A GALICIA COMO VOLUNTARIO A

LIMPIAR CHAPAPOTE

 

Mientras la costa gallega languidece malherida, ensangrentada de negro chapapote, sus hijos y los hijos de sus hijos, la estirpe de aquellos descamisados que un lejano día abandonaron su tierra con sólo una maleta bajo el brazo y las esperanzas contenidas entre las lágrimas reprimidas en su mirada, lloran hoy su impotencia al presentir la soledad que asola a aquellos que se quedaron, aferrándose a su tierra y que día a día luchan contra la mar bravía para arrancar de sus entrañas el pan necesario.

Los medios de comunicación nos muestran un pueblo que no quiere rendirse, unos gobernantes perdidos en un laberinto de turbios intereses y la voz de la solidaridad se alza gallarda por todos los rincones perdidos de las Españas. 

En San Sebastián, en el útero de la Galicia donostiarra, de esa Galicia desgarrada a jirones de sus entrañas y que anida en el rincón de la Casa de Galicia, la voz tímida de unos pocos se agita entrecortada. Decidimos viajar en ayuda solidaria hasta la Costa de la Muerte a limpiar chapopote. Un centenar de hombres y mujeres se preparan para el duro viaje, estudiantes y trabajadores que ocuparán su ocioso asueto del largo fin de semana en mancharse sus manos de brea asesina, limpiando la peste negra del chapapote.

El jueves, víspera de la partida, nos reunimos para explicar en qué consistirá nuestra tarea, se deja claro que no vamos de excursión ni a hacer turismo, ni a fotografiarnos con una negra estampa que mañana enseñaremos a nuestros amigos. Vamos a trabajar, a hacer aquello que nos pidan, sin personalismos ni egocentrismos.

Nos informan que una vez en la tarea no podremos valernos por nosotros mismos, si queremos beber, limpiarnos el sudor o simplemente atusarnos el pelo, tendremos que solicitar la ayuda de aquellos que sean designados “Manos limpias”, el resto estaremos ennegrecidos desde los pies a la cabeza, embutidos en un traje impermeable y un buzo por encima cubriéndonos completamente el cuerpo, guantes y botas de goma, mascarilla y una gafas. Prácticamente todo el cuerpo oculto para evitar el contacto con el venenoso y cancerígeno chapapote.

Unos pocos serán los llamados “Manos limpias” ellos no entrarán en contacto con el fuel, se mantendrán fuera de los límites de la zona anegada y estarán atentos a las necesidades de los voluntarios que estén trabajando inmersos en la suciedad negra del alquitrán. Ellos se encargaran de socorrer todas las necesidades y enseguida surge la pregunta que todos tenemos en mente. ¿Si alguien necesita miccionar, cómo deberán ayudarle? La curiosidad teñida de risitas estalla y es cortada con una tajante respuesta, quien tenga alguna necesidad fisiológica tendrá que evacuarla vestido. Las risas se torna por arte de hechizo en caras preocupadas. Un murmullo recorre la sala y de nuevo afloran las sonrisas.

El viernes al atardecer partimos en dos autobuses, pasamos la noche entera viajando hasta llegar con las primeras luces del alba a Corme, un pequeño pueblo de la Costa de la Muerte, casi no hemos dormido, solo pequeñas cabezadas interrumpidas por la paradas obligadas del autobús. En la primera parada cerca de la media noche nos reparten bocadillos y latas de refresco, será nuestra cena, estamos en Castilla, el termómetro marca su signos en negativo, el frío es intenso y un café caliente nos amortigua el destemple, pero por contra, nos obliga a mantenernos desvelados, aumentando las horas de vigilia.

 

La siguiente parada es ya en el Bierzo, ya huele a Galicia en esta madrugada de escarchas, son las 4 de la mañana y de nuevo asoman los desvelos en nuestras caras, yo ya no me duermo, este café madrugador a izado mis pestañas, media hora antes de llegar a nuestro destino tendré que telefonear a la mujer que saldrá a recibirnos.

Según lo convenido ella nos esperará en la escuela del pueblo, dejaremos allí nuestro equipajes y bajaremos al muelle para desayunar en la Cofradía y desde allí, dirigirnos a la costa a trabajar.

Y así fue, sobre las siete de la mañana llagamos a la escuela de Corme, la joven voluntaria de “Nunca Máis” nos da las primeras instrucciones, debemos dejar el equipaje en el gimnasio de la escuela, acomodar nuestros sacos de dormir de modo que dejemos un estrecho pasillo para poder movernos. Los servicios están en otro pabellón, allí podremos ducharnos, pero ya nos advierte que de la ducha sólo mana agua fría, el calentador está estropeado y el Ayuntamiento es remiso a efectuar el arreglo.

Las caras somnolientas van despejándose cuando de nuevo embarcamos en el autobús para bajar al muelle, los voluntarios escudriñan con sus miradas la desierta aldea en estas horas tempranas, en el muelle, en la lonja nos esperan una docena de mujeres, voluntarias locales, nos ofrecen café caliente, galletas y zumos de frutas, nos advierten que desayunemos con ganas, pues el esfuerzo al que nos someteremos esta mañana requiere cuerpos despejados y bien alimentados. Tras el desayuno comienza el reparto del material, se desata un torbellino de gritos y empujones, se cantan en alta voz los número de las botas, las tallas de los buzos, se reparten gafas, mascarillas y guantes, todos vamos vistiendo nuestros ropajes, en plena calle el rito íntimo de vestirse y desnudarse se convierte en prosaico espectáculo, calzones, bragas y culotes son mostrados sin pudor alguno y poco a poco van surgiendo las figuras fantasmales de hombre y mujeres vestidos con los inmaculados buzos blancos. Vamos perdiendo la identidad, todos somos figuras similares, solo la voz, la estatura o la complexión fuerte de algunos nos permite reconocer la identidad de la persona que enclaustrada viaja dentro de aquella especie de blanco ataúd. Nos ajustan con cinta adhesiva mangas y piernas.

 

Subimos en furgonetas rumbo al cabo, hoy hay mala mar, las olas embravecidas chocan con fuerza contra la costa, bajaran a la cala las mariscadoras, nosotros nos mantendremos en lo alto. Cuando llegamos un tractor esta abriendo camino entre los tojos desde la carretera hasta el borde del acantilado, es un sendero ancho que nos sirva para transportar el material. Descendemos curiosos e intranquilos, con ganas de comenzar la labor hasta el borde de la costa. Al ver a las maduras mujeres que pala en mano descienden hasta las rocas, algún voluntario piadoso trata de ayudarlas ofreciéndole su mano, ellas, altivas, las rechazan, esas mujeres sesentonas conocen bien las rocas, desde niñas han caminado a saltos de piedra en piedra mariscando esos percebes que han dado fama al pueblo. Nos ordenan formar una cadena humana para portear los capachos desde el fondo  de la cala hasta una explanada en el campo. Durante horas, a la par que las mujeres van llenando capachos de negro chapapote, nosotros vamos pasándolos de mano en mano, almacenándolo en un llano que ha sido cubierto con grandes plásticos. El trabajo es duro  y pesado, cada capacho pesa unos cincuenta kilos, así durante cerca de cuatro horas, algún voluntario se tiene que retirar desfallecido, lipotimias y mareos. Los “manos Limpias” nos auxilian a cada rato, calman nuestra sed, limpian nuestro sudor o socorren a los desfallecidos.

 

Terminada la labor, formamos una nueva cadena, ahora habrá que subir los capachos desde el llano a la carretera, vaciarlos en los contenedores y después desnudarnos. Nunca el desnudarse fue tan complejo, con tijeras nos liberan de las cintas adhesivas, cortan los guantes, son quitan las gafas y las mascarillas que nos enmudecían. Ya con las manos libres rompemos los buzos que antaño fueran blancos y ahora están teñidos de negro apestoso, los arrojamos a las grandes sacos de basura, envolvemos nuestras botas en bolsas de plástico para no manchar la carretera y a pie, desandamos el camino y volvemos hacia el pueblo.

En la cofradía nos esperan de nuevo la voluntarias locales, nos ofrecen bocadillos y zumos de fruta, con la ansiedad del hambriento los devoramos y desde allí, de nuevo caminando recorremos los dos kilómetros escasos que nos distancian de la escuela. Ducha en agua fría y larga siesta.

Al atardecer nos obsequiarán con una comida caliente, una cena servida por voluntarias y cocinada por los bares del pueblo, una sopa caliente, caldeirada de pulpo con patatas y para los más voraces callos con garbanzos. Vino tinto y en los postres aguardiente. Se va caldeando el ambiente, alguno voluntarios cantan en euskera y las agradecidas mujeres voluntarias que nos atienden, nos responden cantando en gallego, suenan los acordes quejumbrosos de las gaitas, los aplausos, las sonrisas y las palabras de agradecimiento, la solidaridad avanza un paso y se torna en hermandad, la noche se hace larga, entre copas y cantos, poco a poco  nos vamos retirando, hay quien sigue la fiesta hasta el canto del gallo.

 

En el gimnasio los más previsores han cegado sus orejas con tapones de cera, el resto pasamos la noche en un vía crucis plagado de estaciones dolorosas, entre ronquidos y portazos, entre las risas de los más trasnochadores, tropiezos de los que caminan a tientas y el sonido mudo de las pisadas de los peregrinos que van y vienen del retrete y los gritos desesperados de los que claman silencio hartos de tanto ruido.

Al día siguiente con las primeras luces del alba volvemos a la faena, la mar está más calma, como si después de la fiesta le afectara la resaca. Como el día anterior volvemos a reponernos con un desayuno en la lonja de la Cofradía, ya no es tan sonoro el caos del reparto de vestuario, y las caras ayer sonrientes, hoy están más demacradas, como premio hoy nos dejaran bajar a las calas, rascar las piedras con espátulas, retozar en la brea mientras llenamos de chapapote los capachos. Otra mañana hundidos en el negro espesor de la brea maloliente. Al termino de la jornada, otra comida de bocadillos y otra siesta, en los bares del pueblo en honor a nuestra presencia los televisores retransmiten el encuentro de fútbol de la Real Sociedad, muchos lo aprovechan, otros que ya han enraizado amistades entre la población nativa se embarcan en pequeñas excursiones a rincones mágicos donde los ancestros de estos habitantes dejaron gravado en la piedra sus creencias paganas y sus Dioses, y otros menos curiosos de pasados olvidados en las páginas de la historia prefieren encaminar sus pasos hacia los pueblos limítrofes a conocer realidades teñidas de negro chapapote. Y al anochecer, otra cena con cánticos y risas. Y una nueva noche prolongada entre conversaciones, música, baile  y aguardientes tostados.

El tercer día es lunes festivo, celebración de los Reyes de Oriente, la jornada se recude a una mañana de trabajo en un arenal de conchas, a los bocadillos y al viaje de vuelta. Otras once horas de trayecto presos en un estrecho asiento de autobús, llegaremos de madrugada a nuestro lecho, quizás sin tiempo de dormir unas horas para reponernos antes de acudir puntuales a nuestros trabajos remunerados. Viajamos de retorno con el cuerpo roto de mil esfuerzos y el alma resplandeciendo por la gratitud íntima de ese trabajo dedicado a aquellos hombres que se aferraron a su tierra y día a día luchan contra la mar bravía para arrancar de sus entrañas el pan snecesario. Ese pan que ahora se lo están esquilmando entre los egoísmos de una sociedad que no mide las consecuencias de su acomodo y unos políticos sin escrúpulos que incapaces de asumir responsabilidades abocan a un pueblo a la muerte.

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