RELATOS

 

TALLER DE CREACIÓN LITERARIA

RELATOS EN FEMENINO - RELATOS EN MASCULINO - RELATOS DE SUSPENSE

RELATOS DE SUSPENSE

AIRE DE DIFUNTO - CASA ENCANTADA - PRIMERA VEZ - SANTA COMPAÑA - LUNA DE MIEL - MIEDO A VOLAR - TERROR EN EL AULA - ESTÁ DE MUERTE

 


 

LA PRIMERA VEZ

Lo había imaginado muchas veces, pero nunca pensé que fuera tan profundo el deleite. Aún hoy evoco con nostalgia mi primera vez. Fue un encuentro breve. Cuando la saqué, en un intento de eternizar aquella grata sensación, clavé mi mirada en su rostro femenino. Sus ojos parpadeaban sin decidirse a cegar definitivamente su mirada. Eran unos ojos implorantes, vidriosos, agonizantes y de su boca entreabierta aún manaban susurrantes sus últimos debilitados jadeos. Pensé en perpetuar mi goce volviendo a metérsela con más fuerza, una y otra vez, hasta desfallecer de placer. No lo hice. Dominé mis instintos voluptuosos y decidí alargar la plácida serenidad de aquel momento. Admirar aquel dulce rostro relajado me trasmitía la quietud de un ángel. Me fijé en mi arma: firme, dura, acerada; estaba aún húmeda y enrojecida; debería limpiarla —pensé—, pero la guardé tal y como estaba.
Ahora, treinta años después, esta navaja, con la que perpetré mi primer crimen, es mi mayor tesoro.




LA SANTA COMPAÑA

Soy un cobarde. ¿Quién me mandaría a mí ir aquella noche a la aldea? Serán cosas del demonio, siempre nos empuja a hacer lo que no debemos. ¿Por qué me contaría mi abuela aquellas historias? “La Santa Compaña se pasea todas las noches por la aldea de Candelago”. ¡Si yo era sólo un niño! Desde entonces ese temor a la Compaña sigue vivo en mis entrañas.
Y si la temo, ¿por qué fui en su búsqueda aquella noche? Quizás no quería reconocer que soy un cobarde. Quizás quise demostrarme que no había por qué temerla. Que sólo eran invenciones de mi abuela.
Pero fui. Y fui sin hacer caso a los negros presagios: el orvallo, la bruma, el sol mortecino, y aquella vieja en el camino. Su mirada de hielo. Sentada en la encrucijada, al píe del cruceiro. ¿Por qué se santiguó al verme pasar? ¿Por qué no escapé nada mas toparme con aquella aldea muerta, amortajada entre penumbras?
No estaba habitada ninguna de aquellas casas. Me interné —curioso y temblando de miedo—, en algunas de aquellas ruinas. Entré en aquellas viejas piedras que antaño fueron viviendas. Sus tejados, sus puertas y ventanas también habían huido tras la fuga de sus dueños. En su interior ahora sólo moraban plantas silvestres. Y arañas e insectos. Eran casas diminutas que, observadas en el fondo gris con la que las envolvían las brumas, sugerían ser las moradas de las temidas almas errantes, esas ánimas que se pasean por las noches. Almas en pena que buscan a sus víctimas por las estrechas corredoiras de los bosques cercanos.
Aunque ya tiritaba de miedo, quise esperar. Demostrarme que no era un cobarde. Me senté sobre el tronco retorcido de aquel carballo que semejada un fantasma. Necesita descansar. Calentar mi cuerpo. Dominar mi miedo. Invenciones de viejas. Temblaba. La humedad me calaba hasta los huesos. Encendí una pequeña hoguera. Y me quedé dormido.
Me desperté mecido por el monótono ronroneo de las hojas, pero no soplaba viento alguno y al abrir mis ojos me encontré un panorama negro, la hoguera se había apagado. Miré el reloj, no veía qué hora marcaba. Ni veía cosa alguna, salvo sombras que dibujan fantasmales figuras en la noche cerrada. Sólo allá, a lo lejos, en la profundidad del cielo, escondida tras la gruesas nubes negras, la tenue luz de la luna menguante. Sentí miedo. No, más que miedo, sentí pánico. Sentí como el terror me congelaba el alma. Estaba sólo, pero tenía la sensación de que alguien me vigilaba. ¿Sería ya la medianoche? Oí el aleteo de un ave. Quizás de un mochuelo. ¿Habría salido ya la Santa Compaña? Los mochuelos auguran la muerte.
Tengo que huir. ¡Y cómo vuelvo a casa si no veo nada? Me puse en pie. Y fue entonces. Sí, fue entonces, al ponerme en pie, cuando noté como me agarraban por detrás. Una mano huesuda… larga… casi imperceptible, como la garra de un fantasma; y me empujaba hacia atrás cuando intentaba avanzar. Quise arrodillarme, pedir perdón por mi osadía, pero tampoco me lo permitió.
Tiró de mi capucha hacia arriba. Estoy perdido. Preso de la Compaña. Imploré. ¡Virgen del Carmen sálvame! ¡Por Dios no me maten! Prometo no volver a esta aldea. Les juro que jamás contaré a nadie que les he visto. ¡Tengan piedad! ¡En el nombre de Cristo, no me maten. Grité… lloré… supliqué desconsolado durante toda la larga noche.
Comenzaba a amanecer cuando oí su canto. Era como un silbido mudo y lejano. Se acercaba despacio, lentamente. Cada nota, poco a poco, se oía más cercana. Y fue entonces cuando vi a la sombra salir de la profundidad de la niebla. Se aproximaba hacia mí. Tenía figura humana. Vestía de negro, cubierta toda ella desde los píes a la cabeza. A lo lejos se paró y me miró fijamente. Volví a implorarle: ¡No he hecho nada! ¡Le juro que jamás me reiré de la Santa Compaña! ¡Déjeme ir!
Y vino hacia mí directo. Dejó de silbar. Avanzaba en sepulcral silencio. Era un hombre. Le costaba caminar. Sus botas se enterraban en el barro del sendero. Se apoyaba en un largo cayado. Me miró. Sus ojos, enormes, como los de un lobo oteando su presa, clavados en los míos. Su gesto me estremeció, parecía que aquel hombre estaba confuso. Fue entonces cuando se detuvo frente a mí. Y yo, muerto de miedo, me atreví a balbucear unas pocas palabras… tartamudeaba
—No… no me… no me haga nada… Déjeme marchar.
—¿Hacerle?
—¡Suéltenme! ¡Por favor no me hagan nada, quiero irme a casa!
—¿Soltarlo?
—Sí, Suéltenme. ¡Por favor. Se lo ruego!
—¿No puede usted soltarse?
—No. No puedo. ¡No ve que me tienen preso los de la Santa Compaña!
—¡Qué Santa Compaña, ni que carallos! Esta usted enganchado a una rama.


 

 

 


LUNA DE MIEL

Si la felicidad existiera, imagino que sería una sensación parecida a la que disfruto en estos momentos. Hoy ha sido un día intenso. Un día que, aunque viviera toda una eternidad, jamás olvidaré. Un día que me gustaría —si existiese la posibilidad— inmortalizarlo para que se repitiera desde el amanecer al crepúsculo, días tras día, hasta que fallezca.
A mis treinta años descubro qué frágiles son nuestras verdades. Cuán sutiles son las emociones que se filtran por nuestros poros. Creía conocerme bien y hoy he descubierto que no soy ni tan frío ni tan racional como pensaba. Hoy he llorado embriagado de múltiples emociones desconocidas para mí; Dolores, con su mirada de gorrioncillo posada en mis ojos, con ese hilo de voz con el que ha pronunciado el sí quiero, me ha provocado que estallara en un torbellino de lágrimas.
“Hasta que la muerte os separe” ha dicho el sacerdote y yo he tenido la tentación de añadir: y que la muerte nos encuentre a los dos juntos en nuestro último aliento, así seguiremos unidos hasta que en el Juicio Final el tiempo se detenga.
Hoy estoy viviendo un día gozoso. El día más feliz de mi vida. Tras la ceremonia, fotos y más fotos para hacer perenne esta inseparable unión. Luego una comida familiar saboreando alegrías. Y ahora, rodeado de amigos, este rato de ocio en la discoteca, antes de que el reloj nos anuncie que ha llegado la ansiada medianoche, en la que desnudaremos las sábanas de nuestra luna de miel.
Dolores me mira sin pronunciar palabra alguna, pero su mirada me apela para que la saque a bailar. Ansía, igual que yo, que nuestros cuerpos se fusionen al ritmo lento de este bolero, en un abrazo perpetuo.
—Bailemos —la invito, no sé si por agradarla a ella o por disfrutarla yo.
Me seduce esta frescura de su aliento cuando sus labios rozan los míos. Me derrite ese modo tan delicado con el que pronuncia: te quiero. Percibo sus sutiles caricias en mi espalda y la aprieto por su cintura para sentirme parte íntima de su cuerpo. Cierro los ojos. Quiero saborear la profundidad de esta grata sensación para no olvidar jamás cuánto la amo. Creo que daría mi vida por ella.
¿Qué es ese alboroto? ¿Por qué corren?
—¡Fuego! —Ha gritado alguien para asustarnos
—¿Qué pasa, Feliciano?
—No lo sé cariño. Espera aquí, voy a mirar qué ocurre. No te muevas. Espera aquí sin moverte; pase lo que pase volveré a buscarte.
¿Qué está pasando? ¿Por qué corren todos alocados hacia las puertas de emergencia? No se ve ninguna llama. Habrá sido algún gamberro el que ha gritado. No puede ser nada grave si aún se oye el sonido del bolero. Miro a Dolores, parece asustada. Me llama, volveré a su lado para protegerla entre mis brazos. Con tanto griterío casi no la oigo. Me empujan. ¡Qué brutos! Se asustan por nada. ¿Qué pasa? Se ha quedado a oscuras la sala y ha cesado la música. Oigo a Dolores que me llama a gritos atemorizada. Pero no la veo. Me empujan de nuevo. Me voy a caer, estoy perdiendo el equilibrio. ¡Qué golpe me he dado! Me pisan el brazo. ¡Dios! Me pisan la cabeza. ¡Qué dolor! ¡Mi ojo! Creo que es un cristal. Un trozo de vaso, o de una botella. No sé si me sangra el ojo o son sólo lágrimas. Tengo clavado un trozo de cristal en el párpado. Debo levantarme o no saldré de aquí. Esto se está poniendo feo. Sí, es cierto, debe de haber fuego. Huelo a quemado. Tengo que correr. ¡Mierda! Qué hace esta puta mesa en el pasillo. ¡Qué golpe me he dado en la pierna! No veo nada. El ojo. El ojo me sigue doliendo. El humo no me deja respirar. Me lloran los ojos y me escuece la garganta. Debo salir de este infierno. ¡Madre mía! ¡Sí hay fuego! ¿Quién es esa chica que corre entre llamas como una tea encendida? No. No parece que sea Dolores. ¡Tengo que salir!
—¡Daros prisa en abrir la puertas o nos achicharraremos vivos.
—Las puertas de emergencia no se abren —grita una voz masculina de alguien que no veo.
Dios, tengo que correr hacia la puerta de entrada. No te rindas Feliciano. ¿Y Dolores? Olvídate de Dolores. ¡Corre! Dolores se las arreglará sola. Tengo que abrirme paso a empujones. ¡Jódete! ¿Qué se pensaba esta tía? Al suelo, zorra. Desde aquí veo la claridad de las luces de la calle. No estoy muy lejos. Tengo que correr en esa dirección. Venga Feliciano, tú puedes. ¿Qué pasa? ¿Por qué están parados? ¿Por qué no les ayudan a salir los que están en la calle? Estos mamones no se mueven. ¡Fuera! ¡Atrás! ¡Dejadme pasar! Tengo que abrirme camino o moriré calcinado en este infierno. ¡No me agarres! Aunque tenga que matarlos a todos, yo voy a salir. Tíralos hacia atrás Feliciano. Lo importante es salvarte tú. Eres fuerte, hazte valer, puedes empujarlos y pasar por encima de todos ellos. ¿Por qué no se dan prisa en salir? Sólo me faltan unos diez metros. Me pica la garganta, el humo no me deja respirar. Este peludo, fuera. Esta chillona histérica, atrás. Ya me acerco, sólo un esfuerzo más. Desde aquí ya veo la calle. Veo a la gente arremolinada en la salida. Gritan. Lloran. Tengo que llegar. Sigue, Feliciano. Sálvate. ¿Y Dolores? ¿Dónde estará Dolores? Y qué más da. Qué se las apañe ella solita. ¿No era tan inteligente? Voy a salir, aunque tenga que pasar por encima de toda esta gentuza. Ya sólo me faltan unos cinco metros. Me lloran los ojos. No puedo respirar. Voy a desmayarme. No aguanto este picor en mis ojos. Esta tos. ¡Apártate! Ya casi alcanzo con mi mano el dintel de la puerta. ¡Dios! ¡Qué poco me falta! No puedo fracasar, ahora no. Empuja Feliciano. ¡Atrás idota, déjame pasar! Ya respiro, siento el aire húmedo de la noche. ¡Agárrate al marco de la puerta y empuja! Ya casi estoy fuera. ¡Me voy a salvar! ¡Por fin estoy en la calle!
—¡He salido! ¡Estoy salvado!
No veo nada con este ojo. Tengo la camisa ensangrentada. Me duele todo el cuerpo.
—Feliciano, ¿dónde esta Dolores? —Me pregunta su hermano.
¿Dolores? Y a mí qué me pregunta; acaso soy yo el responsable de ella, ya es mayorcita. Este sólo se interesa por su hermana ni tan siquiera se interesa por mí, no me pregunta qué tal estoy ni qué le pasa a mi ojo ensangrentado, ni se alegra de verme a salvo.
—Y yo qué sé dónde está Dolores. ¿A mí qué me preguntas? Echó a correr la muy cobarde como una loca cuando gritaron que había fuego. Yo me he dedicado a ayudar a la gente, jugándome la vida.

Al día siguiente, en la pista de baila, bajo los escombros, los bomberos hallaron el cadáver calcinado de Dolores.
Seguía Esperando.

 




TERROR EN EL AULA

La velada se presentaba interesante: una tertulia literaria a medianoche era la ambientación idónea para comentar los tenebrosos relatos de Edgar Allan Poe.
Magdalena, mi inseparable amiga, con su dócil mirada de gatita en celo, me acompañaba con la ilusión de una primeriza floreciendo en sus pupilas. “Me gustaría acompañarte, nunca he estado en una tertulia literaria.” Casi a la par, los dos habíamos, más que leído, devorado aquel libro de relatos de Poe. Durante las noches anteriores fue mi libro de cabecera, el motivo de mis pesadillas y una buena excusa para compartir abrazados miedos y temores en las largas conversaciones íntimas, que rubricaban siempre nuestros encuentros amorosos de los atardeceres, en la alcoba de Magdalena.
Pero al ver allí a aquel viejo cuervo de pico largo y más larga verborrea, tuve la premonición que no iban a ser los relatos de Poe quien nos aterrorizara aquella noche, la presencia de aquel avechucho de cabellos teñidos de rubio estropajo y cuerpo cadavérico, que ni había leído el libro, ni atendía a los comentarios de los demás asistentes y que con sus babas asomándose por la comisura de sus labios no paraba de regurgitar palabras sin sentido, estaba ensombreciendo el, ya por sí tétrico, encuentro de medianoche.
—Bla, bla, bla…
Algunos tertulianos, al comienzo —desconozco si fue por educación o por no mostrarse huraños—, le rieron algunas de sus insulsas bobadas. “Mal agüero.” Y yo que gozo de escuchar en piadoso silencio, miré al moderador, primero con ojos de extrañeza, rogándole que amordazara el pico de aquel cuervo que parloteaba como un papagayo. Condescendiente, ni se inmutó y su falta de autoridad hizo que al cuervo le fueran creciendo las alas. Magdalena, intuitiva, me mirada con ojos de cachorrillo asustado. Sin pronunciar palabra alguna traduje sus gestos: “¡Dios mío! Cómo se puede hablar tanto, sin aportar absolutamente nada.” Y volví, segundos antes de que el inesperado apagón nos dejara a oscuras, a horadar con mi mirada —ya asesina—, en el fondo de los pétreos ojos del moderador, quería conminarlo a que le desgarrara las alas al negro cuervo antes de que mis presagios se convirtieran en realidades y la noche se tiñera del rojo sangriento que brota de las batallas.
En la negrura, mientras los anfitriones buscaban algunas velas, el cuervo se trasmutó en murciélago, se autonombró príncipe de las tinieblas y comenzó a chuparnos la paciencia. “¡Qué insolente es la soledad!”
—Bla, bla, bla…
Magdalena, que tiene pánico a la oscuridad, se acurrucó entre mis brazos: “Me aburro, ¿nos vamos?” me susurró al oído. Y yo, que incapaz de aguantar tanto discurso vacuo, ya me había ausentado para refugiarme en el más profundo de mis desvanes, aquel donde atesoro la prudencia, aunque la oí, no la escuche.
Prendieron algunas velas y como en una noche de sortilegios, las sombras comenzaron a danzar proyectadas sobre las paredes grises del aula. Eran como espectros ebrios que huían de los ecos de las soledades de la urraca.
—Bla, bla, bla…
Miré a Magdalena, sus ojillos —que destellaban entre la tenue luz de los cirios—, me recordaron a las miradas de esos perros de compañía que cuando están al lado de su amo, lo dan todo. La abracé, apretándola contra mi pecho con todas mis fuerzas para que se sintiera protegida. Percibí como sus dedos resbalaban lentamente, recorrían mi espalda intentando asirse a mi cintura, y con la discreción de un caballero, rocé con mis labios su boca de esmeralda.
En ese momento de profunda emoción, oí de nuevo ladrar al espantapájaros violando la intimidad de aquel hermoso momento. “Este tío —Poe— estaba tronado. Era un sicótico.”
Pensé que de seguir allí mucho tiempo, seria yo quién perdería temporalmente la cordura y que para gozar de una velada rebosante de fuertes emociones, era mejor aprovechar la negra noche en un ambiente más sorpresivo y mucho más gratificante: el lecho de Magdalena.
—Sí, vámonos.

 





ESTÁ DE MUERTE

Edelmiro era un hombre de expresiones lacónicas. Era, además, un enamorado del lujo; y de haber gozado de la fortuna de ser rico, habría sido un sibarita escandaloso. Pero como no era rico —sino todo lo contrario: un pobre trabajador— su sibaritismo estaba condenado a levitar en el mudo etéreo de los sueños.
Su pobreza no sólo era dineraria. Su paupérrima existencia era tan manifiesta que, incluso, alcanzaba a su lenguaje. Era tan pobre en expresiones que su elocución casi se ceñía a enunciados difusos del estilo: “está de muerte”. Y lo mismo utilizaba estas expresiones para adjetivar a una mujer atractiva, para resumir el argumento de una película, para mostrar su interés por un partido de fútbol, que para calificar la sabrosa exquisitez de un buen plato o, también, para referirse al tiempo climatológico, fuera este bueno o malo.
Yo, que soy el narrador de este relato donde cuento su vida, nunca logré entender el porqué de este uso tan pobre del lenguaje que le servía para englobar todo aquello que, indistintamente, estaba bien o mal hecho. Pero como usted sabe amigo lector, por imperativo del guión, un narrador está obligado a ser fiel con la sensibilidad propia de cada uno de sus personajes y respetar personalidad y, también, su lenguaje. Por esa razón siempre puse en sus labios una gama de expresiones casi idénticas cuando Edelmiro deseba expresar diferentes sensaciones. Así enunciados como: me muero de hambre, me mataría por poseerla o está de muerte, eran los recursos más socorridos en sus breves y lacónicas respuestas.
Lo más curioso es que, a pesar de la multitud de ocasiones en que tuve que repetir esta sinfonía de expresiones mortecinas, jamás logré familiarizarme con ellas. Me parecían sumamente pobres y carentes de contenido.
En lo único que Edelmiro era rico, era en fantasías. Las tenía todas. Tuvo siempre un sueño imposible. Una quimera de esas que se evocan en la vigilia. Un sueño —como él afirmaba— “para morirse”. En ese reiterativo ensueño Edelmiro se imaginaba rico, viajando de un país a otro, y en cada país, sus etapas las marcaba la “Guía Michelín”: los restaurantes calificados con tres estrellas. Imagino que como reza en el tópico, sueña con saciarse el que hambre padece.
Pensaba —según sus sueños— comenzar su periplo gastronómico en España, donde en su ruta imaginaria sólo haría cuatro estaciones: Arzak, Martín Berasategui, El Bulli, y Can Fabes, los cuatro restaurantes que según su expresión: “están de muerte”. De allí —decía— saltaría en su peregrinación a Francia: Maisons de Bricourt… y un sinfín de nombres de laureados restaurantes que ya he olvidado. Para rematar su onírico programa, deseaba, después de recorrer medio mundo, poner el broche final visitando los restaurantes “Tres Estrellas” de Nueva York.
Tanta estrella en tan poca cabeza le restaba facultades mentales a su universo, y creyó —después de dedicar la mayor parte de su tiempo disponible a estudiar diferentes combinaciones matemáticas, intentando descubrir el secreto insondable de cómo acertar los seis números de la lotería primitiva— que había descubierto la formula mágica.
Su mujer hastiada de los viajes estelares de Edelmiro, optó por buscar refugio en los brazos de un hombre más terrenal y se fugó con un vendimiador temporero, un portugués de mirara vivaracha y barba de varios días que le daban un aspecto de ser muy varonil, y dejó plantado a su marido que vagaba perdido en el laberinto de sus espejismos.
Edelmiro ni se inmutó.
—Para qué necesito a esta muerta de hambre, si cuando sea rico me sobrarán tías de esas que están para morirse.
Edelmiro no se amilanó y siguió tentando a la providencia.
Quizás por cansancio, quizás aburrida de tanto darle el esquinazo, la diosa Fortuna, un jueves de invierno que se encontraba ociosa, para romper su rutina, quiso curiosear en la reacciones de Edelmiro y le otorgó sus favores: lo agració con un boleto único acertante de la lotería primitiva.
—Es para morirse —exclamó Edelmiro cuando comprobó sus seis aciertos.
Y yo, por primera vez a lo largo de mi narración, creí entender lo que mi personaje deseaba y, utilizando esta magia que tiene la ficción, ejecuté —literalmente— sus deseos. Lo maté. Obviamente no quise que se desperdiciase tan bello sueño, cobré el boleto agraciado y me convertí en el protagonista de esta historia.
Y francamente, debo confesar que es maravilloso gozar en la realidad, lo que en Edelmiro no pasó de ser un sueño. Tras un año viajando por medio mundo, hoy he comido en el “Bouley” de Manhattan y cenaré en el “Daniel” de Upper East Side, y pondré punto final a este relato del ingenuo de Edelmiro quien, por utilizar expresiones de doble sentido, se encontró con la muerte el día más feliz de su vida.





LA CASA ENCANTADA

Sentada en la terraza del hogar recién estrenado, Moraima miraba con ternura a sus nietos. Hoy sus ojos se habían desprendido de la tristeza que atenazaba su mirada desde niña.
Aquella mirada triste que tuvo durante toda su existencia, no fue causada por el aburrimiento, fue por la ausencia que, desde niña, siempre la acompañó. Durante los deshojados días del otoño, en los impasibles días del invierno, en los mustios del verano y de la primavera, Moraima consumía sus horas apostada tras los visillos, miraba por la ventana la deshabitada y misteriosa casa de sus sueños. Aquel caserón ubicado entre el mundo real e imaginario, era su herencia quebrantada.
La casa que le carcomía las entrañas, y que todos en la aldea afirmaban que estaba encantada, se erguía tentadora ante sus ojos. Ella, mejor que nadie, conocía todos sus secretos. Cincuenta años de cómplices miradas —miradas inocentes en su niñez; miradas curiosas en su adolescencia; miradas soñadoras en su juventud y, también durante los últimos treinta años, miradas emprendedoras en su otoñal madurez— habían convivido con Moraima y la ya destartalada casa.
Mientras sus dedos resbalaban persiguiendo las gotas de lluvia sobre los cristales de la ventana, ella conspiraba en silencio. Aquellas gotas se esparcían por el suelo a la vez que ella soñaba cada día con habitar su herencia en ruinas, con penetrar en los escombros de su historia y alcanzar lo que otros jamás lograron: liberarla de su embrujo
En su lecho de muerte, su tío —con toda su familia por testigo—, le donó en legado la casa. Pero su herencia se la arrebataron y enterraron su ilusión en el mismo nicho que inhumaron a su llorado pariente. La ambición de sus mayores la despojó de su heredad, e impidió el descanso eterno al finado.
Una noche, cuando ella aún sólo era una niña, en la vigilia que precede a los sueños, se presentó a los pies del lecho su difunto tío y le prometió que, mientras no se cumpliera su voluntad postrera, él no descansaría y su casa seguiría deshabitada y sin dueño para siempre.
Desde entonces, cada jornada, cuando las campanas de la iglesia anunciaban el vértice entre la luz y las sombras, comenzaba la maldición y surgían, no se sabe si de un pozo invisible enterrado bajo el suelo o de algún escondido agujero entre las paredes que dividían las piezas de la vivienda o, acaso, desde la techumbre de tejas carcomidas donde anidaban las golondrinas, los ecos de los gritos insistentes del fantasma que aterrorizaban a los inquilinos.
Durante largos años una procesión variopinta de inocentes huéspedes, que se aventuraron a vivir entre aquellas paredes, tuvieron que abandonar su refugio, horrorizados entre temblores de miedo y gritos de angustia, el mismo día en que decidieron alojarse bajo aquel techo. Hubo entre aquellos pupilos, también, algunos incrédulos que en un alarde de valentía osaron desafiar al espectro: “creencias aldeanas sin sentido”, afirmaban. Pero también aquellos, presos del pánico, se tuvieron que rendir ante las voces que provenían desde las entrañas de aquellas paredes.
Las voces de ultratumba, a algunos de aquellos inquilinos les trastocaron su mente racional; a otros les arruinaron el supuesto valor del que hacían gala; y a todos, les cercenaron para siempre su paz interior. No hubo hombre, mujer o niño, en tantos lustros, que pudiera habitar aquel edificio maldito.
Moraima no se casó nunca, no deseaba que el sentimiento de amor por un hombre, le apartara del dictado de su conciencia, pero si tuvo hijos, dos, y tres nietos, necesitaba trasmitir el legado de su herencia y que no se olvidara —si ella fallecía antes de saldar la deuda— el agravio que le habían infligido.
Tiembla el vacío entre las manos de Moraima al saberse —después de cincuenta años de sacrificios—, vencedora de tan larga batalla. Ella que sabe bien cuán hondo es el silencio, que conoce el abismo de las soledades, anhela enterrar para siempre el ataúd de los recuerdos que encadenan a su tío muerto con el mundo de los vivos y no le permiten que descanse en paz en su lecho póstumo.
Hoy Moraima ha firmado la escritura de propiedad de la casa encantada —ella que conoce como nadie esas voces familiares que murmuran letanías por las paredes de la finca, las voces de aquellos que le hurtaron su propiedad y sus ilusiones siendo una niña—, cree llegado el momento de esparcir las laureles de su victoria por el aire y instalarse a vivir junto con su familia, en el hogar que le robaron.
En la aldea todos conocen su calvario y mientras camina hacia la iglesia para dar gracias a Dios o lleva flores a la tumba de su tío, las sonrisas la saludan a su paso. Se termina —por fin— una larga noche de ultrajes y Moraima que ya atesora todo el caudal necesario para desembarazarse de su pesadilla, esta mañana ha recibido del notario, a cambio del dinero ahorrado durante toda su vida, la llave de aquella casa que, siendo suya por sagrado derecho, le han obligado a volver a comprarla.
—Pintaremos de rojo la fachada —le comenta a su nieto más pequeño— un rojo suave y vivaracho que salude con labios sonrientes a los viajeros cuando transiten por esta curva cansada del camino que conduce al mar, y anunciaremos al mundo, que este hogar no está ya encantado, que en el cementerio ya reina la paz y se ha hecho justicia.
Y el niño, que no comprende sus palabras, la escucha en silencio y la mira extrañado con sus grandes ojos de esmeralda, porque ve, por primera vez en la vida, a su abuela alegre y sonriente.





MIEDO A VOLAR

Me he pasado media vida alimentando temores y hace unos días tomé la decisión de arriesgar la otra media vida que me quedaba. Me embarqué por primera vez en un avión y volé.
Hace una semana, cuando subí a bordo del avión en Madrid camino de nuestras vacaciones, era tal el pánico que sentía que me atiborré de tranquilizantes: dos pastillas de “Tranquimacín” para sosegar mis angustias y una de “Orfidal” para dormir durante el vuelo, aunque, quizás, no la necesitara, pues la noche previa al viaje no pude conciliar el sueño. Esta combinación de drogas me venció y antes de despegar ya estaba profundamente dormido. Me despertó una voz ronca que surgía de un altavoz, era el comandante. Nos comentaba que sobrevolábamos la Costa Este de Estados Unidos y que en menos de una hora aterrizaríamos en Miami. Al verme abrir los ojos, mi mujer miró al niño y ambos con complicidad sonrieron. No me dijeron nada —no hacía falta— sabía que se mofaban de mis miedos. Aterrizamos sin novedad y me avergoncé de mi cobardía. Volar era una forma cómoda y rápida de viajar.
Ahora, de nuevo en el aeropuerto para iniciar el vuelo que nos llevará a nuestra casa, me doy cuenta de cuán infantiles eran mis miedos. Me siento satisfecho de haber cedido al capricho de mi hijo. Yo argumentaba que era un despilfarro: por qué viajar hasta Disneylandia pudiendo ir, cómodamente en tren, al recién inaugurado Eurodisney. Pero él se mantuvo firme y me replicaba que yo se lo había prometido.
El niño se había enfrentado con gran entereza a una operación a corazón abierto y yo, sin pensarlo, con la única intención de darle ánimos, postrado en la cama rumbo al quirófano, quise ofrecerle una esperanza que le fortaleciera en ese momento crítico de su existencia.
—Cuando te cures, te llevaré a Disneylandia —le dije sin pensarlo.
Él no debía ser consciente del riesgo que suponía para su vida aquella operación, pues al despertar de la anestesia fue lo primero de lo que se acordó.
—¿Me lo prometes? —me preguntó medio adormecido.
—¿Qué quieres que te prometa?
—Que me llevarás a Disneylandia
—Sí, hijo mío. Sí, te llevaré cuando te cures y puedas viajar sin peligro para tu salud —Le mentí, no era mi intención engañarle, lo hice por reconfortarlo.
Mi esposa se alió con él y hasta que consiguieron doblegarme no pararon de exigirme, durante más de un año, que cumpliera mi palabra.
Me alegro de haber compartido con ellos esta semana de asueto. Este viaje no lo olvidaré. El niño ha disfrutado; mi esposa se ha mostrado cariñosa, me ha hecho revivir aquella olvidada luna de miel, me ha desvelado toda la ternura que aún atesora y que durante todos estos últimos años parecía apagada. Pero lo más gratificante ha sido que me he desembarazado de ese terror que me atenazaba y me impedía subirme a un avión.
Ahora embarco con una sonrisa, quiero sentarme en la ventanilla, demostrarme que puedo mirar hacia el vacío sin angustia, viajar despierto, charlar relajado y gozar de la alegría de mi hijo que no para de relatarme —exagerados— los detalles de sus vivencias en esta semana de alborozos.
Despega el avión, despega suave, con esa grácil sensación que deben sentir las gaviotas cuando planean por el cielo. La voz del comandante nos saluda simpática y nos ofrece detalles del vuelo: treinta mil pies de altura —calculo que serán unos diez mil metros. Velocidad de crucero, horario de llegada y el tiempo que nos encontraremos en Madrid.
Mecido en mi sosiego me recuesto adormilado sobre el cabezal y dejo que mis pensamientos me conduzcan por ese laberinto que lleva al fondo sereno desde donde manan los sueños. Me estoy durmiendo embriagado por el aroma a jazmín que exhala el perfume de la azafata que, sonriente, me ha preguntado si deseo tomar alguna bebida. La fragancia del jazmín siempre me despierta evocaciones de aquellos días de mi infancia, el pueblecito frente al Mediterráneo en el que me críe y donde se gestaron mis miedos. Creo que fue allí, en el cine parroquial, siendo un adolescente vi aquella película, de la que ya no recuerdo su titulo, donde en una catástrofe aérea moría todos los pasajeros de un avión.

—¿Qué ha sido eso?
—Tranquilo hombre, no te asustes, no pasa nada, ya ha avisado el piloto que nos abrocháramos el cinturón de seguridad, que íbamos a cruzar un espacio de turbulencias. No te he despertado porque dormías como un lirón y llevas puesto el cinturón.
—¡Qué susto! ¿He dormido mucho tiempo?
—Casi todo el viaje, ya estamos llegando, falta menos de una hora.
Miro por la ventanilla, sobrevolamos tierra firme. Abajo, a miles de metros de distancia, se ve entre las nubes una tierra ocre, reseca, salpicada de sutiles manchas verdes. Serán los olivos de Jaén —imagino.
No tengo miedo, todos mis temores se han esfumado. ¿Cómo he podido temer durante tantos años a viajar en avión, si —como dicen—, es mucho más seguro que viajar en coche o en tren? Allá abajo, los campesinos que estén trabajando en sus tierras, si miraran hacia el cielo, nos verían como una diminuta cabeza de alfiler. Ninguno pensará que podemos caernos —no se caen las aves mientras vuelan— y, sin embargo, aquí la sensación es diferente; es una impresión de vacío. Realmente sólo hay aire bajo nuestros pies. ¿Cómo puede ser que este aparato que pesará cientos de toneladas pueda desafiar a la gravedad y mantenerse levitando en medio de la nada.
Debemos de estar llegando, el avión va perdiendo altura, paulatinamente se ve el suelo más cerca y distingo mejor los pueblos, los campos, las montañas, los bosques.
Se ha encendido la luz roja que indica que debemos poner en vertical nuestros respaldos y abrocharnos los cinturones. La azafata impregnada de aroma de jazmines, recorre el pasillo sonriente, nos solicita que devolvamos los auriculares y vigila que todos cumplamos con las normas previstas para el aterrizaje.
El tiempo en Madrid —nos informan— es frío. Una ligera niebla cubre parcialmente la pista y aterrizaremos en diez minutos. No ha sido tan arriesgada como sospechaba mi odisea. Más bien ha sido un placentero viaje.
Ya es perceptible la baja altura. Se ven con nitidez los coches que circulan por la autopista, el humo grisáceo que expelen las chimeneas de las casas adosadas que rodean la ciudad. Y, de pronto, un rugido que surge de las tripas del avión, me asusto.
—Tranquilo, es el tren de aterrizaje, lo están abriendo para aterrizar —me comenta con una sonrisa irónica mi esposa.
Me avergüenza mi ignorancia. Mi mujer viaja en avión casi todos los meses cuando asiste a las reuniones de su empresa en Coruña, Las Palmas, Bilbao o Mallorca. Y yo, angustiado, siempre mirando el reloj. Ahora la espera será tranquila, dormiré plácidamente. Ya he comprobado que volar es lo más seguro.
—¿Qué son esos pitidos? —le pregunto curioso a mi mujer
—No lo sé.
—¿Por que corren asustadas las azafatas?
—Que no lo sé. —Parece enojada con mis preguntas.
—Algo está sucediendo.
—¡Relájate! No estropees ahora el buen viaje que hemos tenido.
De nuevo vuelve el eco distante de los altavoces. La voz del comandante nos llega entrecortada. “Estén tranquilos. Tenemos un pequeño problema con el tren de aterrizaje, volvemos a elevarnos y en breve efectuaremos otro intento de aterrizaje.”
Las azafatas corren asustadas por los pasillos, portan en sus manos grandes bolsas de plástico abiertas.
—Depositen aquí todos los objetos metálicos.
—¿Qué ocurre?
—Tranquilo señor. Es sólo un problema con el tren de aterrizaje. Por precaución les retiramos todos los objetos que puedan dañarles.
Y de nuevo suena el mugido de los altavoces. Ahora es el copiloto el que nos habla. Es perceptible su temeroso nerviosismo. “Vamos a volar durante una hora más para vaciar al máximo los tanques de combustible. El tren de aterrizaje no se abre y nos vemos obligados a intentar un aterrizaje de...”
No me dejan oír sus últimas palabras. Un bullicio de gritos y expresiones me lo impide. La azafata de aroma de jazmines ya no sonríe. Sus ojos están hinchados, se muerde las uñas y corre de un lugar a otro mirando todo sin decir nada. En la parte delantera está sentada otra azafata y su rostro refleja preocupación, miedo. Un miedo intenso. Miro a mi mujer, sus ojos están abiertos. Muy abiertos. Sus brazos tensos. Sus manos aferradas con fuerza a los reposabrazos. No se mueve. Parece una estatua. No entiendo por qué se asustan de este modo, el avión vuela sin altibajos.
—¿Loli, estas asustada? —No me responde. Parece atenazada mirando hacia su interior. Ausente. Mi hijo agarra con fuerza mi mano. Trato de tranquilizarlo.
—Tranquilo. Es sólo un pequeño susto. El comandante es un profesional y aterrizará sin problemas.
Desde donde estoy sentado oigo un griterío ensordecedor, pero casi no puedo ver al resto del pasaje; a nuestro costado están sentadas dos monjas. Murmuran oraciones mientras sujetan un crucifijo entre las manos. “Papá tengo miedo.” Una señora grita presa de un ataque de histeria. “No quiero morir.” “¿Por qué a mí? ”No comprendo el porqué de tanto miedo. Parece un manicomio. El avión vuela sin altibajos, casi es imperceptible su movimiento. Mi mujer está aterrada, veo como está mojando el suelo, se está orinando. “Loli, tranquila, no pasa nada” Un hombre se levanta, grita, quiere bajarse. La azafata, a gritos, le ordena sentarse. Un joven corre por el pasillo, se sienta en una butaca de la primera fila. El avión se inclina, está virando. El sol me deslumbra. Caen varias maletas al suelo. El griterío aumenta por momentos, se ha contagiado a todo el pasaje. Creo que soy el único que mantiene la calma. Mi mochila cae sobre la cabeza de mi mujer. Ha tenido que hacerle daño, pero no se ha movido. Todos chillan. Se sucede un barullo de expresiones. No entiendo por qué tanto miedo. Hay aterrizajes de emergencia todos los días. Mi mujer sigue inmóvil. Parece una momia, ni pestañea. Con tanto grito, no me dejan oír el mensaje del piloto. La azafata se desgañita pidiendo calma. “Vamos a aterrizar. Inclinen las cabezas sobre las almohadas y pongan sus manos sobre la cabeza.” Miro a través de la ventana, estamos a pocos metros del suelo. “En cuanto se pare el avión, evacuen por las rampas de emergencia.” Estamos a la altura de los tejados de las casas, casi al ras del suelo. Nos acercamos a la pista. Un silencio de malos presagios irrumpe en el avión. Al costado veo camiones de bomberos con sus luces de emergencia encendidas. También hay ambulancias. Nos siguen mientras estamos a punto de tocar el suelo. ¡Dios! ¡Qué ruido! El vientre del avión ha tocado tierra. De nuevo gritos. Veo chispas. Rodamos sobre una capa de espuma en un continuo traqueteo. ¡Se está desviando! ¡Vamos a salirnos de la pista! ¡El ala! ¡Dios el ala se ha partido al chocar con un poste! Una llamarada. Toda está llenándose de un humo negro. ¡Los árboles! ¡Vamos a estrellarnos! Abrazo a mi hijo…

¿Dónde estoy? ¿Estoy vivo o estoy muerto? Veo el avión. Está partido. Veo las llamas que lo envuelven. ¡Dónde está el niño ¡Dónde está Loli? No puedo levantarme. No siento las piernas. Estoy ensangrentado. Me duele la cabeza. Si me duele, es que estoy vivo. Oigo voces cerca. Gritan. También se oyen lamentos. Esa es una de las monjas, parece muerta. Aún sujeta el crucifijo entre sus manos. Frente a mí, veo a la azafata, está tumbada boca abajo. No se mueve. Ya no huele a jazmín, ahora todo huele a quemado, es un hedor a humo. “¿Me oye?” No puedo mover el cuello. No consigo responderle. Es una sanitaria del SAMUR, veo su chaleco de colores fluorescentes. “No hable, enseguida lo sacamos de aquí.” Mis parpados me responden. Puedo moverlos. ¡Estoy vivo! Me mareo. Creo que voy a desmayarme. Los dedos de las manos no puedo moverlos. Sudo, es un sudor frío. ¿Dónde está el niño? No lo veo. “¡Sacar a los heridos! ¡Rápido! ¡El avión va a estallar!” Ya no me duele nada. Siento el cuerpo pesado, la cabeza se me cae hacia delante… no puedo sujetarla.

—¿Me oye?
—¿Dónde estoy?
—Está en el hospital, tuvo un accidente de avión, ¿lo recuerda?
—¿Dónde está mi hijo? ¿Y Loli?
—Pronto vendrá su hijo, suele visitarlo todos los días cuando sale del trabajo.
—¿Del trabajo? Me confunden con otro, mi hijo es un niño
Mi hijo tiene doce años, ¡cómo va a estar trabajando?
—Tranquilícese, enseguida viene el doctor para hablar con usted. Ya le hemos avisado.
—Señorita. Me llamo Adolfo Piñeiro y mi hijo es un niño, me están confundiendo con otro.
Esta mujer no me escucha. Mi hijo es un niño. Habré perdido la documentación en el accidente y creen que soy otro de los heridos.
—Sí, tranquilícese, sabemos quién es usted. Espere a que venga el doctor, esté tranquilo, no tardará mucho.
—Me puede acercar el teléfono, quiero llamar a mi casa. Necesito saber cómo se encuentra mi mujer y mi hijo.
—Después de hablar con el doctor podrá llamar a su hijo, aunque enseguida llegará.
—Pero es que quiero llamar AHORA. ¡Quiero saber como se encuentran!
—Tranquilícese. Enseguida podrá telefonear.
Oigo un rumor de voces tras la puerta de la habitación. La enfermera sale con paso ligero y se une a la conversación. Hablan dos hombres con ella. Entran los tres y les acompaña un niño. El bajito debe ser el médico, lleva una bata blanca. La enfermera muestra signos de nerviosismo. El chico joven me mira de una forma extraña… el niño se parece a Nacho, pero no es mi hijo.
—Buenas tardes, Adolfo. ¿Puede oírme? —Es el médico el que me saluda — ¿Recuerda que tuvo un accidente de aviación?
¿Cómo no me voy a acordar que he tenido un accidente? Qué pregunta más tonta.
—Sí, claro que lo recuerdo. Pero lo que quiero saber es cómo están mi hijo y Loli, mi esposa.
—Pues bien…, ha pasado desde entonces algún tiempo..., bastante tiempo…, quizás debería decir que ha pasado mucho tiempo… —Qué coño me quiere decir este tío. Suéltalo ya—. De hecho el accidente ocurrió en las navidades del año 1992 su hijo era un niño… tenía entonces unos doce años… y ya no es tan niño.
—¿Se han salvado?
—Su hijo sí, se salvó. Su mujer… desgraciadamente… no.
¡Dios mío! Loli ha muerto.
—¡Quiero ver a mi hijo!
--Como le decía han pasado algunos años desde aquello, su hijo ya no es un niño, usted ha sufrido un coma y hoy, dieciséis años después, ha despertado. Estamos en el 2008 y este hombretón que está a mi lado es su hijo y esta preciosidad de niño es su nieto.
 


 

AIRE DE DIFUNTO

Susa despareció misteriosamente el día de la romería de la Virgen del Faro; tras la fiesta decidió volver sola a la aldea dando un paseo, y ya nadie volvió a verla. Quince días después, un viejo que recogía setas en el campo, la encontró balanceándose de la rama de un árbol con una soga prendida de su cuello.
—Ha sido un suicidio —afirmó rotundo el sargento Abalzisketa.
La explicación convenció a todos. Aquella tarde en la taberna el sargento embutido en su verde uniforme de Guardia Civil recién planchado, se mostraba insólitamente amable. Había mudado su gesto hosco y altanero y en su rostro se dibujaba una sonrisa piadosa muy poco frecuente en él. Se sentía orgulloso. Hasta el cura párroco asumió su versión y se negó a enterrar a Susa en tierra bendecida.
Cuando semanas después apareció Manola flotando sobre las aguas, el sargento no dudó en afirmar que había sido un accidente: casi con total seguridad, acudió por la noche a apañar furtivamente percebes y un golpe de mar se la llevó.
La explosión que causó la muerte de Maruja también la justificó como otro desgraciado accidente: olvidó cerrar la llave de paso del butano y al entrar en casa y encender la luz se produjo el fatal desenlace.
Todos en la aldea parecían asentir convencidos con las explicaciones del sargento. Pero a mí no me engañó. La realidad —sospeché— era mucho más compleja y totalmente distinta.
Les siguió Mucha: esta mujer vivía angustiada y muy nerviosa, debió tener un descuido mientras tendía la ropa y cayó desde el balcón.
Y a ellas, como en una procesión de Semana Santa, entre lloros y lamentos de plañideras, les siguieron otras muchas camino del cementerio: Aurelia resbaló. Lita comió algo en mal estado y se intoxicó. Iria se distrajo mientras conducía su coche y se dio de bruces contra un salgueiro. Olalla debió confundirse con la dosis de su medicina y tomó muchas más pastillas de las que le habían recetado.
La lista se iba ampliando al ritmo de una mujer muerta cada pocas semanas: Olivia cruzó una calle sin mirar y se la llevó por delante un autobús; Herminia se electrocutó al cambiar la bombilla de su cocina; África que era diabética, no se cuidaba y un infarto se la condujo a la sepultura; Mirucha se cortó con la azada mientras cosechaba patatas y se desangró en el campo; Adelina se acostó una noche y nunca más despertó… y la preciosa Noelia, aquella niña de ojos de esmeralda y sonrisa perenne, se atragantó con una espina de besugo.
El sargento Abalzisketa siempre tenía una explicación razonable para justificar cada muerte. Pero a mí lo que me sorprendía no era cada óbito aislado. Lo que realmente me preocupaba era que en una aldea tan pequeña, en el último año hubieran muerto tantas mujeres de un modo tan extraño.
No me atrevía a hablar de ello. Mi teoría —sospechaba— provocaría la mofa del sargento y trataría de ridicularizarme en público con sus comentarios altisonantes en la taberna. Él no era de la tierra, era un venido de fuera, hablaba un perfecto castellano y se sentía superior a todos nosotros. Sois unos aldeanos. No me vengáis con cuentos de viejas. En la Guardia Civil no creemos en esas bobadas. Siempre trataba con desprecio nuestras creencias.
Me armé de valor un tarde negra de lluvias, en la que más de una docena de vecinos ociábamos en la taberna.
—¿No os dais cuenta? Aquí está pasando algo, me temo que estas muertes las causa el “aire de difunto”. Todas son mujeres sin nada en común, salvo que acuden a los entierros. Los hombres, por costumbre, siempre vamos delante del féretro y no entramos al cementerio. Quizás eso es lo que nos protege del aire de difunto.
Nadie respondió, la mayoría quedaron cabizbajos, pensativos.
—Tenemos que hacer algo para espantar el aire.
El silencio fue la única repuesta.
Me puse manos a la obra. Aquella misma noche colgué de la puerta de mi casa una rama de tejo para ahuyentar el aire de difunto.
Ante mi sorpresa comprobé que día a día, en más y más casas pendían de sus puertas otras ramas de tejo y de serbal. Constaté que aunque callaban, todos creían lo mismo que yo.
El sargento Abalzisketa vino en mi busca. Se le percibía muy enojado.
—Como sigas asustando a las buenas gentes de este pueblo con historias sobre hechizos y aires de difunto, te llevaré detenido al cuartelillo. Ya has visto que yo también acudí con mi esposa a los últimos entierros y no nos ha pasado nada.
—Lo siento, no es mi intención asustar a nadie.
—Pues te ordeno que ahora mismo quites esa rama de tu puerta. ¡No. Mejor la arranco yo! ¡Y asunto terminado!
—No, por favor, déjela ahí. Esta es mi casa y puedo poner en la puerta lo que me dé la gana.
No escuchó mis palabras, henchido de soberbia desclavó la rama de tejo y convocó a todo el vecindario en el atrio de la iglesia.
—Estoy harto de vuestras bobadas. Os prohíbo que colguéis amuletos en las puertas de vuestras casas. No existen ni las meigas ni los meigallos ni los aires de difunto, ni ninguna de esas gilipolleces. Eso son creencias de aldeanos. Os aseguro que las muertes de esas mujeres han sido, todas ellas, accidentales. Las he investigado yo, una a una, y todas son accidentales.
El cura no dijo nada. Calló como una momia, pero por el gesto preocupado de su rostro deduje que tampoco le había convencido.
Unos días después volvieron a tañer a muerto las campanas de la iglesia. La esposa del sargento había muerto de un disparo. Entre sollozos Abalzisketa trataba torpemente de explicar su muerte: ha sido un accidente, se me disparó la pistola mientras la estaba limpiando.
Trasladaron el cadáver de aquella sumisa mujer de mirada triste al País Vasco para enterrarlo. Y aunque su muerte me causó la misma aflicción que todas las anteriores, lo despedí con una sonrisa, Sonreí con una grata sensación de tranquilidad mientras se alejaba, al saber que aquel coche fúnebre se llevaba para siempre de la aldea el aire de difunto que comenzó con Susa —por no enterrarla como se debía— y que se trasmitía en cada enterramiento a una nueva persona.
 

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ACTUALIZADO ABRIL 2010