eugenio Carré Aldao, en su obra Geografía del Reino de Galicia, escrita en los años veinte, es uno de los primeros en hacer alusión al nombre de Costa da Morte. Según él afirma, procede de una antigua leyenda recogida ya por el Licenciado Molina a mediados del siglo XVI, cuando habla de Fisterra, diciendo que es el fin de la Tierra, y que a la derecha de esta punta se desconoce todo tipo de navegación y que a partir de aquí no se ha navegado.
Lo cierto es que la muerte está presente en nuestras vidas desde el mismo momento de nacer, en la intimidad de la familia, en nuestras impenetrables creencias paganas y en las abundantes leyendas que han esculpido desde antiguo nuestra cultura. 
Ninguna de aquellas explicaciones llegó a satisfacerme totalmente, aunque todas ellas tenían un fundamento razonable.
Esta porción de costa maldita está ubicada en el extremo occidental de Europa, en el ocaso, allá donde la tierra termina para dar paso al ancho océano. Es esta, verdaderamente, una tierra de antiguas y profundas tradiciones, de supersticiones y leyendas que tienen a la muerte como protagonista principal. Leyendas que han sido trasmitidas entre susurros de padres a hijos, al calor del hogar, en las tertulias familiares de las largas tardes de invierno, en esas jornadas en las que los temporales impiden zarpar a las chalanas en busca del pescado de cada día. Estas leyendas son secretos de familia, secretos de aldea custodiados con complicidad. No aptas para ser narradas a personas extrañas. 
La Costa de la Muerte es una comarca de profundos silencios, de aldeas aparentemente vacías y fantasmales, donde el forastero, al adentrase en sus solitarias calles, percibe la extraña sensación de estar vigilado por cientos de curiosas miradas que surgen detrás de cada ventana. 
Es una tierra triste y húmeda, teñida de gris por las insistentes brumas que ascienden solemnes desde la mar océana y regada uno y mil días por el pertinaz orvallo. El fondo de sus aguas es desde hace siglos un enorme campo santo, donde reposan entre achatarrados barcos hundidos, cientos de marinos ahogados.
En su abrupto litoral golpea la mar con fuerza demoledora, provocando la secular cadena de hundimientos y tragedias que, según sostenían algunos, han dado el nombre a esta costa, al propio tiempo que se iba mezclando en la tradición popular la realidad con la fantasía, la historia con la fábula y se iba cimentando la macabra leyenda de la Costa de la Muerte.
Esta leyenda de la Costa de Muerte, como todas las leyendas que allí se cuentan, se enmarcan dentro de la tradición mitológica celta de sus habitantes y se desconoce a ciencia cierta a que épocas se remonta. 
Es evidente que esta historia o leyenda de la Costa de la Muerte tuvo que originarse en tiempos remotos, en fechas en las que no existían en las costas cercanas faros de navegación, o acaso, sólo uno, el ubicado en la llamada Torre de Hércules de La Coruña. 
Eran tiempos lejanos, donde tal vez, las dos únicas señales marítimas posibles, fueran la ancestral costumbre de hacer sonar con sus soplidos las caracolas de mar en los días de niebla y las pequeñas hogueras que las mujeres encendían en los cabos y atalayas para señalar a sus hombres el camino de regreso a tierra.
Cuenta la leyenda que en este territorio, prácticamente aislado por tierra de cualquier contacto con otros pueblos, sus gentes malvivían casi exclusivamente del trabajo de los hombres en la mar, alternando las faenas marineras con la labor de las mujeres que se dedicaban al cultivo de pequeñas huertas y la cría de algunos animales domésticos. Aún, cuando yo era un niño, la alimentación en la aldea se restringía primordialmente al consumo de pescado y patatas, algo de carne y casi ninguna verdura ni fruta, sólo aquellas que se cosechaban en el huerto familiar. 
Y si por tierra han estado aislados secularmente, por mar siempre han vivido saturados de visitantes. Nuestro litoral siempre ha congregado uno de los mayores tránsitos marítimos de Europa. Desde tiempos inmemoriales todos los barcos que provenientes del norte de Europa se encaminan hacia el Mediterráneo o África, tienen que bordear la Costa de la Muerte antes de enfilar sus proas hacia sus deseados destinos. Destinos que lamentablemente en ocasiones se tuercen, quedándose hombres y barcos fondeados para siempre en las profundidades de nuestros acantilados. 


La llamada leyenda de la Costa de la Muerte se sustenta en un hecho real, el excesivo número de hundimientos que verdaderamente se han dado a lo largo del litoral, culpabilizando de ello, a los nativos de la región. Sólo en el último siglo se contabilizan más de 150 hundimientos, con cientos de muertos y se ha perdido la cuenta de sustos y tragedias marítimas menores que sin embargo perviven en la memoria de sus habitantes. Tragedias entre los mariscadores de tierra y a flote. Una de las últimas, acaecida en la aldea de Corme puede servir de paradigma de la cotidiana realidad de sus gentes. Una joven viuda, madre de varios hijos, que había perdido su marido en la mar, decide trabajar como percebeira para poder ganar el sustento de sus vástagos, en su primera jornada de trabajo, bajó a las piedras, su inexperiencia y su necesidad le hicieron olvidar por un momento que nunca se debe dar la espalda al océano. Un golpe de mar, sin previo aviso, le estalla en su espalda y se la lleva al fondo a descansar eternamente con su marido.
La leyenda cuenta que en las noches de temporal y de poca visibilidad, cuando las lluvias tempestuosas o las brumas impedían a los navegantes avistar la costa, pequeños grupos de paisanos acudían con sus bueyes a pasearlos por los límites de los cabos, colgaban de los cuernos de las bestias pequeños faroles encendidos que simulaban, con el andar cansino de los animales, el balanceo de las luces de otras embarcaciones navegando. 
Los patrones de los buques que cruzaban la costa, al confundir la luz de estas farolas con la luz de alguna otra embarcación que navegaba más a tierra y a mayor resguardo de la tempestad, optaban por imitarla, aproximándose ellos también a la costa, cayendo en una trampa mortal, y precipitándose inevitablemente contra los escollos. 
En pocos minutos el barco engañado estaba perdido, aprovechando entonces la turba de lugareños para saquearlo y si fuera preciso, asesinar a los atemorizados e indefensos náufragos. 


Otras versiones más benévolas y menos siniestras, ubican a los piratas, tras provocar los hundimientos, en las playas interiores de las rías, esperando pacientemente a que las corrientes marinas se encargaran de transportar hasta la orilla el ansiado botín.
Lo que haya de verdad en esta historia es algo imposible de conocer, ya que nunca nadie ha reconocido públicamente haber participado en tal bastardo proceder, si bien es cierto que, aún hoy, los más viejos de lugar recuerdan haber acudido a las playas a incautarse de los enseres y la carga de los navíos hundidos fortuitamente y que la mar varaba entre las rocas y los arenales de las rías. 
La muerte, por tanto, es la madrina de esta costa, recientemente el último hundimiento en la Costa de la Muerte del petrolero "Prestige", ha provocado que su nombre resuene como un eco en los medios de comunicación del mundo entero. Esta desgracia que ha teñido de negro chapapote la costa del Finisterre, no es la primera, ni desgraciadamente será la última, ni tan siquiera por ser la más conocida es la más trágica de cuantas se han dado en este extremo del mundo y los paisanos también tuvieron que ir a las playas y las rocas a recoger su cargamento de muerte y no fue para enriquecerse, sino para poder sobrevivir evitando que el negro petróleo destruyera su flora, su fauna y matara de hambre a sus familias.
Se desconoce si por el carácter individualista y retraído que caracteriza a sus gentes o por ese silencio secular que los paisanos mantienen sobre los asuntos delicados que no van con ellos, se nos ha podido privar de conocer que hay de cierto en estas historias o leyendas que nuestros padres y abuelos nos han ido transmitiendo a través de los años y quizás, sea ese silencio cómplice, el que ha impedido que nunca se haya denunciado ni probado por la justicia este bárbaro proceder, si es que alguna vez lo hubo. 
Hoy en día, sucede algo similar con las actuaciones delictivas del estraperlo, contrabando y narcotráfico. Todos en cada aldea sospechan o conocen con certeza a quiénes hacen dinero con estos deshonestos menesteres, se murmura con voz queda entre amigos en las tascas, se comenta en la intimidad del hogar familiar y sin embargo, en las calles, ante los extraños, se comportan como si nadie lo supiera. 
Sea cierto o no, eran muchos los que sostenían que el nombre de nuestra costa se lo debemos a esta luctuosa leyenda, obviando el hecho de que tan numerosas singladuras de buques por una zona tan peligrosa, puede ser la verdadera causa de tan dolorosos acontecimientos, sin que los lugareños tengan nada que ver realmente con ello. 
Hace ya muchos años que vienen funcionando los faros de navegación a todo lo largo de la costa y que las autoridades marítimas controlan el tráfico naval, ya no existen sospechas de piratería y sin embargo, desgraciadamente, desde la Islas Sisargas hasta el cabo de Finisterre, en estos últimos años son decenas los barcos que se han hundido y centenares los marineros muertos o desaparecidos.
Argumentos no les faltaban a los que se afanan en negar la veracidad de esta leyenda, son conocidos muchos casos en los que gracias a la actitud memorable de los lugareños se han evitado numerosas pérdidas humanas. 
A finales del siglo pasado acaecieron dos grandes siniestros que están bien documentados por la nada sospechosa marina inglesa y donde no existe el menor atisbo de piratería. En 1890 el buque escuela británico "The Serpent" naufragó en nuestro litoral salvándose solo tres hombres de los más de trescientos tripulantes que iban abordo, los vecinos de las cercanas aldeas costeras tuvieron que ir durante muchas jornadas a la playa, pero no fueron a rapiñar ni los enseres ni la carga del buque que las mareas arrojaban a la costa, sino a rescatar los cientos de cadáveres que la mar iba paulatinamente devolviendo a tierra para poder inhumarlos cristianamente. 
Seis años después se produjo el naufragio de otro buque inglés, el "City of Agra", del que sólo se pudieron salvar quince de sus tripulantes, y ello, gracias al valor de los pescadores del lugar, quienes con riesgo de perder sus propias vidas, con una gran mar arbolada no dudaron en hacerse a la mar para poder socorrer a los náufragos. Este heroico gesto les valió a los lugareños del concejo de Camelle el reconocimiento del Almirantazgo de la Corona Británica. Existe una lista interminable de naufragios donde los paisanos arriesgaron sus vidas por socorrer a los barcos hundidos, que ignoran quienes dan pábulo a esa lóbrega leyenda. Muchos más hundimientos registrados en diversas épocas de la historia y casi todos ellos emparejados con actuaciones solidarias de los habitantes de estos pueblos, que en demasiados casos, pagaron con sus vidas el tributo de esa solidaridad tan propia de las gentes del mar.
Quizá pues, no sea la piratería la madrina de nuestra costa y acaso, tampoco lo sea la obstinada realidad de la pérdida de tanto marino en nuestro litoral, porque la muerte es una constate en todas nuestras aldeas, basta observar un poco y fijarse en sus mujeres, casi todas ellas vestidas perpetuamente de luto. En esas mujeres que tan bien describió Araceli Asturiano en un poema, escrito la primera vez que visitó la Costa de la Muerte:


"Sólo tiene doce años 
y ya es toda una mujer
y toda vestida de negro.
Ayer fue su abuelo
una leyenda de mar
que ella cuenta 
a sus muñecos.
Hoy, su padre
un telegrama...
pétrea mirada de viuda
flotando en el hogar.
Mañana será el hermano
un aprendiz de ahogados
con sólo quince años.
Y pasado su hijo
o, tal vez, el nieto
si le dan tiempo.
Pero Ella
que tiene más posibilidades
será huérfana, viuda
de mar y temporales
Será joven, hermosa
y arrugada
pero será negra 
como el fondo de la mar
donde yacen los hombres
que la amaron y la dejaron
sola y toda
vestida de negro.

Aunque tal vez el origen de esa familiaridad con la muerte, esa resignación para preparar el paso hacia ese otro mundo de los muertos, esas creencias en las ánimas errantes, en malvadas hadas, mouros y santas compañas, en esas premoniciones de urcos, mochuelos y cuervos, mensajeros avanzados que anuncian la llegada de la muerte o esas focas y sirenas que nos traen los mensajes de los ahogados o en la innumerable cantidad de ritos fúnebres, algunos, como el "abeillón", ya olvidados y perdidos, no sean ajenas a su modos de ver la vida y a su cotidiana relación con la muerte.


La Costa de las Muerte como fin y principio del Camino, ruta iniciática escrita en las piedras, en esas piedras brutas a las que la mano artesana de nuestros canteros, armada del cincel y el mazo, va transformando en objetos concretos que tan bien representan la sabiduría, la fuerza y la belleza de nuestro pueblo. Sí, el camino, igual que nuestra tierra, representa al unísono la vida y la muerte, es punto final y punto de la nueva partida, siglos de óbitos que eyaculan nuevas vidas, modelando una cultura de muerte plenamente vivida que ha arraigado en lo más profundo de nuestras conciencias. 
Sí, quizá nuestra costa esté adecuadamente bautizada con su mortecino nombre, pero no debemos olvidar que en ella hay una vida fecunda, vida que se aparea cada día con la muerte, alumbrando una cultura pletórica de sabiduría que goza de la belleza de vivir y conserva la fuerza suficiente para comprender que vivir, es ya, ir muriendo poco a poco. 
La pobreza en la que históricamente han vivido sus pobladores, es una pobreza material que los ha condenado a vivir con estrecheces y privaciones, compensando estas carencias con una riqueza espiritual y una innata aptitud para la fantasía y la imaginación, atesorando un amplio abanico de creencias paganas, ritos iniciáticos, premoniciones de la muerte y leyendas, que han cimentando una cultura enigmática y popular, donde se funden, en convivencia armónica, el temor a lo desconocido, el goce de la sensualidad y la aceptación de la muerte inevitable.

 

José Ramón Varela   Jrvarela@corme.net


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Actualizada el día 31.07.04